México, ¿el motor inmóvil?1

Por: Roberto Vélez Grajales, Juan Enrique Huerta Wong y Raymundo M. Campos Vázquez2

 

Normalmente, una mejor posición laboral depende de una mejor educación. Pero la aspiración y la capacidad de alcanzar una mejor educación son menores entre la gente de escasos recursos, que es justo la que más necesita aumentar sus ingresos. Se trata de un círculo vicioso difícil de romper. La movilidad social en México enfrenta este y otros retos.

No era hacia la Tierra

adonde se dirigía mi mirada, sino hacia arriba, allí donde se celebraba el misterio de la inmovilidad absoluta.

Umberto Eco, El péndulo de Foucault

 

En el año 2011, bajo la dirección y con el respaldo financiero de la Fundación Espinosa Rugarcía (Esru), el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) realizó el levantamiento de la Encuesta Esru de Movilidad Social en México 2011 (Emovi-2011). El objetivo de esta encuesta, al igual que su antecedente del año 2006, fue generar información que permitiera medir la movilidad social intergeneracional en México. A diferencia de la Emovi-2006, el levantamiento de la Emovi-2011 fue diseñado para obtener representatividad nacional, no únicamente para los hombres jefes de hogar, sino también para las mujeres, además de los subestratos respectivos de no jefes de hogar. Esto, a diferencia de la gran mayoría de encuestas en la materia, permitió ampliar el estudio hacia las dinámicas de movilidad social de grupos de población sobre los que se tiene poca información.

En el libro México, ¿el motor inmóvil?, publicado recientemente por el propio CEEY, profundizamos en dicha materia y en sus principales aristas: la desigualdad de oportunidad y la estratificación social. El diagnóstico sobre la movilidad social intergeneracional en el país se confirma: México es una sociedad que presenta bajas tasas de movilidad relativa (fluidez posicional) en los extremos de la escala socioeconómica. Si bien es cierto que se observan avances importantes en movilidad absoluta, también lo es que la dinámica estudiada no arroja resultados que llamen al optimismo. Por un lado, la desigualdad en la educación, lejos de haberse eliminado, se ha trasladado a niveles del ciclo escolar más alto: la educación media superior y superior. Además, hay evidencia de que las aspiraciones guardan relación con el origen social, de tal manera que entre más humilde sea este, más bajas resultan aquellas. Esto constituye una barrera adicional que refuerza la persistencia de la ya mencionada desigualdad. Asimismo y en lo que se refiere a la realización socioeconómica de las personas, se identifica un desfase entre escolaridad y mercado laboral; es decir, las calificaciones escolares no corresponden a la retribución alcanzada. Esto se debe a (a) un posible reflejo no solo de la desigualdad en el mercado educativo, sino también de (b) la baja calidad en la formación escolarizada de los mexicanos, y (c) una consecuencia de la carencia absoluta de empleos de alta calidad en México. En otras palabras, al aumentar la oferta de recursos humanos, pero no su demanda, resulta barato encontrar mano de obra calificada.

Aunado a lo anterior, aunque las cohortes más jóvenes han logrado una mayor movilidad educativa, esta camina en el sentido opuesto a la ocupación: las opciones de movilidad ocupacional se han reducido con el tiempo. Además, en el mercado laboral en su conjunto, aunque sí se observa cierta movilidad ocupacional en términos intergeneracionales, el grado de inmovilidad intrageneracional resulta significativo. A la dinámica observada hay que agregar otros elementos diferenciadores que son reflejo de una desigualdad estructural que permanece.

En primer lugar, la evidencia sugiere que la persistencia del statu quo se concentra más en la parte alta de la distribución ocupacional. En segundo lugar y en términos de género, se observa que las mujeres, en comparación con los hombres, son más propensas a perder la condición de ventaja relativa de origen y, también, a perpetuar su condición si es que esta es de desventaja.

Finalmente, aunque baja y lenta, vale la pena mencionar que en el corto plazo se observa una movilidad convergente en ingresos laborales. La fuerza que determina en mayor medida la convergencia no es el aumento de salarios de los pobres relativos, sino la caída de los salarios de los ricos relativos. Incluso si dicha dinámica se explicase por una caída en la oferta relativa de trabajadores no calificados, queda pendiente otro lastre para el desarrollo de México: la falta de crecimiento de la demanda laboral.

Entre los años 2013 y 2014 salieron a la luz dos obras directamente relacionadas con el tema de la desigualdad y la movilidad social. El capital en el siglo XXI, del economista Thomas Piketty, se convirtió en un fenómeno editorial que llevó el tema de la desigualdad estructural al centro de la discusión pública en todo el mundo.3 El segundo de ellos,The Son Also Rises: Surnames and the History of Social Mobility, del historiador económico Gregory Clark, también se ha convertido en un referente académico sobre la discusión de la desigualdad de oportunidades medida a través de la movilidad social.4 Las dos obras tienen un objetivo en común: analizar la dinámica de la desigualdad en el largo plazo, adoptando, la primera, un enfoque macro de análisis económico de evidencia histórica, y la segunda, un enfoque micro de análisis histórico sobre la dinámica económica observada. Además del nivel de enfoque, otras diferencias incluyen definiciones, metodología, fuentes de datos utilizadas, ámbito geográfico, periodo de análisis e incluso conclusiones.

Hay al menos tres razones para construir un Estado que impulse la movilidad: justicia social, reconocimiento del mérito y crecimiento económico

Sobre este último punto, vale la pena hacer mención de algunos argumentos de los autores sobre la persistencia (inmovilidad) o fluidez (movilidad) intergeneracional de las sociedades. Piketty, cuando se refiere al mérito y la herencia, concluye que en la medida en que la tasa de retorno del capital supere a la tasa de crecimiento económico, “el pasado tenderá a devorar el futuro: la riqueza generada en el pasado automáticamente crece más rápido, incluso sin que se trabaje, que la riqueza generada del trabajo, que es posible ahorrar. Casi de manera inevitable, esto tiende a darle un peso desproporcionado a las desigualdades creadas en el pasado y, por lo tanto, a la herencia”.5

De su argumento se puede inferir que la composición de la desigualdad estructural tiene pocas posibilidades de cambiar, y por lo tanto se esperaría, como se deriva de la relación entre desigualdad y movilidad plasmada en la Curva del Gran Gatsby, propuesta por Alan B. Krueger, que la movilidad social será baja.6 Clark, por su parte, con referencia al tema de la herencia de la riqueza —en su análisis micro sobre seguimiento a familias agrupadas por apellidos entre ricas, prósperas y pobres para el periodo 1858-2012 en Inglaterra y Gales—, encuentra que la tasa de movilidad intergeneracional es baja.7

La diferencia entre Piketty y Clark se deriva de sus implicaciones en cuanto a intervención pública. El primero propone una solución a través de la aplicación de un impuesto anual progresivo al capital, que “hará posible que se evite la interminable espiral de desigualdad a la vez que preservará la competencia y los incentivos para nuevos espacios de acumulación primitiva”.8 Por su parte, Clark, al plantear que la evidencia de su trabajo sugiere que la posición social está más o menos determinada por las habilidades innatas heredadas, propone que el mundo es más justo de lo que muchos pudieran esperar y que, de hecho, los descendientes de ricos y pobres de hoy alcanzarán igualdad en un periodo de alrededor de 300 años. En este sentido, plantea que las intervenciones públicas no incrementarán mayormente la movilidad social a menos que “afecten la tasa de emparejamiento matrimonial entre niveles de la jerarquía social y entre grupos étnicos”.9 Una de las principales motivaciones detrás de la elaboración de México, ¿el motor inmóvil? es justamente identificar espacios de intervención pública que incrementen la movilidad.

De los estudios previos del CEEY sobre la movilidad social en México es posible extraer una lección simple.10 Sin tomar en cuenta a las personas que sobresalen en la distribución demográfica, el sujeto promedio tenderá a lograr mayor movilidad si alcanza una mejor posición en la distribución ocupacional, que habrá de traducirse en un mayor ingreso permanente. A su vez, esta posición se logra, entre otros factores, si cuenta con una mayor y mejor escolaridad. De aquí la relevancia de identificar quiénes, cómo y bajo qué circunstancias logran tal escolaridad.

La desigualdad socioeconómica tiene un rol en el desempeño académico final. Este desempeño, sin embargo, es afectado por una plétora de decisiones a lo largo del ciclo educativo que rebasan el plano individual. Por ejemplo, si una familia invierte en escuelas privadas, o si —cuando elige que los niños vayan a escuelas públicas— opta por turnos matutinos en lugar de vespertinos, lo que implica una inversión de esfuerzo.
En este sentido, hay evidencia para entender que la desigualdad entre las personas hace las veces de una barrera que impide completar el ciclo educativo, pero también que diversos procesos actúan como condicionantes para que las personas completen a tiempo el ciclo educativo y se incorporen al mercado laboral de acuerdo con sus talentos y competencias. El origen social tiene que ver con que se asista a escuelas privadas o públicas, matutinas o vespertinas… Asimismo, permite identificar si se vive en un hogar sin expectativas de movilidad, o si hay una brecha insalvable entre aspiración como deseo y como expectativa. Hoy que se siguen discutiendo los cómos de las reformas educativa y laboral, parece pertinente discutir qué espacios tiene el Estado frente a estos dilemas.

