Algunos de los grandes problemas nacionales desde la perspectiva de Víctor L. Urquidi

Por: Francisco Suárez Dávila

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Parece útil examinar la difícil coyuntura actual de nuestro país y los retos que se presentan en algunos problemas nacionales desde la perspectiva de las ideas de Víctor L. Urquidi. Gran innovador intelectual, fue el primero en llamar la atención sobre algunos nuevos temas y problemas que se convirtieron en centrales para el mundo, América Latina y México; siempre propuso soluciones y desarrolló acciones. Su vida demuestra la importancia de las ideas para influir en la toma de decisiones y en la creación de instituciones. fsd

 

 

Para escribir el presente ensayo he seleccionado temas abordados por Victor L. Urquidi que siguen siendo vigentes; en algunos, lamentablemente, no ha habido prácticamente avances desde que inició sus cruzadas intelectuales. En cada caso voy a permitirme contrastar sus planteamientos con la situación actual y mis propias perspectivas. Casi es un buen pretexto para tocar en forma crítica estos grandes problemas.

Los temas que he seleccionado son: (1) la vinculación de la demografía con el desarrollo económico; (2) el papel también fundamental de la educación superior, la ciencia y la tecnología; (3) el medio ambiente y la búsqueda del desarrollo sustentable; (4) la eterna reforma fiscal; (5) la cooperación económica internacional y el desarrollo: recuperación del crecimiento, recesión o estancamiento secular; (6) América Latina, integración o desintegración, y (7) la visión de conjunto.

En esta incursión me fue muy útil el valioso análisis de la biografía intelectual de Urquidi, de Hodara y las obras escogidas editadas por El Colegio de México (Colmex).

  1. La vinculación de la demografía y el desarrollo económico

Ésta fue una de las mayores aportaciones de Urquidi a las ideas y, sobre todo, a las soluciones. Desde los años sesenta, él aportó una visión maltusiana clásica insistiendo en que la demografía era factor fundamental del desarrollo. En el caso de México, si bien el crecimiento alcanzaba ritmos de 6% anual, el demográfico era de 3.5%, asfixiando parte de este crecimiento. El Colmex evidenció institucionalmente y de forma correcta esa vinculación al crear con gran visión el Centro de Estudios Económicos y Demográficos. Formó a los mejores demógrafos, como Cabrera y Benítez. Echeverría todavía decía “gobernar es poblar”, como si fuéramos Argentina o Canadá.

Urquidi contribuyó a cambiar todo esto con su vigorosa campaña intelectual, que incluía convencer al propio presidente Echeverría utilizando valiosos estudios demográficos del Colmex. Se promulgó una Ley General de Población y se creó el Consejo Nacional de Población, cuyo primer director fue Cabrera. La tasa demográfica se redujo de 3.4 a 1%. Es el único tema en que ha habido avances. Ahora el problema se presenta de forma diferente. En México tenemos todavía un bono demográfico de la parte de la población que es joven y debe entrar a la fuerza de trabajo productiva. No perdurará esta ventanilla por mucho tiempo y puede convertirse en una “bomba de tiempo”, ¡con los ocho millones de “ninis”!

Los fuertes flujos migratorios de México a Estados Unidos, que alcanzaron medio millón anual, comienzan a revertirse. El ignominioso muro de Trump serviría no para frenar la migración desde fuera, sino para retenerla cautiva desde dentro. Ahora el riesgo es el fenómeno de envejecimiento de la población, que implica altos costos y presiones para el sistema de salud, derivados de una mayor proporción de enfermedades crónico-degenerativas. Los sistemas de pensiones en muchas instituciones educativas federales y estatales son insuficientes y producen serios desequilibrios financieros. Hay más de 100 fondos de pensiones que representan, con los grandes, una carga financiera de más del 100% del pib. De los estados sólo cinco o seis están financiados. El régimen de pensiones es todavía más insostenible con un bajo crecimiento del pib y del empleo, y con el envejecimiento de la población.

A nivel mundial tenemos como reto central de este siglo el problema migratorio proveniente del Medio Oriente, de magnitudes tan graves que socava las bases mismas de la Unión Europea. En nuestra región, este problema se manifiesta en los flujos provenientes de Centroamérica, particularmente del Triángulo Norte que, por razones similares de violencia y pobreza, presentan serios riesgos a nuestra seguridad nacional. Es un tema que requiere una amplia cooperación regional y que no hemos enfrentado, sino paliado.

