¿Una educación sin libros?

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Los que nunca se interesaron por los libros han encontrado en las nuevas tecnologías una forma de desentenderse por completo .

Los que nunca se interesaron por los libros han encontrado en las nuevas tecnologías una forma de desentenderse por completo .

 

Cuando los juguetes hablan, los niños callan. Tal es la conclusión a la que llegó la investigadora Anna Sosa, de la Universidad de Northern Arizona, en un estudio especializado en el desarrollo del lenguaje infantil, según lo documenta el diario español El País.
Los juguetes electrónicos (imitaciones de teléfonos portátiles, tabletas “didácticas”, muñecos y animales con voz e incluso “libros parlantes”) frenan el desarrollo del lenguaje en los niños y obstaculizan sus aprendizajes de vocabulario, interiorización y construcción de sentido.

A decir de la investigadora, los juguetes electrónicos, que suelen ser comercializados como “educativos” o “didácticos”, distraen a los niños al grado de apartarlos del mundo real. Son, además, medios con los cuales los padres se desentienden de la interacción con sus hijos: “Los juguetes que emiten luces, voces y sonidos generan tanta actividad e interés que rompen el proceso virtuoso de aprendizaje: el aparato actúa mientras padres e hijos miran y escuchan”.
Incluso los libros “interactivos” pueden formar consumidores pasivos, a despecho de las apologías que los fabricantes hacen de sus productos, y de los ensalzamientos didácticos (más que ingenuos, interesados) que muchos pedagogos (al servicio de los fabricantes) llevan a cabo en relación con estas herramientas y sus aplicaciones.

Esto debe hacernos pensar en lo que estamos privilegiando como educación desde la infancia hasta los niveles superiores. La imagen de adictos a lo audiovisual (lo mismo niños que adultos), cada uno con su dispositivo móvil, ignorándose entre sí, literalmente absorbidos por una pantalla, en un silencio de total embeleso, es el nuevo paradigma de la familia y de las relaciones sociales.

Más de un pensador ha expresado que la adicción a las tecnologías de la información puede llegar a ser tan dañina como la adicción a las drogas. Esto no es exagerar si se admite como evidencia que el síndrome de abstinencia a internet es real: la gente no sabe qué hacer cuando no tiene internet: anda nerviosa, aburrida desesperada; obviamente, no se le ocurre leer un libro. Su único deseo es conectarse. En la era de la sociedad de la información, la interacción comunicativa interpersonal se acerca a cero. Tabletas y smartphones están sustituyendo las interacciones sociales con terribles resultados: superficialidad, indiferencia física hacia los demás, robotización, desapego afectivo, ausencia de empatía, privilegio del entretenimiento, excesiva atención en lo anecdótico y volátil y poca capacidad de reflexión y análisis. Ya es frecuente que los propios padres de familia usen las pantallas para entretener a sus hijos y así quitárselos de encima. Han descubierto la comodidad de atarlos al entretenimiento perpetuo. Las computadoras y los smartphones son sus nanas virtuales.

Los artilugios electrónicos poseen una utilidad indudable, y muchas de sus potencias y beneficios pueden y deben utilizarse en la educación, pero también es cierto que, peligrosamente, estamos confundiendo el medio con el fin. Lo importante no es el instrumento sino la educación, y en este sentido estamos perdiendo de vista los efectos en nombre de la modernidad electrónica en cuyos altares rendimos culto.
Mucha gente (incluida la instruida y la muy instruida) ya ni siquiera cree que los libros o que los aprendizajes tradicionales puedan servir para algo. Y no únicamente lo creen los adolescentes y jóvenes nativos digitales, sino también los menos jóvenes que nunca se interesaron realmente por los libros y que, ahora, con las tecnologías de información, encontraron la oportunidad de desentenderse de ellos por completo.

Todo esto revela que hay personas que no sospechan siquiera el beneficio que los libros les han proporcionado, en los que se acumula y concentra gran parte de la cultura y el saber, incluso si no los han leído. Aún antes de Gutenberg (siglo XV), el ser humano ya es fruto de los libros y de la cultura escrita en general. Desde las pinturas rupestres de hace al menos 40,000 años, desde las inscripciones en la roca y los relatos en las tablillas de arcilla, desde el pergamino y los papiros, desde los rollos y los códices, hasta los libros en papel y el e-book, lo que somos y lo que hemos sido, como humanidad, está en la más sólida cultura escrita. Podemos desdeñarlo si queremos; lo que no podemos hacer es negarlo.