Si bien la persistencia intergeneracional en resultados educativos es alta en México en comparación con otros países, la movilidad educacional relativa ha mejorado para las cohortes más recientes. Sin embargo, eso no se ha traducido en mayor movilidad en términos ocupacionales y de riqueza. Lo anterior sugiere que existen otras barreras institucionales que deben ser estudiadas para poder dar recomendaciones específicas de política pública. Por ejemplo, es posible que la oferta educativa haya crecido fomentando una mayor movilidad educacional, pero si dicha oferta ha crecido a costa de la calidad educativa, entonces puede esperarse un efecto nulo o muy limitado en ocupaciones o riqueza.

Otra barrera pudiera ser que la demanda laboral no haya crecido en ese periodo, lo que sugiere un problema estructural macroeconómico. Por lo tanto, deben considerarse ambos factores para lograr que la mayor movilidad educativa se traduzca en una de resultados económicos. Además, queda pendiente demostrar con evidencia si realmente la movilidad intergeneracional de la educación aumenta en México de manera estable y/o permanente.

Como ya se mencionó al principio, una de las características de la Emovi-2011 es que cuenta con información representativa para la población de mujeres mexicanas. Se estudian las características de la movilidad por género y se hacen comparaciones con la dinámica experimentada por sexo. Una discusión antigua en la literatura internacional versa sobre la maximización del ingreso en el hogar. En el Reino Unido, hacia la década de los sesenta, se discutió sobre la libertad de las mujeres como consecuencia de su ubicación en el mercado laboral. Analistas influyentes como John Goldthorpe han propuesto que la división del trabajo tiene también como objeto la maximización del bienestar del hogar, y que se debe considerar que el ingreso al mercado laboral por parte de mujeres y hombres, y la puesta en marcha de sus libertades, son dos temas más o menos independientes.11 Esto tiene consecuencias en la medición de la movilidad social. La hipótesis de la colocación en el mercado laboral como condición para la emancipación establece que la riqueza y ocupación deben medirse estrictamente a nivel individual. La hipótesis de la división del trabajo establece que, como hay arreglos a nivel de los hogares que maximizan el interés de sus ocupantes, es posible atribuir a ambos sexos los niveles de bienestar en el hogar, por ejemplo, el nivel de ingreso.

La evidencia presentada en México, ¿el motor inmóvil? llama la atención sobre la necesidad de partir de la división de género y de las decisiones que los sujetos hacen de manera racional para maximizar el bienestar al interior de los hogares. También se sugiere que hay una frontera de roles en tales decisiones, en las cuales los procesos de socialización parecen marcar una diferencia importante. De esta manera, la división del trabajo cruza por una frontera en la que los hogares transmiten a las siguientes generaciones el rol que jugarán las mujeres en el hogar. El resultado es que hombres con madres con posiciones en el mercado laboral tenderán a empujar a sus parejas para que, del mismo modo, participen en él. Esto, a su vez, atenúa la transferencia de roles de género tradicionales en la formación de preferencias de los hijos en dichas unidades familiares. Así, en la medida en que los roles tradicionales desaparezcan debido a una mayor participación laboral femenina, la libertad efectiva para las mujeres se incrementará; por consiguiente, las decisiones de inversión y las alternativas de fuentes de ingreso en los hogares se ampliarán.

Resulta insostenible un Estado en donde las brechas de bienestar sean tan amplias y, sobre todo, donde la polarización se traduce en una sociedad donde los ciudadanos no se reconozcan unos en otros

Por el contrario, también hay evidencia de que, bajo el esquema tradicional de roles que prevalece en México, mujeres con ocupaciones más altas tenderán a tomar decisiones que perpetúen el ciclo de desigualdad al interior de los hogares. Sin embargo, esa misma evidencia sugiere que las familias toman la división del trabajo como una alternativa para maximizar los beneficios en un contexto de oportunidades limitadas, y no en el escenario óptimo de libertad efectiva en la toma de decisiones que más adelante se sugiere. Si la libertad efectiva de oportunidades constituye una meta del Estado, las acciones que permitan que las mujeres tengan acceso al mercado laboral en tasas preferentes tenderán a emparejar el mercado de facto en el largo plazo, pero esto únicamente se logrará en un contexto de tratamiento igualitario desde la formación e inversión tempranas en las personas.

En el análisis comparado de movilidad, los esfuerzos conducidos por John Goldthorpe, por ejemplo, han establecido que los regímenes de movilidad no son tan diferentes en el mundo.12 Más allá del consabido argumento de la falta de crecimiento económico en distintos países, se ha dicho que hay cierta justicia en casi todas las naciones dado que el hijo de un obrero no tiene que ser obrero y el hijo del médico puede descender en la escalera laboral si su esfuerzo y talento son menores a los del padre. A esta semejanza entre países se la ha denominado “parecido familiar”. Así, un contraste entre México y Estados Unidos, cuyo régimen de movilidad es promedio de acuerdo con algunos analistas, muestra que la inmovilidad social mexicana se origina en la inmovilidad de las clases altas o, dicho de otra manera, en la capacidad de estas de reproducirse y establecer grandes barreras para que las demás clases no puedan moverse hacia arriba.

Por otro lado, uno de los problemas en países de ingreso medio, como México, es que no se tiene acceso a datos longitudinales para periodos largos de tiempo. Por lo tanto, resulta imposible establecer medidas de movilidad intrageneracional o bien comparar el ingreso del padre cuando tenía cierta edad en el pasado con el ingreso del hijo en el momento actual. La aplicación de métodos de frontera en la literatura señala nuevamente una alta persistencia en estatus socioeconómico. Finalmente, el análisis de la tendencia de los ingresos ocupacionales durante la última década indica que el ingreso crece más rápido entre los hogares relativamente más pobres. Esta observación es consistente con cambios en la estructura salarial, ocasionados principalmente por una disminución en la oferta relativa de trabajadores no calificados. La idea anterior se refuerza cuando el análisis se desagrega a nivel regional: aquellas regiones con población relativamente menos escolarizada son las que muestran menos variación en la movilidad, además de que tuvieron caídas menos bruscas en la crisis 2008-2009.

Cabe reflexionar sobre dos asuntos. Primero, existe baja movilidad social en México. La persistencia en el estatus socioeconómico es incluso mayor que en Estados Unidos, ya sea medida por ocupación, por índice de activos o por ingresos (mediante asignación de ingresos no observados). Los análisis futuros sobre este tema deben profundizar en el estudio de los mecanismos o canales de esa alta persistencia. Segundo, hay estudios que muestran que sí ha habido movilidad educacional. La cantidad de educación ha mejorado considerablemente a través de los años. Sin embargo, esa mejora enfrenta dos retos sustanciales: (1) que el ingreso o estatus ocupacional no haya mejorado en lo absoluto y (2) que el origen social aún tenga efectos fuertes sobre los logros en educación superior. Por lo tanto, se requiere un mayor análisis sobre por qué la demanda de trabajo no crece. Si la demanda laboral no aumenta, entonces el bono demográfico de las personas que de hecho obtienen mayor escolaridad no se podrá reflejar en mejores salarios o en creación de mejores trabajos. Esto podría ocasionar incluso que nuevas cohortes de individuos decidan no obtener una educación superior al calcular que los retornos son menores a los costos. Otra causa posible de la falta de mejoras en el ingreso es que la calidad de la educación no sea la adecuada.

La tesis de la cita de Umberto Eco con la que abre este texto no resulta ajena al país: México es un caso en el que se observa un grado de inmovilidad importante, especialmente en la parte alta de la distribución socioeconómica. De la evidencia que arrojan este estudio y otros trabajos sobre movilidad social en el país se deriva que la situación antes descrita es un reflejo de la problemática que ha limitado las opciones de desarrollo de México. Hay al menos tres razones para construir un Estado que impulse la movilidad social: justicia social, reconocimiento del mérito y eficiencia.13 En lo que se refiere a la primera, resulta insostenible un Estado en donde las brechas de bienestar sean tan amplias a lo largo de toda la distribución socioeconómica; pero sobre todo, donde se observe un proceso de polarización que se traduce en una sociedad donde los ciudadanos no se reconozcan unos en otros. En cuanto al mérito, debe traducirse en bienestar: las cualidades y el grado de esfuerzo de las personas, de no verse premiados, desincentivarán la inversión de corto, mediano y largo plazos, un problema que se suma a tensiones sociales que pueden no ser superadas. Finalmente, en cuanto a la eficiencia, si las barreras frente a la movilidad social impiden un mejor aprovechamiento de los recursos humanos de los que dispone una sociedad, entonces el potencial de desarrollo de las personas no se alcanzará. En otras palabras, lo que se generará es ineficiencia y, por ello, las opciones de crecimiento económico se
verán limitadas.