  1. Educación superior, ciencia y tecnología: base del desarrollo

El siguiente paso lógico para enfrentar las consecuencias del crecimiento demográfico es el tema de la educación, incluyendo la superior y la formación científica como sustento del desarrollo. En un estudio pionero elaborado por Adrián Lajous, estudiante del Colmex en 1967, se analizó el serio problema del rezago educativo debido en parte a los bajos niveles de escolaridad (3.5 años). Ahora éstos siguen siendo insuficientes, con menos de nueve años. En 1960 había solamente 80 mil estudiantes universitarios (hora son 3 millones, es decir, uno de cada tres jóvenes de entre 19 y 23 años, la mitad del promedio de los países de la ocde). También había un muy bajo gasto en ciencia y tecnología, menos del 0.5%, cuando debía ser de mínimo 1%, además de una baja inversión en este campo por parte de las empresas y una ausencia de estímulos fiscales.

En respuesta a estos planteamientos se creó el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en 1970, el Consejo Consultivo de Ciencias —del cual Urquidi formó parte— y el Sistema Nacional de Investigadores, así como los Programas Nacionales de Desarrollo Científico y Tecnológico. Como en otros temas nuevos, había una corriente internacional, y Urquidi participó en diversas conferencias, como la de la onu (Viena, 1980).

El problema de formación de capital humano se mantiene casi en los mismos términos de entonces como un serio obstáculo para nuestra productividad y competitividad. Los estudios pisa de la ocde muestran una paupérrima calidad de la educación básica en México para desarrollar capacidades elementales de comprensión de la lectura, escritura, matemáticas y, peor aún, de las ciencias. Estamos alrededor del lugar 50, junto con otros países latinoamericanos como Brasil. Se gasta un alto nivel del pib en educación (cerca del 6%), pero se gasta mal, sobre todo en administración burocrática y sindical. No hay una adecuada formación de profesores, por lo que se ha lanzado una reforma educativa, todavía con muchos traspiés. Sí hay, ya lo decía Urquidi, centros de excelencia como el Colmex, pero pocos entre los 100 mejores. Existe un desequilibrio entre los recursos concentrados en el bachillerato frente a los colegios técnicos, y no se ha establecido una cadena adecuada con respecto a las necesidades de las empresas.

Conacyt sufre las mismas deficiencias que Urquidi señaló con singular franqueza: falta de jerarquización de prioridades, una inadecuada coordinación entre instituciones y defectos en el sistema de investigadores, generando una nueva burocracia privilegiada que, salvo honrosas excepciones, no produce resultados, por ejemplo, en números de nuevas patentes. Mantenemos el retraso no sólo frente a países avanzados, sino también ante países emergentes como Corea, China o Brasil. El nivel de inversión en ciencia y tecnología sigue siendo el mismo que en la época en que escribió Urquidi, es decir, de menos del 0.5%. Se van a presentar ((¿no se han presentado ya?)) enmiendas a la Ley de Ciencia y Tecnología para inducir asociaciones, alianzas tecnológicas y unidades de transferencia de tecnología.

III. El medio ambiente y la concepción del desarrollo sustentable

Urquidi fue de los primeros en introducir a México, en la década de los setenta, el tema del medio ambiente. Escribió: “no puede concebirse el desarrollo sin atención al mejoramiento y protección del medio ambiente”. Se alertaba que el descuido de gobiernos y sociedades amenazaban al mundo con consecuencias catastróficas. Así surgió el concepto de desarrollo sustentable, cuya correcta traducción al español fue autoría suya. Asimismo, Urquidi introdujo en México los estudios del Club de Roma; tradujo (con Marisol Loaeza) e hizo el prólogo de la obra clásica Los límites del crecimiento (1972), de Donella H. Meadows, y participó en la explosión mundial de trabajos sobre el tema: en 1972, la Cumbre de la Tierra de Estocolmo; el Informe Brundtland (1987); la Conferencia de la ONU en Río de Janeiro (1992) y la Cumbre de Johannesburgo (2002). Siempre hubo un eslabón intelectual entre la Sección Mexicana del Club de Roma, que acaba de cumplir 25 años, y el Centro Tepoztlán. El primer estudio de dicha sección se refirió a un tema muy actual: “México en la globalización”.

Algo se ha avanzado en términos institucionales: se creó la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) con una ley de la materia, y el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC). En el Colmex se creó un seminario permanente de desarrollo sustentable, que Urquidi presidió. También se hizo algo en zonas protegidas y en cuanto a la contaminación del valle de México.

