El Papa ante la catástrofe ambiental

Por:José Sarukhán

Con visión de estadista y una compulsión por llamar a las cosas por su nombre rara vez vista entre los líderes del mundo en estos días, el Papa Francisco, primer jerarca religioso en abordar el tema, ha dado con su martillo contundente en un clavo crucial para la humanidad: los problemas ambientales globales que se relacionan tanto con la pérdida de los ecosistemas como con el cambio climático.

La encíclica Laudato si’ (Alabado seas) del Papa describe la destructora explotación del ambiente —del que depende totalmente la humanidad entera, presente y futura— que el desarrollo económico ha llevado a cabo. Francisco puntualiza las causas: la inmisericorde ambición capitalista de beneficios económicos y una ilusoria fe en que la tecnología resolverá todos los problemas, acompañadas ambas por la connivencia de políticos capturados por los intereses del corporativismo global. No se trata de una compilación de reflexiones filosóficas o abstractas sobre el tema. Laudato si’ es un verdadero manual detallado de las causas del problema ambiental global y sus posibles soluciones, que no se habría logrado sin la asistencia de la comunidad científica y humanística de la Academia Pontificia de las Ciencias. Constituye un llamado a la acción que no solamente define la enfermedad y sus causas, sino que provee, como decimos, “el remedio y el trapito”.

Cuando se publicó la encíclica, el cardenal Turkson hizo énfasis en el hecho de que desde hacía tiempo el Papa Francisco reconocía el papel que la humanidad ha jugado en el problema del cambio climático, pero dado que existía un intenso debate sobre el tema, no había querido intervenir. Nunca me quedó claro ese argumento del cardenal, pero espero que no tuviera la implicación de que cabían dudas sobre el hecho del cambio climático o incluso de que la humanidad es la mayor responsable del problema. Cuestionar la realidad del cambio ambiental global y del papel central del desarrollo humano habría minado la credibilidad y la fuerza del documento.

El consenso científico acerca de lo que está ocurriendo como resultado del uso de combustibles fósiles a partir de la Revolución industrial, y de la pérdida de los ecosistemas, es en verdad abrumador. Menos de 0.2% de cerca de 14 mil artículos publicados durante más de 20 años (de 1991 a 2012) en revistas científicas arbitradas no está de acuerdo con ese consenso (ver la Gráfica 1).

Destaco a continuación algunos de los puntos que sobresalen en la encíclica.

En cuanto a medidas concretas de acción:

1. Desfasar el uso de carbón, incluso mientras las tecnologías renovables para generar electricidad se desarrollan, y así “escoger el menor de dos males”.

2.  El “comercio de carbón” (los créditos de carbón) puede “generar una nueva forma de especulación” que no ayudaría a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Puede ser una salida fácil para enmascarar un uso prácticamente idéntico de energías sucias, e impediría el cambio radical que las circunstancias requieren.

3. Apoya la idea de cooperativas de producción energética por medios renovables y con características locales para atender problemas locales en procesos de autosuficiencia local que resuelvan “la incapacidad del orden mundial para asumir sus responsabilidades”, ya que los grupos regionales y los individuos hacen toda la diferencia.

En cuestiones de comportamiento individual o social:

1. Remarca la “débil respuesta política internacional” por el “fracaso de las cumbres globales sobre el medio ambiente”. Tal fracaso deja en claro que, por un lado, la política en este campo está sujeta a los intereses especiales y económicos que doblegan el interés y el bien común y, por el otro, existe manipulación de la información en los medios.

2. Aunque se podría interpretar como una consecuencia natural de la política que la Iglesia ha mantenido sobre el control de la natalidad —política con la que no estoy de acuerdo—, Francisco considera que el sobreconsumo es un problema mayor que el poblacional. De cualquier manera está en lo correcto: a nivel mundial, la tasa de consumo per cápita de recursos y energía es muy superior a la tasa de crecimiento de la población.

3. En la era de la conectividad, debida a los avances de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), hay una desconexión enorme entre la humanidad y la naturaleza y entre las mismos seres humanos.