El análisis intergeneracional permite ver que no basta con emparejar el piso de oportunidades de arranque en una sola generación: hay que asegurar dicha condición de generación en generación. Para lograrlo, se requiere la construcción de un Estado que garantice una redistribución progresiva de las ganancias del crecimiento económico, el cual, a su vez, también debe ser un objetivo estatal. La igualdad de oportunidades y crecimiento han de traducirse en movilidad social intergeneracional. Ese debe ser el objetivo fundamental del Estado. Si lo logra, se habrá constituido en el principal motor del desarrollo mexicano. En términos del motor inmóvil de Aristóteles, el Estado sería aquel “ser inmóvil que mueve, y lo que mueve imprime el movimiento a todo lo demás.”14 EstePaís

1 El presente texto es un resumen de la “Introducción” al libro del mismo nombre, editado por Roberto Vélez Grajales, Juan Enrique Huerta Wong y Raymundo M. Campos Vázquez, y publicado por el CEEY en 2015. La evidencia aquí referida se obtuvo de trabajos propios y de otros autores compilados en la obra.

2 Agradecemos a Ricardo Pérez por las gestiones realizadas para la publicación de este texto en la revista Este País.

3 Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century, The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge, 2014.

4 Gregory Clark, The Son Also Rises: Surnames and the History of Social Mobility, Princeton University Press, Princeton, 2014.

5 Thomas Piketty, óp. cit., p. 378 (la traducción es nuestra).

6 Alan B. Krueger, The Rise and Consequences of Inequality in the United States, discurso presentado en el Center for American Progress (cap) el 12 de enero de 2012.

7 Gregory Clark, óp. cit., p. 94.

8 Thomas Piketty, óp. cit., p. 572.

9 Gregory Clark, óp. cit., p. 14.

10 Para una síntesis del conocimiento hasta hoy acumulado ver Roberto Vélez Grajales, et ál., Informe de movilidad social en México 2013: imagina tu futuro, Centro de Estudios Espinosa Yglesias, México, 2013.

11 Ver, por ejemplo, R. Erikson y J. H. Goldthorpe, The Constant Flux: A Study of Class Mobility in Industrial Societies, Clarendon Press, Oxford, 1992.

12 R. Erikson y J. H. Goldthorpe, “Intergenerational Inequality: A Sociological Perspective”, Journal of Economic Perspectives, vol. 16, núm. 31, 2002, pp. 31-44.

13 Julio Serrano Espinosa y Florencia Torche (editores) Movilidad social en México: población, desarrollo y crecimiento, Centro de Estudios Espinosa Yglesias, México, 2010.

14 Aristóteles, en el capítulo VII de su libro duodécimo de la Metafísica, se refiere al motor inmóvil como aquel que mueve sin ser movido, de ahí el término acuñado. Aristóteles, Metafísica, (consultado el 1 de septiembre de 2015).

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Roberto Vélez Grajales es director del Programa de Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).Juan Enrique Huerta Wong es investigador de la UPAEP. Raymundo M. Campos Vázquez es coordinador general académico de El Colegio de México.

Fuente:http://estepais.com/articulo.php?id=456&t=mexico-el-motor-inmovil1-

La pobreza y sus efectos sobre las decisiones de las personas

Por: Luis Ángel Monroy Gómez Franco

 

Usualmente cuando se habla de pobreza se le piensa en términos materiales, ya sea en términos de si se tienen o no los suficientes recursos para comprar los bienes y servicios que satisfacen las necesidades básicas, o en términos de si se tiene acceso a ciertos derechos sociales, como la vivienda, la salud, la educación, la seguridad social y la alimentación.1 Esto ha hecho que la mayoría de los economistas nos enfoquemos en analizar los efectos materiales de la misma. Es decir, la prioridad ha sido analizar cómo es que la condición de ser pobre –o no– afecta el desarrollo fisiológico de las personas, cómo impacta en el desarrollo de vida de las personas (ya sea educativa o profesionalmente), cómo reduce la cantidad de bienes a los que se puede tener acceso y cómo impacta eso a las personas. Hasta hace muy poco no existían investigaciones sistemáticas sobre cómo la pobreza afecta a algo mucho más crucial que todo lo anterior: la forma en que las personas toman decisiones.

1

Ser pobre o no implica contextos radicalmente diferentes bajo los cuales se toman decisiones. Específicamente, las personas en situación de pobreza toman todas sus decisiones en un contexto de escasez, mientras que las no pobres no lo hacen necesariamente. La escasez, o percepción de escasez, se refiere a tener o no los recursos (monetarios o de otra índole) necesarios para satisfacer nuestros deseos. Bajo esa definición es posible decir que todo mundo sufre de escasez en al menos una dimensión: no se tiene dinero suficiente para comprar el coche que se desea o no se tiene el tiempo suficiente para hacer todas las actividades que queremos realizar en vacaciones, por poner dos ejemplos. Sin embargo, no es lo mismo pensar o decir “no tengo dinero suficiente para comprar un coche” que “no tengo dinero suficiente para comprar la comida”, o “no tengo suficientes vacaciones para ver todo lo que quiero ver” que “no tengo suficiente tiempo para cuidar a mi hijo enfermo”. La diferencia es que en el caso de la primera opción de cada una de las comparaciones se hace referencia a una situación sobre la cual las personas pueden optar por ajustar sus deseos, mientras que en el segundo caso se trata de situaciones o necesidades sobe las cuales no se puede hacer un ajuste. Y es a estas últimas a las que más se enfrentan los pobres.

Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir, en su libro Escasez: ¿Por qué tener tan poco significa tanto?, publicado en español por el Fondo de Cultura Económica, resumen buena parte de la investigación más reciente sobre los efectos que tiene la escasez en la toma de decisiones. Esta investigación apunta a que la escasez distorsiona en dos sentidos la percepción de la realidad. Por un lado, provoca “visión de túnel”: la visión de túnel es cuando la persona en cuestión sólo se concentra en resolver aquella situación más urgente para cuya resolución carece de recursos suficientes; es decir, enfrenta escasez. Esto tiene un lado bueno, pues genera un bono de “productividad” en la resolución del problema en cuestión. Es decir, ante un contexto de escasez, somos más cautelosos y racionales en nuestras decisiones, buscando desperdiciar lo menos posible los recursos. El lado malo es que quedan fuera de la atención de la persona elementos menos urgentes, pero no menos importantes. La visión de túnel a su vez distrae recursos cognitivos: la persona no deja de pensar en aquello que tiene que resolver en un contexto de escasez,, lo que deja menos recursos cognitivos disponibles para otras actividades. La visión de túnel, por tanto, cobra un impuesto cognitivo. Estas distorsiones no son voluntarias, son reacciones al ambiente de escasez.

La literatura ha identificado que dichas distorsiones aparecen en múltiples ámbitos de escasez.  Piénsese, por ejemplo, en la persona que tiene que pagar la renta en una semana y no tiene suficiente dinero. Olvidará que en dos días tiene una cita con el médico o la cancelará (visión de túnel), o incluso hará a un lado otras cuentas pendientes. Explorará todas las opciones posibles y optará por pedir un préstamo a una muy alta tasa de interés (“luego veré cómo lo pago”, pensará). Antes de ir a solicitar ese préstamo, prestará menos atención en el trabajo, o se enojará con mayor facilidad con su familia, pues no deja de pensar en la renta (impuesto cognitivo). La situación posiblemente resulte familiar, todos hemos enfrentado escasez de tiempo o de dinero. La cuestión es que los pobres las enfrentan permanentemente. Vale la pena parafrasear a Mullainathan y Shafir: la investigación reciente sugiere que no es que los pobres sean diferentes a los no pobres, es que la pobreza hace actuar diferente a las personas.

Si la escasez afecta de manera tan acuciada los procesos cognitivos, es necesario considerar otras dimensiones de la pobreza; la temporal, particularmente. La investigación que hay sobre el tema para México2 apunta a que los hogares que son pobres en términos materiales,  también son usualmente pobres de tiempo. Es decir, de las 24 horas del día, la mayor parte de su tiempo se distribuye entre el trabajo no doméstico y el trabajo doméstico, dejando sólo una mínima parte para actividades de descanso o recreativas individuales o con la familia. Esto implicaría que las personas en situación de pobreza no sólo se enfrentan a las restricciones materiales, sino que también sufren de una fuerte escasez temporal, agravando los efectos arriba señalados.

Los sesgos cognitivos que se han identificado como inducidos por la escasez son particularmente graves para los pobres, porque son sesgos que hacen más difícil la superación de la pobreza. La visión de túnel implica que se prefiere aquello que resuelve necesidades urgentes, pero que no necesariamente las resuelve de manera permanente. Esto implica, por ejemplo, que se adquieran préstamos para salir al paso, sin considerar que con cada nuevo préstamo se incrementa la cantidad de deuda total a pagar en el futuro y, por tanto, se incremente la escasez futura de dinero. En lugar de resolver el problema, la escasez hace tomar decisiones que, como mencionan Mullainatan y Shafir, hacen que en un futuro se incremente la escasez. Para las personas en pobreza esto implica que los sesgos cognitivos provocados por la escasez empujan a decisiones que generan mayor pobreza en el futuro.3

Y muchas veces las consecuencias no se quedan en una generación. Si la escasez absorbe buena parte de los flujos cognitivos de los padres pobres, éstos tendrán una menor disposición a interactuar con sus hijos, o simplemente no tendrán el tiempo libre para hacerlo. Las investigaciones sobe desarrollo infantil temprano apuntan a que los estímulos tempranos que reciben los niños afectan de forma persistente su desarrollo posterior. Si los padres pobres estimulan menos a sus hijos como consecuencia de su propio agotamiento cognitivo causado por la pobreza, sus hijos a su vez tienen una mayor probabilidad de desarrollar menos sus habilidades cognitivas, lo que al interactuar con la pobreza vuelve más difícil que salgan de ella.

