La desilusión de la desigualdad

La desigualdad económica se refleja en México hasta en los derechos más básicos, como a la protección de la vida o a comer todos los días. Si eres pobre, tendrás mínimos derechos.

Pobreza. (Foto: Fernando Luna Arce.)

Por Ricardo Fuentes Nieva

Los mexicanos están enojados. Esto lo reco­noce hasta el presidente de la República, aunque se podría argu­mentar que no es una situación exclu­siva del país. Por ejemplo, de acuerdo con la encuesta de Latinobarómetro, la democracia pierde su legitimad como sistema político en Latinoamé­rica. Y, alrededor del mundo, los políticos populistas y na­cionalistas ganan seguidores y obtienen el poder.

Pero, ¿qué tiene que ver la desigualdad con todo esto? Mucho. “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”, escribió George Orwell en Rebelión en la granja. Los recientes acontecimientos po­líticos obligan a releer al gran ensayista británico que, como nosotros, también vivió en una época de gran desigualdad económica y dedicó su vida a la lucha contra el totalitarismo.

La enorme y creciente desigualdad económica comienza a tener conse­cuencias muy concretas alrededor del mundo. Grupos marginados del sistema económico global perciben (justa o injustamente) que su posición en la escala cae, hecho que los convier­te en ávidos receptores de mensajes que apuntan a soluciones simplifica­das: mientras unos se benefician del comercio internacional y las oportu­nidades tecnológicas, la vida de otros, básicamente, decae.

Ante el escenario de estancamiento económico, el empeoramiento en la salud y una triste visión del futuro, los votantes encuentran culpables en los migrantes y grupos diferentes. Es una salida fácil y falsa, pero no incomprensible. Sin embargo, un sistema que no escucha a todos, sino a una élite, se pone en riesgo a sí mismo, como en las prácticas democráticas actuales, donde la desigualdad de la sociedad abre paso al totalitarismo.

Uno puede tener o una democracia o una gran con­centración de la riqueza, no ambas, dijo el juez estadou­nidense Louis Brandeis. En México, un país donde, en 2015, el 1% de la población concentraba el 43.3% de la riqueza, los derechos de unos pocos valen más que los derechos del resto.

En nuestro país, la desigualdad se refleja hasta en los derechos más básicos, como a la protección de la vida o a comer todos los días. Si eres pobre, tendrás mínimos derechos.

La gente en México está enojada, en parte, porque se da cuenta que hay una élite política y económica privile­giada, no por su talento o educación, sino porque abusa del poder público y sus conexiones para obtener benefi­cios personales, mientras el resto de la población vive en zozobra económica, con salarios de miseria y sin servicios públicos decentes.

Esta élite político-económica es más igual que el resto, y la pobreza de 55.3 millones de personas es un resultado del privilegio de unos cuan­tos y de las decisiones políticas que ellos mismos han manipulado.

Algo fundamental para poder cambiar la situación es entender qué sucede. La controvertida decisión del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) de modificar la me­todología para medir el ingreso, hecha pública en julio de este año, puso en duda la capacidad de contar con una cifra de pobreza oficial confiable.

Los cálculos de pobreza que lleva a cabo el Consejo Nacional de Eva­luación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) con la información que proporciona el Inegi, corren el riesgo de perder sus comparativos en el tiempo, de tal forma que podría­mos carecer de información que nos permita saber qué pasó con la pobreza y la desigualdad durante la segunda mitad del presente sexenio.

No es un problema menor. Algunos dirán que es preferible tener una mejora en la metodología, aunque implique perder la compatibilidad histórica, pero esta dicotomía es falsa. La opción más obvia es tener dos metodologías simultáneas que permitan tanto la comparabilidad, como la mejora en la captura de los datos de ingresos y la relación entre ellas. El INEGI aceptó, junto con el Coneval, abrir la discusión de cómo medir los ingresos a un grupo de expertos externos. Es un primer paso. Las consecuencias de la medición de la pobreza nos afectan a todos.

Sin saber hacia dónde nos move­mos, ¿cómo saber por qué derechos tenemos que pelear?

Fuente:http://www.forbes.com.mx/la-desilusion-de-la-desigualdad/#gs.WhxkxGE

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