Como siempre, existe una brecha entre las leyes y su aplicación. No hay, como decía Urquidi, ni un enfoque global coordinado de las políticas ni una conciencia ambiental generalizada. Las violaciones son frecuentes, como se ha visto en desarrollos depredadores en la costa de Cancún, a cargo de hoteles e incluso de instituciones públicas. Hay serios problemas con deforestaciones, recolección de basura, desechos sólidos, mala gestión del uso del agua, emisiones de gases, amenazas a nuestra gran biodiversidad y falta de educación. En la Ciudad de México estamos sufriendo las fallas en la política de contaminación. Hay elevados subsidios al consumo de energía.

México ha mantenido una cierta posición de liderazgo internacional, como antes en la reunión de Cancún, la COP16. En la reciente COP21 de París se obtuvieron mejores resultados que en la fallida reunión de Kioto, gracias a acuerdos importantes entre las dos economías líderes, China y Estados Unidos. Se llegó a un acuerdo marco sobre el cambio climático, a objetivos sobre emisiones de gases y se están desarrollando nuevos mecanismos para emisiones de bonos, precios, impuestos, “cap and trade” y financiamiento vía fondos verdes —los precios actuales han permitido inversiones en energías no fósiles.

 

  1. Reforma fiscal, deforma fiscal o miscelánea recaudatoria: el eterno objetivo

Entre los limitantes u obstáculos para el desarrollo, a cuyo análisis siempre se abocó Urquidi desde el inicio de su carrera profesional, está su financiamiento, y de manera destacada, la necesidad de una reforma fiscal sustentada sobre todo en el impuesto sobre la renta (isr). Además de muchos textos valiosos destaca el papel que jugó en las reformas fiscales de 1961 y 1964, las cuales fracasaron en sus principales objetivos.

El secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena (de 1958 a 1970), había decidido llevar a cabo una reforma fiscal de fondo. Para esos propósitos invitó a México a uno de los más destacados fiscalistas, Nicolás Kaldor, de la Universidad de Cambridge, y creó una comisión de expertos mexicanos, que a la postre se dividió entre el grupo de abogados (más conservadores y que al final se impusieron) y el de los economistas. Urquidi jugó un papel importante como líder de este segundo grupo. Dada la importancia histórica que él le dio a este esfuerzo, elaboró minutas detalladas de las 30 reuniones de la Comisión Tributaria, las cuales representan un valioso testimonio.

En su diagnóstico, Kaldor estimaba que la reforma era indispensable para México por dos razones: la económica —pues los ingresos tributarios eran insuficientes por las necesidades del crecimiento— y la política —por la creciente desigualdad económica y porque el sistema favorecía los ingresos provenientes del capital antes que al trabajo. ¡Sigue siendo muy válido!

Entre las principales propuestas que hizo Kaldor estaba crear un isr global del individuo, con una mayor progresividad hasta una tasa del 40% y consolidando y gravando los ingresos de capital. Para ello debía eliminarse el “anonimato” de las acciones. También propuso crear un impuesto sobre la riqueza y el gasto (antecedente del iva). Las principales proposiciones de Kaldor, como la elemental del anonimato, fracasaron. Regresó a su país muy crítico de México y escribió un célebre artículo: “¿Cuándo aprenderán los países en desarrollo a cobrar impuestos?”.

En la reforma de 1964 sí se lograron algunos avances. Se eliminó el impuesto cedular para establecer uno global (no todo) sobre la renta de los individuos, y otro sobre las empresas. Se creó el Registro Federal de Causantes. Sin anonimato accionario, se eliminó el impuesto a la herencia, porque era ilusorio cobrarlo.

El coeficiente tributario era entonces de 9%, de los más bajos del mundo. El propósito de Ortiz Mena era subirlo a 20% en 1970. Obviamente no se logró.

No se ha avanzado desde la época de Urquidi, pues la recaudación tributaria sigue siendo de las más bajas del mundo. El isr a las personas físicas, que recauda y redistribuye, continúa siendo “el talón de Aquiles” —en América Latina es el más bajo coeficiente mundial, 2% del pib contra 10% en países avanzados. El sistema impositivo se ha mantenido “plano”, estancado en los niveles de antes, con alrededor del 10% sin petróleo (ésas son las cifras de 2011-2014, con un aumento a 13% del pib en 2015). No se ha logrado ninguna verdadera reforma fiscal, salvo la del secretario David Ibarra, que introdujo el iva y el sistema de participaciones federales. Las demás han sido misceláneas fiscales “recaudatorias”.