4. Nuestra herencia para las siguientes generaciones será una de desolación.

5. Las tasas de consumo han crecido exponencialmente y lo seguirán haciendo a ritmos aun mayores en el futuro. La destrucción de los sistemas ecológicos y del bien común de la atmósfera, causada por nuestro estilo de vida promedio no sustentable, “ha rebasado la capacidad de nuestro planeta, lo cual puede solamente generar catástrofes como las que recurrentemente suceden en varias partes del mundo. La única manera de reducir el efecto del desbalance actual es con acciones inmediatas” (ver la Gráfica 2).

Francisco expresó claramente que esperaba que la encíclica tuviera influencia en las políticas económicas y de energía, e iniciara un movimiento global que presione a los políticos a realizar un cambio serio al respecto. Pero también, que los obispos y sacerdotes alrededor del mundo encabecen discusiones sobre este documento en sus servicios dominicales. No sé qué tanto la jerarquía eclesiástica —a pesar de que la encíclica representa la posición oficial de la Iglesia— responderá al llamado del Papa, pero esperaría que al menos la feligresía católica tomara una posición claramente activa al respecto; esto sería suficiente para iniciar un cambio de dimensiones globales inéditas.

Muchos científicos, entre los que me incluyo, tenemos la esperanza de que el debate iniciado por Francisco introducirá una “dimensión moral” a la discusión sobre el cambio global ambiental, ya que la dimensión científica está claramente establecida. Por ejemplo, el director del prestigioso Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, Hans Joachim Schellnhuber, ha señalado que si bien existe entre los científicos una especie de código de honor de no mezclar los aspectos de ciencia pura con temas morales, esto tendría que cambiar porque “la ciencia y sus aplicaciones tienen consecuencias morales” y “estamos en una situación en la que debemos pensar sobre las consecuencias de nuestro conocimiento en la sociedad”. La encíclica Laudato si’ no es una expresión o manifestación “verde” sino —en palabras del Papa— “un documento de enseñanza social”.

Francisco ha afirmado que, aunque “los críticos mencionan que la Iglesia no puede dar lecciones sobre políticas públicas”, el hecho es que “estos temas están en la médula de las enseñanzas de la Iglesia”. Desde luego, las críticas a este enfoque moral del problema no se han hecho esperar en los grupos más conservadores y reaccionarios de la derecha en varios países, especialmente en Estados Unidos, pero también en grupos católicos conservadores, que han interpretado la encíclica como un ataque al capitalismo y como una actitud no bienvenida en estos momentos en que el tema del cambio climático y ambiental global está tan arriba en la agenda internacional. Yo esperaría, ciertamente, que la encíclica tenga un impacto claro en las venideras discusiones de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21/CMP11) en París, hacia fines de 2015.

Algo que a mí en lo personal me resultó impactante viniendo del Papa Francisco es que en su encíclica desacredita la interpretación bíblica del Génesis que hacen muchos cristianos conservadores —y que ha sido adoptada y ejercida desde hace siglos— sobre el supuesto dominio de la humanidad sobre la Tierra y, en consecuencia, el derecho irrestricto al uso de sus recursos.

Hasta aquí encuentro una coincidencia total entre el contenido de la extraordinaria encíclica del Papa Francisco y la información científica sobre el cambio ambiental global, la gravedad del problema, la relación entre el tipo de desarrollo humano que tenemos y el daño a la atmósfera y los ecosistemas, y el lugar del cambio climático en el contexto socioeconómico mundial. Se trata de un documento con sólidas bases científicas que, al mismo tiempo, está inmerso en un profundo humanismo y posee un gran sentido social, pues señala que los desposeídos (es decir, 70% de la humanidad) son quienes reciben todo el impacto de los problemas ambientales del mundo; que el sistema financiero mundial influye sobre la política y la distorsiona; que el crecimiento de los mercados no resolverá el hambre ni la pobreza, y que las opciones tecnológicas no representan soluciones reales a esta coyuntura.

Sin embargo, me parece que la humanidad no podrá encarar estos problemas con base en un profundo cambio de comportamiento mientras sigamos pensando que nuestra existencia en este planeta es resultado de una acción sobrenatural. Los humanos no somos producto de un acto de creación divina; nuestra presencia en la Tierra se debe al proceso de evolución orgánica del cual ha surgido toda la vida que nos rodea. Somos una especie más, relacionada con el resto de las especies debidas a la evolución (ver la Gráfica 3), y mientras no nos consideremos como tales —como una especie biológica y no como miembros de una raza, una religión o una nación— y asumamos un compromiso con nuestros congéneres actuales y futuros, será muy difícil alcanzar un verdadero sentido de responsabilidad por el planeta. Hasta ahora ninguna religión o escuela o universidad nos ha educado en el contexto de esa responsabilidad. La encíclica Laudato si’ es el primer paso en la historia de la humanidad hacia esta nueva forma de vida. Toca a nosotros decidir los siguientes pasos.