Cultura de fragmentos

Sin libros y sin la lectura íntegra de los mismos (en los formatos existentes o por existir) no se vislumbra un futuro educativo sólido. No podemos prescindir de ellos. La gente que piensa que los libros desaparecerán es porque no tiene ni la más remota idea del origen de la cultura. Sin libros y sin tradición oral sólo seríamos naturaleza. Gracias a la escritura y a la lectura, gracias a la tradición oral nos humanizamos. Cada vez son más los analfabetos funcionales que creen que la educación y la cultura se pueden hacer con fragmentos, resúmenes, sumarios, bullets y PowerPoint.
Leer y estudiar se complementan cuando pensamos lo leído y le damos nuevo sentido a la escritura: creamos y recreamos a partir de lo leído y lo pensado. La escuela de la memorización de datos ya no puede llegar más lejos. Lo más lejos que ha llegado es a glosar la información y no a desarrollar el saber y el conocimiento. Siendo la educación un poder liberador, resulta claro que, en general, los poderes políticos y económicos tratan de acotarla cuando no de neutralizarla. ¿Desean realmente los gobiernos y los grandes consorcios empresariales que, por medio de la educación, se desarrollen ciudadanos autónomos capaces de cuestionar al poder político y al mercado? Tenemos derecho a inferir que no desean tal cosa.

A decir de Bruno Bettelheim (Aprender a leer, 1982), “debido a su indiscutible importancia, la lectura debería ser el ejemplo supremo de qué es la educación en el sentido más hondo de la palabra: un ir de la irracionalidad a la racionalidad”. Y concluye: “Si la educación equipa a los estudiantes de esta manera, entonces enriquece su personalidad y hace que la vida sea más gobernable y valiosa”. Gobernable, por cierto, no por los gobiernos, sino por las propias personas que asumen la responsabilidad de su destino.
Leer con espíritu crítico y sensibilidad despierta, abre los ojos y la conciencia a muchas cosas. En esto consiste la educación para la libertad y la autonomía. En palabras de Paulo Freire, hay una estética educativa que va más allá de los edificios suficientes, sin deficiencias, limpios y ordenados (los cuales, por cierto, no abundan en nuestro país); es “la de la enseñanza competente, la de la alegría de aprender, la de la imaginación creadora con libertad de ejercitarse, la de la aventura de crear”.

Ésta es la educación que debería desvelarnos: una educación donde la lectura libre, autónoma, y el pleno ejercicio del pensamiento crítico sean consustanciales a la pasión de enseñar y al afán de aprender. Con únicamente esto, todo lo demás se remediaría por sí solo, incluso si los alumnos no estuvieran dotados de tabletas electrónicas. Hoy se cree que las tabletas electrónicas constituyen la panacea educativa. Pero lo creen los gobiernos, no los educadores ni los pensadores, y lo creen muy especialmente los fabricantes de software y hardware. Suponer que nadie se da cuenta de este vicio oculto es ofender la inteligencia.
La gran crisis de la educación no es nueva. Viene de muchas décadas atrás. Pero la robotización la ha agravado. Hace casi ochenta años, en La importancia de vivir (1937), Lin Yutang se preguntaba: “¿Por qué ha torcido y falseado el sistema educacional la placentera búsqueda de conocimientos para convertirla en un mecánico, medido, uniforme y pasivo amontonamiento de informaciones? ¿Por qué concedemos más importancia al conocimiento que al pensamiento? ¿Cómo damos en decir que un universitario es un hombre educado, sólo porque ha cumplido las unidades u horas de estudio necesarias en psicología, historia medieval, lógica y religión? ¿Cómo ha podido suceder que en el ánimo del estudiante las calificaciones y los diplomas lleguen a ocupar el lugar de la verdadera meta de la educación?”