Vale la pena recalcar que las distorsiones cognitivas asociadas a la escasez ocurren lo quiera o no la persona y no tienen que ver con la capacidad cognitiva, afectan cómo se usa dicha capacidad. Son reacciones de la mente humana al contexto en que tiene que decidir. Basta pensar, por ejemplo, en cómo se comporta cuando se tiene una entrega de trabajo urgente ¿No se es acaso más distraído en lo que se hace? ¿No se cometen más errores en cosas no relacionadas a lo urgente? ¿Esos errores  y esa distracción son intencionales? Ahora vale imaginar que siempre se está en ese estado, y que todas las decisiones son cruciales. Eso es la pobreza, un contexto de escasez permanente en el cual hay que tomar decisiones vitales. Y ese contexto, al empujar a los pobres a ciertas conductas, les estaría haciendo actuar de forma tal que sigan siendo pobres aun en contra de sus deseos. Los pobres no siguen siendo pobres porque quieren, es la pobreza la que no les permite dejar de serlo.

Luis Ángel Monroy Gómez Franco es economista por la UNAM y estudia la maestría en Economía de El Colegio de México. Edita la sección de economía de Paradigmas.


1 En México se emplea una mezcla de ambos enfoques, buscando capturar la mayor cantidad posible de dimensiones de la pobreza. Sobre el tema se sugiere ver esta liga.
2 La literatura si bien no es abundante, ha crecido. Se recomienda ver García, Brigida y Edith Pacheco (coords.) (2014). Uso del tiempo y trabajo no remunerado en México. México: Instituto Nacional de las Mujeres, El Colegio de México. Damián, Araceli (2014), El tiempo,  la dimensión olvidada en los estudios de pobreza y bienestar. México: El Colegio de México y Zacharias, Ajit; Rania Antonopoulos and Thomas Masterson (2012) “Why Time Deficits Matter: Implications for the Measurement of Poverty” UNDP, Levy Economics Institute of Bard College.
3 Para una revisión más extensa sobre los efectos de la pobreza en la cognición, se sugiere ver esta liga.

Fuente:http://economia.nexos.com.mx/?p=36#.VvvigsHVwYc.facebook

¿Una educación sin libros?

Escrito por 

 

Los que nunca se interesaron por los libros han encontrado en las nuevas tecnologías una forma de desentenderse por completo .

Los que nunca se interesaron por los libros han encontrado en las nuevas tecnologías una forma de desentenderse por completo .

 

Cuando los juguetes hablan, los niños callan. Tal es la conclusión a la que llegó la investigadora Anna Sosa, de la Universidad de Northern Arizona, en un estudio especializado en el desarrollo del lenguaje infantil, según lo documenta el diario español El País.
Los juguetes electrónicos (imitaciones de teléfonos portátiles, tabletas “didácticas”, muñecos y animales con voz e incluso “libros parlantes”) frenan el desarrollo del lenguaje en los niños y obstaculizan sus aprendizajes de vocabulario, interiorización y construcción de sentido.

A decir de la investigadora, los juguetes electrónicos, que suelen ser comercializados como “educativos” o “didácticos”, distraen a los niños al grado de apartarlos del mundo real. Son, además, medios con los cuales los padres se desentienden de la interacción con sus hijos: “Los juguetes que emiten luces, voces y sonidos generan tanta actividad e interés que rompen el proceso virtuoso de aprendizaje: el aparato actúa mientras padres e hijos miran y escuchan”.
Incluso los libros “interactivos” pueden formar consumidores pasivos, a despecho de las apologías que los fabricantes hacen de sus productos, y de los ensalzamientos didácticos (más que ingenuos, interesados) que muchos pedagogos (al servicio de los fabricantes) llevan a cabo en relación con estas herramientas y sus aplicaciones.

Esto debe hacernos pensar en lo que estamos privilegiando como educación desde la infancia hasta los niveles superiores. La imagen de adictos a lo audiovisual (lo mismo niños que adultos), cada uno con su dispositivo móvil, ignorándose entre sí, literalmente absorbidos por una pantalla, en un silencio de total embeleso, es el nuevo paradigma de la familia y de las relaciones sociales.

Más de un pensador ha expresado que la adicción a las tecnologías de la información puede llegar a ser tan dañina como la adicción a las drogas. Esto no es exagerar si se admite como evidencia que el síndrome de abstinencia a internet es real: la gente no sabe qué hacer cuando no tiene internet: anda nerviosa, aburrida desesperada; obviamente, no se le ocurre leer un libro. Su único deseo es conectarse. En la era de la sociedad de la información, la interacción comunicativa interpersonal se acerca a cero. Tabletas y smartphones están sustituyendo las interacciones sociales con terribles resultados: superficialidad, indiferencia física hacia los demás, robotización, desapego afectivo, ausencia de empatía, privilegio del entretenimiento, excesiva atención en lo anecdótico y volátil y poca capacidad de reflexión y análisis. Ya es frecuente que los propios padres de familia usen las pantallas para entretener a sus hijos y así quitárselos de encima. Han descubierto la comodidad de atarlos al entretenimiento perpetuo. Las computadoras y los smartphones son sus nanas virtuales.

Los artilugios electrónicos poseen una utilidad indudable, y muchas de sus potencias y beneficios pueden y deben utilizarse en la educación, pero también es cierto que, peligrosamente, estamos confundiendo el medio con el fin. Lo importante no es el instrumento sino la educación, y en este sentido estamos perdiendo de vista los efectos en nombre de la modernidad electrónica en cuyos altares rendimos culto.
Mucha gente (incluida la instruida y la muy instruida) ya ni siquiera cree que los libros o que los aprendizajes tradicionales puedan servir para algo. Y no únicamente lo creen los adolescentes y jóvenes nativos digitales, sino también los menos jóvenes que nunca se interesaron realmente por los libros y que, ahora, con las tecnologías de información, encontraron la oportunidad de desentenderse de ellos por completo.

Todo esto revela que hay personas que no sospechan siquiera el beneficio que los libros les han proporcionado, en los que se acumula y concentra gran parte de la cultura y el saber, incluso si no los han leído. Aún antes de Gutenberg (siglo XV), el ser humano ya es fruto de los libros y de la cultura escrita en general. Desde las pinturas rupestres de hace al menos 40,000 años, desde las inscripciones en la roca y los relatos en las tablillas de arcilla, desde el pergamino y los papiros, desde los rollos y los códices, hasta los libros en papel y el e-book, lo que somos y lo que hemos sido, como humanidad, está en la más sólida cultura escrita. Podemos desdeñarlo si queremos; lo que no podemos hacer es negarlo.

Cultura de fragmentos

Sin libros y sin la lectura íntegra de los mismos (en los formatos existentes o por existir) no se vislumbra un futuro educativo sólido. No podemos prescindir de ellos. La gente que piensa que los libros desaparecerán es porque no tiene ni la más remota idea del origen de la cultura. Sin libros y sin tradición oral sólo seríamos naturaleza. Gracias a la escritura y a la lectura, gracias a la tradición oral nos humanizamos. Cada vez son más los analfabetos funcionales que creen que la educación y la cultura se pueden hacer con fragmentos, resúmenes, sumarios, bullets y PowerPoint.
Leer y estudiar se complementan cuando pensamos lo leído y le damos nuevo sentido a la escritura: creamos y recreamos a partir de lo leído y lo pensado. La escuela de la memorización de datos ya no puede llegar más lejos. Lo más lejos que ha llegado es a glosar la información y no a desarrollar el saber y el conocimiento. Siendo la educación un poder liberador, resulta claro que, en general, los poderes políticos y económicos tratan de acotarla cuando no de neutralizarla. ¿Desean realmente los gobiernos y los grandes consorcios empresariales que, por medio de la educación, se desarrollen ciudadanos autónomos capaces de cuestionar al poder político y al mercado? Tenemos derecho a inferir que no desean tal cosa.

A decir de Bruno Bettelheim (Aprender a leer, 1982), “debido a su indiscutible importancia, la lectura debería ser el ejemplo supremo de qué es la educación en el sentido más hondo de la palabra: un ir de la irracionalidad a la racionalidad”. Y concluye: “Si la educación equipa a los estudiantes de esta manera, entonces enriquece su personalidad y hace que la vida sea más gobernable y valiosa”. Gobernable, por cierto, no por los gobiernos, sino por las propias personas que asumen la responsabilidad de su destino.
Leer con espíritu crítico y sensibilidad despierta, abre los ojos y la conciencia a muchas cosas. En esto consiste la educación para la libertad y la autonomía. En palabras de Paulo Freire, hay una estética educativa que va más allá de los edificios suficientes, sin deficiencias, limpios y ordenados (los cuales, por cierto, no abundan en nuestro país); es “la de la enseñanza competente, la de la alegría de aprender, la de la imaginación creadora con libertad de ejercitarse, la de la aventura de crear”.

