Salario mínimo y discriminación en el mercado laboral

Por:Ana Laura Martínez

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La discriminación racial limita las oportunidades de crecimiento económico y la calidad de las democracias. El racismo genera caos, incertidumbre y costos económicos tanto para discriminados como discriminadores. Un costo específico y bastante bien estudiado en la ciencia económica[1] es su efecto en los mercados laborales, en donde la discriminación merma tanto la productividad como los principios meritocráticos, sustento de todo mercado competitivo.

En fechas recientes se ha desarrollado un acalorado debate entre economistas, politólogos y políticos en torno al nivel del salario mínimo en nuestro país. En este mismo espacio[2] mi colega Manuel Molano escribió sobre las desventajas de centrar el debate del mercado laboral en el salario mínimo. Su argumento principal: que el tamaño de mercado laboral informal y la dependencia de las empresas familiares son un problema mayor y más urgente de resolver que el de subir el salario mínimo que solo impacta a los mercados formales. Enfrascarse únicamente en ese aspecto de la discusión, escribía Manuel, nos condena a beneficiar tan solo alrededor de 644.4 miles de trabajadores formales (poco más de 1 % de la PEA).

Alternativamente, para los proponentes de mejoras al salario mínimo, la importancia del aumento radica en cuestiones de justicia, en el cumplimiento de los preceptos constitucionales y como señal para mejorar los ingresos laborales en nuestro país. En esta línea, en su artículo del 20 de diciembre de 2016[3], José Merino argumenta que el salario mínimo es en esencia una decisión política y no meramente económica.

Complementario a estas dos visiones, quisiera aprovechar estas líneas para abonar al debate desde una nueva óptica: la discriminación en el mercado laboral. En nuestro país, son los individuos de origen indígena y/o color de piel más obscuro aquellos que reportan menores ingresos laborales y mayor probabilidad de pertenecer a trabajos peor remunerados[4].

Si bien el fenómeno es altamente complejo dada la endogeneidad entre color de piel, nivel educativo, clase social y estatus laboral, existe una relación inequívoca entre dichas variables. De hecho, la probabilidad de tener estudios universitarios es 68 % mayor para individuos de piel blanca, mientras que los individuos con tez morena tienen 25.2 % menor probabilidad de ser profesionistas[5]. Asimismo, un experimento realizado por investigadores del CIDE y el Colmex[6] encuentra que las personas con tez obscura y/o rangos indígenas deben enviar su currículo (cuando éste incluye fotografía) 18 % más veces que aquellos de tez clara para recibir el mismo número de llamadas.

En los países donde la ley del salario mínimo se aplicó por primera vez, esta buscaba proteger grupos vulnerables de la sociedad: migrantes, mujeres, niños. Dados los resultados anteriores valdría la pena abordar el tema del salario mínimo desde la óptica de la necesidad de diseñar políticas públicas encaminadas a disminuir la estratificación del mercado laboral mexicano bajo la lógica de raza y clase social.

Los bajos niveles de ingreso y la baja productividad de nuestra fuerza laboral son producto de la combinación de altos niveles de informalidad, bajos niveles educativos, y falta de capacitación, todo esto adicional al proceso discriminatorio antes evidenciado. Por lo que valdría la pena frasear la política de salario mínimo como una de protección a los grupos más vulnerables, pero no parar ahí. Es necesario ir mucho más allá y generar políticas que permitan una mayor formalización y capacitación de la fuerza laboral con el fin último de volverla más competitiva.

Es solo con un mercado laboral meritocrático que lograremos tener un sistema de remuneración justo que distribuya el ingreso de forma más eficiente, fortaleciendo el mercado interno para que cumpla su función de motor del crecimiento económico del país. La reprobación de los actos racistas en nuestro vecino del norte debe de venir acompañada de una inspección de nuestras propias prácticas discriminatorias.

“… la discriminación con base a la raza y el color de piel es el elefante en el cuarto de la sociedad mexicana – el incómodo, ancestral animal que nadie quiere reconocer pero que condiciona todas las interacciones sociales”[7].

[1] Iniciando con la tesis doctoral de Gary Becker publicada por primera vez en 1957.

[2] Ver acá.

[3] Ver acá.

[4] Villarreal, Andrés. 2010. “Stratification by Skin Color in Mexico.” American Sociological Review 75 (5): 652–78.

[5] Idem.

[6] Arceo-Gomez, Eva, and R. Campos-Vazquez. 2014. “Race and Marriage in the Labor Market: A Discrimination Correspondence Study in a Developing Country.” American Economic Review: Papers & Proceedings 104 (5): 376–80.

[7] Altamirano, Melina y Guillermo Trejo. 2016. “The Mexican Color Hierarchy: How Race and Skin Tone Still Define Life Chances 200 Years after Independence” American Political Science Association.

Publicado por Animal Político

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