Luego de estas preguntas, pertinentes o impertinentes según se vea, él mismo respondía y explicaba: “La razón es sencilla. Tenemos este sistema porque educamos a la gente en masa, como en una fábrica, y todo lo que ocurre dentro de una fábrica debe suceder según un sistema muerto y mecánico”. Este sistema escolar, desde párvulos hasta la universidad, justamente como en una fábrica, “acentúa la necesidad de memorizar los hechos, más que el desarrollo del gusto o del juicio”.

Lo malo de todo esto es que, como bien afirmaba Lin Yutang, “en cuanto un estudiante renuncia a su derecho al juicio personal ya está destinado a aceptar todos los embelecos de la vida”. En otras palabras, está destinado a responder mecánicamente lo que le conviene a él y al sistema educativo, a fin de avanzar en los cursos y concluir la carrera, evitando la duda y la búsqueda de conocimiento, desterrando para siempre el escepticismo. Por ello es absolutamente lógico que, con este sistema que deseduca, un graduado universitario “cese de aprender o de leer libros después de dejar sus estudios, porque [según se le ha convencido] ya ha aprendido todo lo que tiene que saber”.
Estos graduados ignoran que leer no es estudiar, aunque para estudiar sea necesario leer. En el caso de la lectura autónoma (la que hacemos sin que nadie nos obligue a ella) estamos ante un ejercicio subversivo que nos enseña a pensar por cuenta propia y, con ello, a crear sentido ahí donde no lo hay o donde su existencia no resulta muy clara. “Subversivo” es adjetivo que proviene del verbo “subvertir”, que significa trastornar o alterar, “especialmente el orden establecido”, precisa el diccionario de la lengua española. Pues bien, toda la gran educación que hemos heredado a lo largo de los siglos de imperecedera cultura escrita ¡siempre ha sido subversiva!, porque ha puesto en duda la verdad absoluta y ha creado un saber ahí donde sólo había el dogma de los poderes establecidos, sean éstos políticos, económicos, eclesiásticos de cualquier otro tipo.

Formación crítica
Cuando nos hacemos lectores, además de estudiantes, conseguimos saber que no hay nada más subversivo ni más estimulante que la cultura del libro. Los lectores habituales de libros son mejores estudiantes que los simples alumnos, porque al leer se apropian de un placer muchas veces prohibido y, además, aprenden a cuestionar, a usar el entendimiento, a crear una vocación crítica que les servirá para que no les tomen el pelo.
Leer, además de estudiar, forma, alienta y desarrolla una ciudadanía más crítica, más consciente de la realidad y, por tanto, menos dispuesta a ser convencida de las verdades absolutas o fijas del poder, de todos los poderes. Otra vez es Lin Yutang quien nos alumbra sobre esto. Advertía en 1937: “El hombre que no tiene la costumbre de leer está apresado en un mundo inmediato, con respecto al tiempo y al espacio. Su vida cae en la rutina fija; está limitado al contacto y la conversación con unos pocos amigos y conocidos, y sólo ve lo que ocurre en su vecindad inmediata. No hay forma de escapar de esa prisión. Pero en cuanto toma en sus manos un libro entra en un mundo diferente y si el libro es bueno se ve inmediatamente con uno de los mejores conversadores del mundo. Este conversador lo conduce y lo transporta a un país diferente o una época diferente, o descarga en él algunos de sus pesares personales, o discute con él una forma especial o un aspecto de la vida de que el lector nada sabe”.

En no pocos casos, leer es conversar con los muertos, aprender de ellos, revivirlos y tomar de su vida algo para enriquecer la propia. Esto es la cultura, esto es la educación, esto es la lectura. Recordemos a Francisco de Quevedo, el rey de los poetas españoles, diciendo lo siguiente en uno de sus mejores poemas: “Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos”.

Ésta es una de las mejores definiciones que se han hecho de la lectura clásica, de la lectura de las grandes obras y los altos genios que, ya muertos, aún alientan al diálogo y nos animan a vivir una existencia más rica, más honda, menos inmediatista, menos trivial, para conferirle a nuestro paso por la tierra un sentido más pleno. Esto es la cultura. Esto es la educación. Esto es la lectura. Lo es también Sor Juana Inés de la Cruz diciéndonos: “Óyeme con los ojos/ ya que están tan distantes los oídos”.