Ésta es la educación que debería desvelarnos: una educación donde la lectura libre, autónoma, y el pleno ejercicio del pensamiento crítico sean consustanciales a la pasión de enseñar y al afán de aprender. Con únicamente esto, todo lo demás se remediaría por sí solo, incluso si los alumnos no estuvieran dotados de tabletas electrónicas. Hoy se cree que las tabletas electrónicas constituyen la panacea educativa. Pero lo creen los gobiernos, no los educadores ni los pensadores, y lo creen muy especialmente los fabricantes de software y hardware. Suponer que nadie se da cuenta de este vicio oculto es ofender la inteligencia.
La gran crisis de la educación no es nueva. Viene de muchas décadas atrás. Pero la robotización la ha agravado. Hace casi ochenta años, en La importancia de vivir (1937), Lin Yutang se preguntaba: “¿Por qué ha torcido y falseado el sistema educacional la placentera búsqueda de conocimientos para convertirla en un mecánico, medido, uniforme y pasivo amontonamiento de informaciones? ¿Por qué concedemos más importancia al conocimiento que al pensamiento? ¿Cómo damos en decir que un universitario es un hombre educado, sólo porque ha cumplido las unidades u horas de estudio necesarias en psicología, historia medieval, lógica y religión? ¿Cómo ha podido suceder que en el ánimo del estudiante las calificaciones y los diplomas lleguen a ocupar el lugar de la verdadera meta de la educación?”

Luego de estas preguntas, pertinentes o impertinentes según se vea, él mismo respondía y explicaba: “La razón es sencilla. Tenemos este sistema porque educamos a la gente en masa, como en una fábrica, y todo lo que ocurre dentro de una fábrica debe suceder según un sistema muerto y mecánico”. Este sistema escolar, desde párvulos hasta la universidad, justamente como en una fábrica, “acentúa la necesidad de memorizar los hechos, más que el desarrollo del gusto o del juicio”.

Lo malo de todo esto es que, como bien afirmaba Lin Yutang, “en cuanto un estudiante renuncia a su derecho al juicio personal ya está destinado a aceptar todos los embelecos de la vida”. En otras palabras, está destinado a responder mecánicamente lo que le conviene a él y al sistema educativo, a fin de avanzar en los cursos y concluir la carrera, evitando la duda y la búsqueda de conocimiento, desterrando para siempre el escepticismo. Por ello es absolutamente lógico que, con este sistema que deseduca, un graduado universitario “cese de aprender o de leer libros después de dejar sus estudios, porque [según se le ha convencido] ya ha aprendido todo lo que tiene que saber”.
Estos graduados ignoran que leer no es estudiar, aunque para estudiar sea necesario leer. En el caso de la lectura autónoma (la que hacemos sin que nadie nos obligue a ella) estamos ante un ejercicio subversivo que nos enseña a pensar por cuenta propia y, con ello, a crear sentido ahí donde no lo hay o donde su existencia no resulta muy clara. “Subversivo” es adjetivo que proviene del verbo “subvertir”, que significa trastornar o alterar, “especialmente el orden establecido”, precisa el diccionario de la lengua española. Pues bien, toda la gran educación que hemos heredado a lo largo de los siglos de imperecedera cultura escrita ¡siempre ha sido subversiva!, porque ha puesto en duda la verdad absoluta y ha creado un saber ahí donde sólo había el dogma de los poderes establecidos, sean éstos políticos, económicos, eclesiásticos de cualquier otro tipo.

Formación crítica
Cuando nos hacemos lectores, además de estudiantes, conseguimos saber que no hay nada más subversivo ni más estimulante que la cultura del libro. Los lectores habituales de libros son mejores estudiantes que los simples alumnos, porque al leer se apropian de un placer muchas veces prohibido y, además, aprenden a cuestionar, a usar el entendimiento, a crear una vocación crítica que les servirá para que no les tomen el pelo.
Leer, además de estudiar, forma, alienta y desarrolla una ciudadanía más crítica, más consciente de la realidad y, por tanto, menos dispuesta a ser convencida de las verdades absolutas o fijas del poder, de todos los poderes. Otra vez es Lin Yutang quien nos alumbra sobre esto. Advertía en 1937: “El hombre que no tiene la costumbre de leer está apresado en un mundo inmediato, con respecto al tiempo y al espacio. Su vida cae en la rutina fija; está limitado al contacto y la conversación con unos pocos amigos y conocidos, y sólo ve lo que ocurre en su vecindad inmediata. No hay forma de escapar de esa prisión. Pero en cuanto toma en sus manos un libro entra en un mundo diferente y si el libro es bueno se ve inmediatamente con uno de los mejores conversadores del mundo. Este conversador lo conduce y lo transporta a un país diferente o una época diferente, o descarga en él algunos de sus pesares personales, o discute con él una forma especial o un aspecto de la vida de que el lector nada sabe”.

En no pocos casos, leer es conversar con los muertos, aprender de ellos, revivirlos y tomar de su vida algo para enriquecer la propia. Esto es la cultura, esto es la educación, esto es la lectura. Recordemos a Francisco de Quevedo, el rey de los poetas españoles, diciendo lo siguiente en uno de sus mejores poemas: “Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos”.

Ésta es una de las mejores definiciones que se han hecho de la lectura clásica, de la lectura de las grandes obras y los altos genios que, ya muertos, aún alientan al diálogo y nos animan a vivir una existencia más rica, más honda, menos inmediatista, menos trivial, para conferirle a nuestro paso por la tierra un sentido más pleno. Esto es la cultura. Esto es la educación. Esto es la lectura. Lo es también Sor Juana Inés de la Cruz diciéndonos: “Óyeme con los ojos/ ya que están tan distantes los oídos”.

No hay educación sin lectura, y ambas (educación y lectura), cuando son auténticas, están más allá de las aulas y muchísimo más allá de los planes y programas de estudio. Leer para gozar y saber es muy diferente a simplemente decodificar un texto y memorizar datos para presentar y aprobar un examen. Por ello la escuela, junto con la familia, tiene también la alta misión de ayudar a la formación de lectores autónomos. La escuela no debe conformarse con alumnos, y ni siquiera con “alumnos aplicados”, sino ayudar a que surjan estudiantes, auténticos estudiantes, que de una manera natural serán sin duda lectores. Es necesario formar lectores para estudiar mejor, y no vanagloriarnos con los “alumnos aplicados” que responden perfectamente en los exámenes lo que simplemente han memorizado pero no han examinado y quizá ni siquiera entendido.
No es demasiado pedirles ni a la escuela ni a los maestros, pero parece ser demasiado pedirle a un sistema educativo que en los últimos años se ha empeñado en acusar a los maestros y a los padres de familia de no saber hacer su tarea, cuando son justamente los que están al frente de la administración de este sistema educativo los que en gran medida han dejado de hacer la suya.

Escuela del pensamiento
Leer no es simplemente decodificar un texto para aprender una instrucción. Leer es un ejercicio que involucra emoción y entendimiento, sensibilidad e inteligencia, y es necesario que la lectura deje de ser, en las escuelas especialmente, un ordinario requisito para responder exámenes. Es importante, por el bien de la educación, que la escuela de la memorización se convierta en una escuela del pensamiento, y esto sólo será posible si apoyamos el surgimiento y el desarrollo de lectores autónomos, de estudiantes y no únicamente de alumnos, de estudiantes que lean, además de los libros de texto, otros libros y otros materiales con los que, seguramente, tendrán la oportunidad de comparar y distinguir lo que hay en unos y otros.

El destacado filósofo estadounidense contemporáneo Harry G. Frankfurt escribió lo siguiente en el prólogo de su libro La importancia de lo que nos preocupa (2006): “Cada uno de nosotros es, en forma indiscutible, una criatura de la historia. Sin el pasado, no seríamos nada; y sólo cuando una persona reconoce que ella misma es, en su totalidad, el producto de contingencias históricas —biológicas, sociales y personales—, puede identificar y comprender su propia naturaleza. Sin embargo, la empresa más auténticamente filosófica no es averiguar qué nos produjo, sino tratar de identificar y comprender en qué nos hemos convertido”.
Lo grave del sistema educativo, como hoy lo entendemos (agravado incluso más que beneficiado con el mal uso y el abuso de las tecnologías de información), es que es una fábrica de frustraciones. La desilusión lleva al cinismo y al conformismo, cuando no a la violencia.

Gran parte de las nuevas generaciones saben de esto y sus preguntas son reveladoras de la falta de horizontes, e incluso de una educación carente de horizontes: ¿para qué protestar si nadie escucha?, ¿para qué votar si no cambia nada?, ¿para qué estudiar una carrera si no se encuentra trabajo digno?, ¿para qué leer libros si la lectura no hace la diferencia para un mejor estatus?
Quienes optan por aceptar las inescrupulosas reglas del juego es porque deciden integrarse, desde temprano, a las formas torcidas de la “meritocracia” y la autoridad, ese ámbito en donde lo que menos importa es lo que realmente se piensa o se siente; de ahí que sea preferible el consolador cinismo de no pensar en nada y decir por toda explicación: “Estas son las reglas y yo no las he inventado”.
Tal es la sociedad que hemos construido y acerca de la cual Bertrand Russell se horrorizó desde hace casi un siglo. El siguiente diagnóstico del autor de La conquista de la felicidad parece escrito para la realidad actual y no para la sociedad de 1930: “El cinismo que tan frecuentemente observamos en los jóvenes occidentales con estudios superiores es el resultado de la comodidad con la impotencia. La impotencia le hace a uno sentir que no vale la pena hacer nada, y la comodidad hace soportable el dolor que causa esa sensación”.