Es posible que la única concepción ética que reúne una relación de respeto y cuidado del entorno ambiental —de manera que lo conservemos y lo utilicemos sustentablemente— con una responsabilidad ética hacia todos los miembros de nuestra especie, coetáneos y futuros, sea la siguiente:

1. Empezar a comportarnos como miembros de una especie biológica (Homo sapiens), porque somos producto del mismo proceso evolutivo que las demás especies, el cual ha ocurrido y continúa desarrollándose en un contexto de ecosistemas, y aunque la evolución cultural ya no depende estrictamente de ese contexto, seguimos dependiendo totalmente de él para nuestra supervivencia y desarrollo.

2. Como ya mencioné, compartimos genes con todas las especies con las que cohabitamos y nuestra evolución cultural nos ha dado la capacidad de alterar profundamente el contexto ambiental del proceso evolutivo. Por si esto fuera poco, estamos  muy cerca de alterar también —por nuestros avances tecnológicos— el proceso mismo de la evolución. Esto implica dar a la conservación del proceso evolutivo el mayor valor moral posible, puesto que es el proceso por el cual la diversidad biológica existe; es el componente biológico de los ecosistemas de los que dependemos para nuestra subsistencia.

3. Finalmente, estamos en este planeta como producto de ese proceso. No he visto, hasta ahora, una propuesta de ética ambiental sustentada en la preservación del proceso evolutivo por medio de la selección natural como el mandato moral básico de una ética ambiental o ecológica.

Lo anterior nos impone lo que creo que constituye el reto más importante que la humanidad ha enfrentado en su presencia en la Tierra —breve en relación con el tiempo de existencia de la vida—: la necesidad de establecer las bases filosóficas de dicha concepción ética y lograr traducirlas a un discurso social que sea convincente y aceptable para la mayoría de la gente, pero que además pueda tener efectos concretos en el desarrollo de políticas públicas. La ética debe ser mucho más que el simple entendimiento y discusión de teorías acerca de lo que es una “buena vida”: debe ser, primariamente, un esfuerzo por modificar las actitudes personales para ser mejores individuos, para propiciar un mundo futuro mejor.

En nuestro proceso de evolución cultural, a lo largo de decenas de milenios, han surgido numerosos retos que la mayoría de las veces fueron afrontados con éxito por nuestros antepasados. Sin embargo, el presente reto es excepcionalmente delicado e importante porque la velocidad del deterioro de la matriz ambiental de la que dependemos, así como el crecimiento de la desigualdad social y económica, son inéditos. Debemos estar conscientes de ello. Para enfrentar este desafío contamos con solo unas cuantas décadas.

Termino citando lo que Paul Ehrlich —uno de los biólogos evolucionistas más connotados de nuestro tiempo y líder mundial en el análisis de la condición humana en relación con su ambiente— define como el dilema central de la humanidad: “[…] cómo transformar actitudes sociales que anhelan alcanzar ‘el mejor estándar de confort’ —con sus consecuentes inequidades— en anhelos para lograr estándares de vida dignos basados no en la acumulación de bienes materiales, sino en el alcance de logros personales y espirituales, en una atmósfera de mayor equidad social.1   

1 Paul R. Ehrlich, Anne H. Ehrlich y Gretchen C. Daily, The Stork and the Plow: The Equity Answer to the Human Dilemma, Putnam’s, New York, 1995.

__________

José Sarukhán es doctor honoris causa por las universidades de Lima, Gales, Nueva York y Chapingo. De 1989 a 1997 fue rector de la UNAM. Es miembro de la National Academy of Sciences de Estados Unidos y de la Royal Society. Actualmente es coordinador nacional de la Conabio.

Fuente:http://www.estepais.com/articulo.php?id=363&t=el-papa-ante-la-catastrofe-ambiental

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