Donald Trump y los desafíos latinoamericanos

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Como es probable que haya cambios drásticos en las políticas de Estados Unidos con respecto a Rusia, China y el Medio Oriente, no es sorprendente que, en la especulación incesante acerca de lo que hará Donald Trump después del 20 de enero, América Latina apenas haya llamado la atención.

Aunque está felizmente libre de guerras sectarias, de amenazas terroristas y nucleares, América Latina enfrenta desafíos que afectan los intereses nacionales de Estados Unidos, así como oportunidades de participación productiva en un mundo volátil. También es una región donde las políticas exteriores y nacionales están más entrelazadas que nunca. La adopción de políticas erradas por el gobierno de Trump podría tener un gran costo para los vecinos más cercanos a Estados Unidos y también para el país mismo.

Trump haría bien en tratar con cuidado a una región que, por buenos motivos, es especialmente sensible al intervencionismo estadounidense. La agenda es amplia y tiene un énfasis en asuntos económicos y de seguridad en algunos casos. Más que nunca, las políticas estadounidenses deberían estar diseñadas específicamente para cada país, pues la mayoría de ellos son socios naturales de Washington. Dar marcha atrás de manera drástica o entrar en conflictos —puesto que Trump es propenso a provocarlos— socavaría la buena voluntad establecida en años recientes y no beneficiaría ni a América Latina ni a Estados Unidos.

A lo largo de la campaña, Trump puso a México —quizá la relación bilateral de Washington más importante del mundo— como ejemplo de dos asuntos centrales que impulsaron su candidatura: la inmigración y el comercio. Las declaraciones ofensivas y propuestas extremas del presidente electo —desde construir “el muro” en la frontera hasta deportar a millones de migrantes indocumentados— ya han dañado la imagen de Estados Unidos. Ignoran el papel crucial que los inmigrantes desempeñan al generar empleos y estimular el crecimiento en Estados Unidos. Sin embargo, según las declaraciones de Trump y su equipo de transición, parece más probable que se tomen medidas menos radicales, con una dosis de simbolismo y teatro. Aun así, estas podrían afectar negativamente las economías de ambos países, las políticas de México y las relaciones de Estados Unidos con América Latina.

Un cambio significativo en las políticas comerciales estadounidenses podría abrir el camino para una mayor participación de China en América Latina.

Además, después de haber calificado en repetidas ocasiones al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), entre Estados Unidos, México y Canadá, como “el peor acuerdo comercial en la historia”, será difícil que Trump siga con las actuales políticas de comercio. No está claro cuán lejos está dispuesto a llegar en ese asunto. La anulación unilateral del TLCAN tendría repercusiones adversas para la economía mexicana, los empleos estadounidenses y los precios de los bienes de consumo. Aunque Trump se ha adjudicado las decisiones recientes de algunas empresas estadounidenses de cancelar planes de inversión en México, eso difícilmente equivale a una estrategia coherente. Esas decisiones han debilitado el peso y  aumentaron la incertidumbre.

La retórica de Trump ha preocupado a otros diez gobiernos latinoamericanos que tienen acuerdos comerciales con Estados Unidos y ha consternado a países como Argentina que buscan abrir sus economías después de años de proteccionismo. Un cambio significativo en las políticas comerciales estadounidenses podría abrir el camino para una mayor participación de China en América Latina.

Las decisiones de Trump en torno a la cooperación con Colombia y el Triángulo del Norte de América Central (Guatemala, El Salvador y Honduras) darán pistas acerca de las políticas de su gobierno respecto a dos desafíos críticos que enfrentan Estados Unidos y América Latina: la migración y el tráfico de drogas. Aunque el funcionario que Trump eligió para dirigir el Departamento de Seguridad Nacional, el general retirado John Kelly, respaldó iniciativas de ayuda para abordar problemas de subdesarrollo y fragilidad institucional, su aceptación de la “guerra contra las drogas” supondría una desviación del acercamiento más flexible del gobierno de Obama, que fue bien acogido por parte de muchos latinoamericanos.

En especial, Trump encontrará en Venezuela un desafío desconcertante. Ese país sufre una crisis implacable, sin parangón, en la historia latinoamericana reciente. En los últimos años, Estados Unidos ha respaldado iniciativas multilaterales para facilitar el diálogo en una sociedad terriblemente polarizada entre un gobierno autoritario y una oposición fracturada. Es poco probable que Trump mantenga esta política, pues se muestra reacio a participar multilateralmente o defender la democracia. Aun así, es difícil predecir si asumirá una postura más rígida o se hará a un lado para ver cómo se desata la tragedia.

Si Trump y los congresistas republicanos se empeñan en deshacer el principal legado de Obama en América Latina, eso significaría desbaratar las políticas que Estados Unidos estableció con Cuba hace dos años. Trump y sus asesores han hecho comentarios duros y en el nuevo equipo de transición hay algunos cubanoestadounidenses estrictos que se oponen al nuevo acercamiento. La perspectiva de regresar a las políticas fallidas que sostenía Estados Unidos, con las que castigaba y aislaba a Cuba, ha aumentado la ansiedad en la isla. Aunque es poco probable que el nuevo gobierno promueva la apertura que comenzó bajo el mandato de Obama, el amplio respaldo del que gozan las políticas en Estados Unidos —incluyendo negocios que apoyan a Trump— podría prevenir un retroceso total.

Las decisiones de Trump en otros frentes, en particular la política económica estadounidense, también serán de gran importancia para la región. Aunque la mayoría de los países latinoamericanos desean hacer más negocios con Estados Unidos, un dólar más fuerte y elevadas tasas de interés podrían provocar graves problemas en varias economías.

Cuando Trump y su equipo evalúen a América Latina —pero sobre todo a México— la agenda económica debe ser primordial. Mantener grandes compromisos con América Central y Colombia es crucial. Deben aprovecharse las oportunidades de lazos más fuertes con varios gobiernos sudamericanos que se inclinan hacia el pragmatismo. El gobierno de Trump también debería trabajar concertadamente con otros países de la región para aumentar la presión diplomática sobre el gobierno venezolano. No obstante, las políticas excesivamente agresivas serían la receta perfecta para lograr más resentimiento y conflictos.

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