Fuente:http://campusmilenio.mx/index.php/template/opinion/fabulaciones/item/4168-una-educacion-sin-libros

La educación superior vive en el anacronismo legal

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Es necesario que las universidades  colaboren en la creación de procesos e instrumentos que legislen este nivel educativo.

Es necesario que las universidades colaboren en la creación de procesos e instrumentos que legislen este nivel educativo.

 

La educación superior vive en la bruma legislativa. Padece anacronismos y rezagos en la normatividad que la rige. La Ley de la Coordinación de Educación Superior vigente data de 1978.
Decenas de normas que le afectan han sido puestas en vigor y han cambiado el entorno y sus propias realidades. Y la legislación es la misma.
Demandan con urgencia un marco legal actualizado que responda de manera directa a los desafíos que enfrenta. Sin medias tintas ni cambios a medias, mediocres, inocuos.

Se trata de que se le dote de herramientas suficientes en un escenario internacional que implica redoblar esfuerzos en materia de calidad, pertinencia, financiamiento, gestión, transparencia, cobertura, equidad y gobernabilidad.
Esas son las aristas que una Ley de Educación Superior debe cubrir y coordinar y hacia debe apuntar el debate y el consenso de un tema que ha retomado importancia en la agenda.
Y aunque no se trata de la primera vez que se coloca en la mesa, la intención es sacarlo adelante lo más pronto posible y consolidar una legislación que permita llenar los vacíos que hay en la educación superior del país.
A decir de especialistas y de los propios implicados en el tema, es momento idóneo para elaborar esa regulación que por muchos ha exigido el sector. La palabra, apuntan, la tienen y es responsabilidad de todos los actores.
Intentos fallidos

El asunto de modificar la legislación no es nuevo. En legislaciones anteriores se han presentado iniciativas, puntos de acuerdo y proyectos para modificar una legislación que a decir de los propios especialistas, requiere una actualización urgente.
Uno de las últimas iniciativas que se presentó en la Cámara de Diputados fue en 2004. La legisladora Consuelo Camarena Gómez, entonces secretaria de la Comisión de Educación y Servicios Educativos de la Cámara baja, se pronunció por modificar el marco legal de este nivel escolar.
De acuerdo con Camarena Gómez, uno de los principales objetivos, y que no garantiza la actual legislación, era el incremento de la cobertura con equidad, no para ampliar y diversificar la oferta educativa, sino para acercarla a los grupos sociales con menores posibilidades de acceso.

“Obtener altas tasas de titulación o graduación; tener profesores competentes en la generación, aplicación y transmisión del conocimiento, organizados en cuerpos académicos; que las universidades e instituciones brinden currículos actualizados y pertinentes”, sostiene.
Asimismo, explica, que las autoridades educativas, en coordinación con organismos no gubernamentales, establezcan procesos e instrumentos apropiados y confiables para la evaluación de los aprendizajes.
Incluso, expresa, “disfrutar de sistemas eficientes de gestión y administración; y un servicio social articulado con los objetivos del programa educativo.

“A estos retos y ventanas de oportunidad son a las que nos enfrentamos como legisladores, cuando nos avocamos a realizar un ejercicio de modificación y reforma a las normas que regulan el susbsistema educativo de nivel superior”, apunta.
Y es que el problema, reconoce, es que varias de estas metas no corresponden al ámbito jurídico del legislador. Se requiere del concurso y compromiso de los tres niveles de gobierno, “de los académicos, trabajadores, directivos, estudiantes, egresados, las organizaciones profesionales, empresas y la sociedad en su conjunto”.
“Debemos perseguir una misma meta, es ahí donde los actores a nivel nacional deben brindar esa coordinación entre las entidades federativas, la responsabilidad por supuesto es compartida”.

Retoman camino
Ahora, como parte de la reestructura que se ha implementado en otros niveles educativos, la modificación del marco legal de la educación superior tomó forma y se pretende presentar pronto una propuesta consensada en la que participen varios actores.
Roberto Rodríguez, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), señala que para regular todas estas tareas, falta, desde luego, una norma, que puede ser federal, o una ley especial con jurisdicción federal.

“Primero, porque no la tenemos, la mayoría de los países en el mundo tienen leyes de educación superior específicas, orgánicas, nacionales; en segundo lugar porque este déficit normativo ha sido cubierto por un conjunto muy básico con disposiciones ad hoc, pero es un conjunto abigarrado, disperso y en algunos aspectos contradictorios”, dice.
Explica que frente a este escenario, es urgente abrir los cauces hacia la formulación de una ley para la educación superior, o en su defecto, un título especial dentro de la Ley General de Educación dedicada a este nivel educativo de manera exclusiva.
En ese sentido, Enrique Fernández Fassnacht, director general del Instituto Politécnico Nacional (IPN), advierte si bien temas como la evaluación de los profesores, la actualización de los planes de estudio, la formación de los docentes se han debatido antes, es fundamental actualizar la normatividad de la educación superior.
“Necesitamos cambiar de paradigmas, los que sirvieron al desarrollo de la educación superior, en su momento, ya no son vigentes, la Ley para la Coordinación de la Educación Superior ya tiene más de 38 años de vida, creo que tenemos que buscar actualizar, modificar esa ley”, comenta.

Para el ex-secretario general ejecutivo de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) es momento de retomar iniciativas, como el proyecto que se elaboró años atrás en este organismo, y que se denominó “Ley para la Coordinación, la Evaluación y Financiamiento de la Educación Superior”.
A decir de Fernández Fassnacht sabe que en temas como la evaluación, el financiamiento, la modalidad a distancia, el actual marco legal está rebasado y no han sido normados de manera adecuada.
“En esta ley se definen conceptos como modalidades, tipos de educación superior, autorización, reconocimiento y validez oficial, equivalencias, revalidaciones, doble titulación, titulación conjunta, titulación simultánea y progresiva.
“Se plantea la creación de un Consejo Nacional de Educación Superior, que tenga facultades, entre otras, de proponer modelos de financiamiento plurianual, para desarrollar el Sistema para la Evaluación, la Acreditación y Certificación de la Educación  Superior, y políticas para el otorgamiento de autorizaciones, reconocimientos de validez oficial de estudios, equivalencias y revalidaciones”, apunta.
Se trata de un proyecto que, recuerda, ya no alcanzó a debatirse al seno de la ANUIES durante su gestión, pero debe tomarse en cuenta dentro de este debate.
“En cuanto a las implicaciones de dejar las cosas como están, ya a estas alturas, empezamos a ver descoordinación y desorden, afecta principios como la laicidad, la gratuidad y, en última consecuencia, un posible deterioro de la educación superior”, advierte.

Alternativas necesarias
Para Salvador Malo Álvarez,  Director General de Educación Superior Universitaria de la Subsecretaría de Educación Superior de la Secretaría de Educación Pública (SEP), es momento propicio para hacer cambios fundamentales en este nivel educativo.
“Creo, incluso, que nos estamos retrasando de lo que pasa en el resto del mundo, ciertamente creo que no es porque pase en el mundo, sino se trata del contexto de la educación superior, la educación superior se está transformando de manera radical, el mismo reporte de la UNESCO de 2009, habla de que en los últimos años se está creando una revolución académica sin precedentes”, apunta.
Por eso, cuestiona Malo Álvarez, si se va a legislar en la materia, y si en verdad se va a hacer de fondo, se tienen que definir de manera clara las metas y los objetivos de manera coordinada.

“Porque estamos hablando de una legislación a un nivel constitucional, hay que tener mucho cuidado, cuando es clarísimo que la educación superior en México se ha venido retrasando con respecto a la educación superior internacional”, comenta.
Sin embargo, el funcionario reconoce que los cambios al marco legal que rige a la educación superior no van a resolver los problemas que enfrenta este nivel educativo.
“Lo primero que tenemos que hacer es pensar qué queremos hacer al interior de nuestras instituciones y los cambios que queremos hacer al interior de los estados, al interior de los sistemas de educación superior.
“Porque si bien es cierto que nuestra educación superior ha crecido de manera extraordinaria, la realidad es que simplemente es más grande de lo que era hace tiempo, el grueso de la población sigue atendiendo a las licenciaturas.

“El 85 por ciento de la población en educación superior está en licenciatura, unos cuantos se han trasladado a las maestrías y al doctorado; 7 por ciento a maestrías y especialidades, uno por ciento al doctorado”, puntualiza.
Y es que si bien se trata de una mejora comparativamente a lo que se reportaba hace 30 años, no se ha dado un cambio cualitativo porque no se han modificado las formas de aprendizaje, los programas de enseñanza, el número de personas que estudian y los métodos para que en la transmisión del conocimiento juegue un papel menos central el profesorado.
“Creo que tenemos que tomar muy en cuenta qué es lo que nos corresponde a las instituciones hacer para transformar la educación superior; cualquier programas educativo que no aterrice en un cambio en las prácticas de enseñanza-aprendizaje, es una buena idea, y lo mismo diría de las leyes.
“Si hacemos una buena ley, pero no aterriza esa ley en cambiar las prácticas de enseñanza-aprendizaje todos los días, no estaremos teniendo una transformación de la educación superior”, finaliza.