No hay educación sin lectura, y ambas (educación y lectura), cuando son auténticas, están más allá de las aulas y muchísimo más allá de los planes y programas de estudio. Leer para gozar y saber es muy diferente a simplemente decodificar un texto y memorizar datos para presentar y aprobar un examen. Por ello la escuela, junto con la familia, tiene también la alta misión de ayudar a la formación de lectores autónomos. La escuela no debe conformarse con alumnos, y ni siquiera con “alumnos aplicados”, sino ayudar a que surjan estudiantes, auténticos estudiantes, que de una manera natural serán sin duda lectores. Es necesario formar lectores para estudiar mejor, y no vanagloriarnos con los “alumnos aplicados” que responden perfectamente en los exámenes lo que simplemente han memorizado pero no han examinado y quizá ni siquiera entendido.
No es demasiado pedirles ni a la escuela ni a los maestros, pero parece ser demasiado pedirle a un sistema educativo que en los últimos años se ha empeñado en acusar a los maestros y a los padres de familia de no saber hacer su tarea, cuando son justamente los que están al frente de la administración de este sistema educativo los que en gran medida han dejado de hacer la suya.

Escuela del pensamiento
Leer no es simplemente decodificar un texto para aprender una instrucción. Leer es un ejercicio que involucra emoción y entendimiento, sensibilidad e inteligencia, y es necesario que la lectura deje de ser, en las escuelas especialmente, un ordinario requisito para responder exámenes. Es importante, por el bien de la educación, que la escuela de la memorización se convierta en una escuela del pensamiento, y esto sólo será posible si apoyamos el surgimiento y el desarrollo de lectores autónomos, de estudiantes y no únicamente de alumnos, de estudiantes que lean, además de los libros de texto, otros libros y otros materiales con los que, seguramente, tendrán la oportunidad de comparar y distinguir lo que hay en unos y otros.

El destacado filósofo estadounidense contemporáneo Harry G. Frankfurt escribió lo siguiente en el prólogo de su libro La importancia de lo que nos preocupa (2006): “Cada uno de nosotros es, en forma indiscutible, una criatura de la historia. Sin el pasado, no seríamos nada; y sólo cuando una persona reconoce que ella misma es, en su totalidad, el producto de contingencias históricas —biológicas, sociales y personales—, puede identificar y comprender su propia naturaleza. Sin embargo, la empresa más auténticamente filosófica no es averiguar qué nos produjo, sino tratar de identificar y comprender en qué nos hemos convertido”.
Lo grave del sistema educativo, como hoy lo entendemos (agravado incluso más que beneficiado con el mal uso y el abuso de las tecnologías de información), es que es una fábrica de frustraciones. La desilusión lleva al cinismo y al conformismo, cuando no a la violencia.

Gran parte de las nuevas generaciones saben de esto y sus preguntas son reveladoras de la falta de horizontes, e incluso de una educación carente de horizontes: ¿para qué protestar si nadie escucha?, ¿para qué votar si no cambia nada?, ¿para qué estudiar una carrera si no se encuentra trabajo digno?, ¿para qué leer libros si la lectura no hace la diferencia para un mejor estatus?
Quienes optan por aceptar las inescrupulosas reglas del juego es porque deciden integrarse, desde temprano, a las formas torcidas de la “meritocracia” y la autoridad, ese ámbito en donde lo que menos importa es lo que realmente se piensa o se siente; de ahí que sea preferible el consolador cinismo de no pensar en nada y decir por toda explicación: “Estas son las reglas y yo no las he inventado”.
Tal es la sociedad que hemos construido y acerca de la cual Bertrand Russell se horrorizó desde hace casi un siglo. El siguiente diagnóstico del autor de La conquista de la felicidad parece escrito para la realidad actual y no para la sociedad de 1930: “El cinismo que tan frecuentemente observamos en los jóvenes occidentales con estudios superiores es el resultado de la comodidad con la impotencia. La impotencia le hace a uno sentir que no vale la pena hacer nada, y la comodidad hace soportable el dolor que causa esa sensación”.

Fuente:http://campusmilenio.mx/index.php/template/opinion/fabulaciones/item/4168-una-educacion-sin-libros

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