Delinear legislación
María de Ibarrola Nicolín, especialista del Departamento de Investigación Educativa del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (CINVESTAV) del Instituto Politécnico Nacional (IPN), dijo que existe un cuerpo legal disperso, fragmentado, poco pertinente e insuficiente.
Incluso, apunta, hay “efectos perversos” porque hay normativas, reglamentos, leyes, que conducen a efectos diferentes a los que se persiguen y ese es un punto que se debe revisar en este debate.
“Por ejemplo, considerar la cantidad de instituciones de educación superior que no cumplen con la idea de generación, creación y difusión del conocimiento, sino que simplemente lo transmiten de manera lineal, y hay una gran cantidad que están en ese sentido”, apunta.

En tanto, Marisol Silva Laya, del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación la Universidad Iberoamericana (UIA), la actual legislación es obsoleta y desfasada, que no responde a un sistema que se ha construido después de casi 40 años.
“Creo que es necesaria una ley de educación superior, la ley, además de regular la educación superior, como es lógico y corresponde a un instrumento jurídico, tendría que garantizar el cumplimiento del derecho a la educación y a la posibilidad de garantizar el acceso de los jóvenes a este bien público”, expresa.
Y es que, considera, al pensar en una legislación de esta magnitud, también se debe considerar la función social que la educación superior cumple en el país.
“Tiene que ver con abrir posibilidades de desarrollo a la juventud, a la que está destinada, si nos embarcamos en un proyecto tan importante, de tal envergadura, tendría que ser una Ley General y no solamente como está planteado al hablar de una Ley de Coordinación; creo que la realidad del país requiere de una ley con un mayor alcance”, comenta.

Fuente:http://campusmilenio.mx/index.php/template/reportaje-y-ensayo/reportes/item/4167-la-educacion-superior-vive-en-el-anacronismo-legal

Panorama Social de América Latina 2015 vía CEPAL

Entre la década de los 90 y 2014 la pobreza en América Latina bajó de 50 a 28%. Sin embargo, de 2013 a 2014 el número de personas en situación de pobreza creció alrededor de 2 millones, alcanzando los 168 millones, de los cuales 70 millones estaban en la indigencia.

Los datos anteriores se desprenden del informe Panorama Social de América Latina, realizado por la División de Desarrollo Social y la División de Estadísticas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el cual expone la situación actual en términos de pobreza y distribución del ingreso, y analiza la evolución de la distribución del ingreso y las desigualdades en el sistema educativo y el mercado laboral.

¿Cuáles son los principales hallazgos de este reporte?

  • Entre 2010 y 2014 se registró una reducción significativa de la pobreza y la indigencia debido al aumento de los ingresos de los hogares principalmente.

Evolución de la pobreza

 

  • En 1991-1992 el gasto social se situaba en 12.6% del PIB de la región y éste aumentó a 19.5% en 2013-2014. Este aumento se debe en primer lugar al crecimiento del gasto en seguridad social y asistencia social, seguido de educación y salud.

Evolución del gasto público

 

Gasto público social

  • Aunque en general la economía mundial ha mostrado signos de recuperación en los años recientes, América Latina tuvo un desempeño menos favorable. Entre 2013 y 2014 el número de pobres de la región se incrementó en alrededor de 2 millones de personas. Esta variación fue el resultado de un aumento de aproximadamente 7 millones de personas pobres registrado o proyectado principalmente en Guatemala, México y Venezuela mientras que en Brasil, Colombia y el Ecuador se registró una disminución de 5 millones.

México

 

  • De 2010 a 2014 la tasa de pobreza cayó en la gran mayoría de los países, sin embargo en México la tasa de pobreza se elevó a un ritmo anual de entre un 2% y casi un 5%.
  • De los 18 países que analiza el estudio, México sólo supera en porcentaje de personas en pobreza a Honduras, Guatemala y Nicaragua, por lo que se ubica en el lugar 13 de 18 países por la proporción de población en pobreza en la región.
  • El 80% de los ingresos totales de los hogares latinoamericanos proviene del trabajo, el cual es el principal motor para la superación de la pobreza y el acceso al bienestar y a la protección social.  Sin embargo, el mundo laboral también puede producir y exacerbar desigualdades como la calidad de los empleos, los ingresos laborales, el acceso a la protección social y las opciones de movilidad ocupacional ascendente a lo largo de la vida laboral, además de las brechas de género, raza, etnia y área de residencia.

Participación laboral

 

  • La región de América Latina y el Caribe vive una transición demográfica. En 2023 la región pasará de ser una “sociedad juvenil” a una “sociedad adulta joven”. En 2045 dará inicio la “sociedad adulta” y en 2052 estaremos frente a una “sociedad envejecida”.

Población

 

  • El dinamismo de la economía mundial ha venido disminuyendo después de la recuperación que se produjo en 2010 y, de acuerdo con las proyecciones, la tendencia a un crecimiento bajo persistiría en el mediano plazo. La CEPAL hace énfasis en que los márgenes de expansión del gasto público social han disminuido debido a las restricciones en la recaudación fiscal, por lo que es importante explorar nuevas opciones de recaudación de modo que se garanticen y protejan los recursos públicos que financian la política social.
  • Se deben enfrentar las brechas estructurales en el mercado de trabajo con políticas y programas para la inclusión laboral y productiva.
  • Los avances en el ámbito social de la región van acompañados de nuevos retos, sobre todo en cuanto a la institucionalidad de las políticas de desarrollo social y las instancias gubernamentales que diseñan e implementan las estrategias de desarrollo e inclusión social y la superación de la pobreza.

Fuente:http://imco.org.mx/banner_es/panorama-social-de-america-latina-2015-via-cepal/

¿La riqueza es problema para el desarrollo? La clave es la desigualdad

 

Por Ricardo Fuentes-Nieva*

El mundo está dividido en dos linajes: los que tienen y los que no, de acuerdo con la abuela de Sancho Panza en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Esta sabia mujer hoy se sor­prendería de que 400 años después de su aforismo, las 62 personas más ricas del mundo acumulan la riqueza equivalente de 3,600 millones de personas que se encuentran en el otro extremo de la distribución.

Éste es el estado del mundo. Va­rias voces desde hace varios años –de distintas tendencias ideológicas y políticas– se han pronunciado contra la extrema desigualdad. Desde el papa Francisco hasta el presidente Barak Obama, pasando por Des­mond Tutu y la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, han hablado de la amenaza que presenta la desigualdad económica para el funcionamiento de las sociedades. Todos han susten­tado sus argumentos en los análisis de académicos reconocidos como Thomas Piketty, Branco Milanovic, Joseph Stiglitz, entre otros.

Desde enero de 2014, en el marco del Foro Económico Mundial celebrado cada año en Davos, Suiza, Oxfam reveló que 85 personas tenían la misma riqueza que la mitad más pobre del mundo. Ahora son sólo 62 multimillonarios, de los cuales nueve son latinoamericanos. En México, nuestro análisis reveló que el 10% más rico de la población mexicana concentra el 64.4% de la riqueza. De acuerdo con Credit Suisse, el 1% concentra el 43.3% de la riqueza.

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La pobreza y desigualdad de in­gresos están relacionadas de manera aritmética y estadística. Cálculos recientes como los de México, ¿cómo Vamos? muestran una correlación positiva entre los niveles de pobreza y desigualdad en los estados mexica­nos. Y por definición, si se reduce la desigualdad, la pobreza disminuirá más rápido, dada una tasa de creci­miento similar. Sin embargo, éste no es el punto más importante.

El problema es que estamos acostumbrados a entender la pobreza de manera muy específica. Para muchos, la pobreza es no tener suficiente ingreso para cubrir necesidades básicas. En México, de acuerdo con el Coneval, hay 64 millones de personas viviendo en esta condición –alrededor del 53% de la población– algo que es inaceptable y sobre todo en un país de ingreso medio alto. Pero la pobreza no es sólo no tener ingreso suficiente, como el mis­mo Coneval reconoce. La pobreza es también no tener la oportunidad de decidir el futuro propio o no tener la oportunidad de contribuir a la sociedad. La pobreza también es la imposibilidad de actuar libremente y ejercer derechos, la incapacidad de expresar opiniones y necesidades, de avanzar socialmente con base en el mérito y el esfuerzo. La pobreza también es ausencia de poder e influencia. Y es así que la pobreza se conecta con la concentra­ción extrema de riqueza.

De acuerdo con el estudio Desigualdad extrema en México, rea­lizado por Oxfam México, el diseño y estructura del sistema tributario es también uno de los aspectos en los que la élite económica mexicana ha logrado influir de manera preponderante. En el país no se tiene una política fiscal progresiva. Así, mientras que el promedio de los paí­ses de la OCDE obtiene el 32.5% de todos sus ingresos a partir de impuestos en bienes y servicios (lo que incluye impuestos al consu­mo e impuestos especiales), México obtiene el 54% de todos sus ingresos por esta vía. Es decir, la estructura fiscal está más orientada a gravar el consumo que el ingreso personal o empresarial.

El poder económico y políti­co desmedido de unos reduce la capacidad de acción e influencia del resto de la sociedad. ¿Quién tiene más posibilidades de recibir una invitación a una cena con algún miembro de la alta esfera política del país?, ¿alguno de los miembros de la lista de forbes o el resto de la sociedad? La riqueza se está convir­tiendo rápidamente en la fuente más importante de poder e influencia en el mundo.

La concentración extrema de riqueza produce una captura políti­ca, es decir, la influencia excesiva e indebida sobre la toma de decisiones y los procesos democráticos que esa riqueza permite a las élites del país. Peor aún, estos procesos sesgados de toma de decisión que benefician a unos cuantos se convierten en reglas, en instituciones y en narrativas. Es así como industrias oligopólicas son protegidas por décadas y se presen­tan como industrias innovadoras, creadoras de riqueza y tomadoras de riesgo, cuando en verdad están extrayendo rentas.

La igualdad de oportunidades, que es mencionada regularmente como el verdadero objetivo, es un mito. Un sistema que recompensa el talento, la innovación y que pone los incentivos necesarios para el desarrollo de las personas es un sistema en el que cier­to nivel de desigualdad es necesario para recompensar decisiones personales y habilidades distintas. Pero vivimos en algo muy lejano a este sistema. Como muestra el análisis de Forbes, la gran mayoría de las fortunas más grandes del país son heredadas. Estu­dios del Centro Espinosa Ygle­sias indican que la sociedad mexicana es mucho más rígida en términos de movilidad social que la sociedad esta­dounidense, especialmente en la parte alta de la distribución. En México, los millonarios que se hacen a sí mismos son muy pocos (sin tomar en cuenta el tráfico de drogas, que es otra historia), la mayoría nacen con este privilegio y lo heredan.

Este privilegio se tergiversa: recientemente, un presentador de te­levisión que ha sido la promesa del futuro durante los últimos 25 años –y al parecer siempre lo será– e hijo de otra figura televisiva del pasado, sugirió que para salir de la pobreza, las personas en esa condición ten­drían que trabajar mucho más (utilizó otra palabra). Este desafortunado comenta­rio da muestra de cómo piensan personas que heredan su posición.

Es necesario un cambio. Un sistema que extrae rentas, privilegia las decisiones y necesidades de unos pocos y, además, promueve la idea de que los pobres son tales por pereza, es injusto, ineficiente y, ahora mismo, insostenible.

El deseo de disminuir la des­igualdad no es un ataque a los empresarios o a los multimillona­rios. Este deseo surge de una crítica severa a un sistema económico y político que permite la acumula­ción o el incremento de fortunas heredadas a través de monopolios u oligopolios y que mantiene en la marginación política, económica y social a millones de personas.

Un sistema tal no sólo es injusto, es ineficiente y está muy lejos de fomen­tar una sociedad donde el talento sea recompensado y tenga el potencial de ser desarrollado por muchas más personas con acceso a las mejores oportunidades y donde se multipli­que la actividad empresarial exitosa, no donde ésta sea producto de la confluencia entre el poder público y el poder privado. En países con mucha menor desigualdad, las personas tienen mucha mayor capacidad de prosperar por sí mismas.

La desigualdad no es inevitable y la evidencia es clara: los países con mejor distribución de la riqueza tienen menores niveles de pobreza, mejores sistemas de salud y educa­ción y una mejor calidad de vida. Los niveles de desigualdad actuales no son una casualidad, ni un efecto negativo del crecimiento económico o la globalización; son el resultado de decisiones políticas deliberadas que escuchan al 1% por encima de la voz del 99% restante. En ese 99% están las personas que quieren poner una pequeña o mediana empresa, están los profesionistas que buscan em­pleo, están las mujeres jóvenes que se integran a la fuerza laboral y están también las poblaciones altamente excluidas como los indígenas y las comunidades rurales.

De hecho, hay un ejemplo muy concreto sobre cómo las decisiones políticas reducen la desigualdad y benefician a la mayoría:

De acuerdo con Forbes, la fortuna del millonario mexicano Carlos Slim disminuyó en 15,900 mdd durante el año 2015, una caída en su fortuna personal del 22%, en parte como consecuencia de la reforma en telecomunicaciones y la decisión del Instituto Federal de Te­lecomunicaciones de declarar como empresa preponderante a América Móvil. Con esto, el resto de la socie­dad mexicana ha sido beneficiada al pagar menos por sus servicios de telefonía celular. Es un caso muy específico pero tangible de cómo se cierran brechas de desigualdad y se beneficia a la mayoría –todos aquellos que utilizamos día con día un teléfono celular. La pregunta más importante es: ¿por qué no se implementan políticas en todas las industrias donde hay ausencia de competencia y un desmedido poder de mercado que se traduce en extracción de rentas?

Oxfam, organización que ha trabajado durante más de 70 años en la erradicación de la pobreza y la injusticia, afirma que la desigualdad es una de las amenazas más grandes de nuestros tiempos, y que sólo un debate franco sobre sus causas y efectos podrá provocar los cambios que requieren las sociedades actuales.

El problema de la desigualdad tie­ne que ser atacado porque socieda­des que marginan y excluyen a gran parte de su población de beneficios políticos y económicos pierden legitimidad, estabilidad y capacidad de innovación. Son sistemas cuyas instituciones son débiles y que tarde o temprano se convierten en ogros ineficientes e improductivos. La experiencia histórica posterior a la Segunda Guerra Mundial mostró que sociedades más incluyentes son posibles pero es necesario tomar esas decisiones políticas.

La fuerza de la discusión global y nacional sobre la desigualdad mues­tra el deseo de cambio y la oportuni­dad de construir una economía donde se generen oportunidades y que anteponga los intereses de la mayoría. Hay algunos que lo entienden así. Warren Buffett, un personaje común en las listas de multimillonarios, comparte gran parte de este análisis y ha sugerido recurrentemente, por ejemplo, pagar más impuestos. Buffett entiende que en el siglo xxi la gran brecha entre los que tienen y los que no puede y debe reducirse.

Fuente: http://www.forbes.com.mx/riqueza-extrema/

Sustentabilidad = Sobrevivir

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BASF muestra en la IBERO proyecto de la NASA para el futuro del mundo.

 

 

En la actualidad existen numerosos proyectos en donde las personas se involucran y reiteran su compromiso con la sustentabilidad. Algunos iniciativas sustentables tienen como objetivo solucionar problemas de contaminación, falta de agua, energía o incluso falta alimento, de una manera viable para la sociedad y la economía.

Un ejemplo de estos proyectos es la iniciativa OMEGA (Offshore Membrane Enclosures for Growing Algae) que se desarrolla en la NASA, con el apoyo de la Comisión de Energía de California; su objetivo es encontrar un sustituto de los combustibles fósiles para hacer frente al cambio climático.

Los expertos de OMEGA han considerado llevar a cabo esta propuesta sustentable con laboratorios de prueba en Santa Cruz, California y en la bahía protegida de San Francisco, California. Este desarrollo combina el cultivo de algas, tratamiento de aguas residuales, la captura de carbono con la electricidad, la generación de calor mediante energía solar y la producción de alimentos mediante acuicultura.

“Muchas empresas se verían beneficiadas con el proyecto gracias al sistema de economía circular y la creación de empleos por medio de la tecnología.” Jonathan Trent, Director de la Iniciativa Global OMEGA.

¿Por qué las empresas patrocinan proyectos de investigación?

Este tipo de proyectos de punta deben darse a conocer no solo en la esfera científica, si no mostrarse a la nuevas generaciones quienes serán los usuarios y principales beneficiarios de estas iniciativas.

Algunas de las compañías que están difundiendo el proyecto OMEGA, lo hacen a través del patrocinio de distintos foros de investigación científica, un ejemplo de ello es BASF, que en días pasados fue una de las empresas que patrocinó elCuarto Congreso Internacional de Sustentabilidad en la Universidad Iberoamericana,donde se mostraron las bondades y el futuro de OMEGA.

La empresa líder en crear química para un futuro sustentable, apoya este congreso desde hace cuatro años, impulsando proyectos relacionados con la investigación, en búsqueda de que estos alcancen una mayor difusión en la sociedad.

BASF, es una de las empresas que se preocupa y ocupa de su modelo de negocio basado en la responsabilidad social corporativa comprometiéndose con la educación y la sustentabilidad. Mostrando estos proyectos en universidades, los alumnos tendrán una visión más completa de lo que significa construir un futuro sustentable.

La sustentabilidad no es un lujo, es la licencia para sobrevivir en el planeta. (…) Los jóvenes empiezan con un sueño, tienen una visión y se necesita impulso de la academia para lograr el futuro. Dr. Michael Stumpp. Presidente del grupo BASF en México, Centroamérica y el Caribe.”

En 2025, la iniciativa OMEGA beneficiará y apoyará las economías sostenibles a nivel mundial y se desplegará en zonas costeras de todo el mundo, aumentando la generación de energía solar en el mar para la electricidad, el calor y los biocombustibles; revolucionando el uso de aguas residuales para la producción de biomasa y el agua potable; y la mejora de la producción local de la acuicultura.

Fuente:http://stbdeacero.com/2016/03/29/sustentabilidad-sobrevivir/