La última llamada reforma fiscal no merece realmente ese apelativo. Tuvo algunos aumentos recaudatorios, sí tuvo la ventaja de establecer un impuesto necesario sobre ganancias de capital y alzó algo la progresividad del isr, pero dejó por igual insatisfechos a empresarios, fiscalistas y académicos que habían hecho importantes trabajos. La “reforma” se deriva de un importante esfuerzo recaudatorio, del ieps, del impuesto sobre la gasolina y del resultado de la operación del Banco de México. Se archivó un esfuerzo de un grupo de economistas para dar como incentivo a una reforma fiscal el financiar la reforma al sistema de salud y de pensiones para toda la población con base en impuestos generales. La seguridad social sólo cubre al 40% de la población económicamente activa. Nuestra gran vulnerabilidad fiscal se puede apreciar en la introducción del austero programa que viene con un recorte del 3% del pib. Está pendiente también un federalismo fiscal que se ha convertido en un feudalismo fiscal disfuncional, fuente de corrupción y despilfarro.

 

  1. Cooperación internacional para la recuperación del crecimiento y el bienestar social o recesión y estancamiento secular

Urquidi fue el integrante más joven de la delegación mexicana que tuvo una aportación muy destacada en la Conferencia de Bretton Woods de 1944, la cual definió el orden económico internacional de la posguerra. Ello se debió a una esmerada preparación de los temas con la participación de mexicanos muy distinguidos, como don Daniel Cosío Villegas y don Rodrigo Gómez, entre otros. Uno de los logros más importantes fue que el Banco Mundial no se abocara principalmente a la reconstrucción europea, problema de corto plazo, sino a los problemas de desarrollo de largo plazo. Urquidi fue quien presentó la propuesta mexicana ante John Maynard Keynes para darle trato de igualdad a ambos objetivos. En un célebre texto, argumentó ante el economista británico que, en el largo plazo, “antes de que estemos muertos el desarrollo será el tema fundamental”. Así nace una institución como el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento. También se logró reservar a las repúblicas latinoamericanas una cuota especial de presencia (tres directores de 12) en el Consejo Directivo de la institución, un tema de gobernanza equitativa entre países industriales y emergentes muy actual.

Actualmente vivimos nuevamente profundas transformaciones y serios peligros. La cooperación económica internacional tuvo un destello de florecimiento en 2008 con la creación del G-20, que en las primeras reuniones consiguió, bajo el impulso del entonces primer ministro del Reino Unido, Gordon Brown —en la más pura tradición keynesiana—, y del presidente Obama, apoyado por Ben Bernanke —providencialmente experto en la Gran depresión—, una conjunción inusitada de acciones masivas de estímulo económico que lograron evitar que la Gran Recesión se convirtiera en la Gran Depresión. El entonces presidente de Francia, Sarkozy, planteó, para ir más allá de la coyuntura, considerar un segundo Bretton Woods.

A ocho años de la Gran Recesión, el mundo enfrenta una nueva situación de extremo peligro ante una posible recaída sin haber nunca salido de las “salas de terapia del hospital”. Ahora el riesgo principal se centra en China, convertida en principal motor de la economía mundial, actualmente en clara desaceleración y con serios problemas estructurales. Si no hace nada, si no ajusta, será algo malo, y si realiza ajustes de rebalanceo importantes, tendrá en todo caso consecuencias negativas sobre la demanda global, el comercio y principalmente los países emergentes, responsables del 70% del crecimiento mundial a través de la severa caída de los precios de las materias primas y, desde luego, de la dramática caída del precio del petróleo, de niveles de 100 a 20-30 dólares, lo que nos afecta a nosotros (hoy hay cierta recuperación). Lo países del brics están, salvo India, en serios problemas: Brasil con 4% de crecimiento, al igual que Rusia. Mientras que Nigeria, otro gran país, requiere apoyo de organismos internacionales.

Europa enfrenta ya una década perdida. Dos de los países en mejores condiciones, España e Inglaterra, tienen severos problemas políticos que se traducen en lo económico. España, la joya que había alcanzado una aceptable recuperación de 3%, enfrenta una crisis de gobernabilidad por la incapacidad de los partidos políticos de llegar a un acuerdo para formar gobierno; Inglaterra, con el resultado del Brexit que la obligará a abandonar la Unión Europea —el apoyo a esta idea provino nada menos que del exalcalde de Londres, Boris Johnson—, ha introducido volatilidad en los mercados, incluyendo la libra. La Unión Europea amenaza con resquebrajarse, no por Grecia o la crisis financiera, sino por la severa crisis migratoria que afecta sus cimientos y por el liderazgo de Merkel. En este escenario vulnerable comienza a aflorar la debilidad de los bancos como un gran foco rojo. En este caso no es Lehman sino los grandes bancos europeos. Estados Unidos ha estado al borde de la recesión, y el balance será crecientemente afectado con las incertidumbres que generan los candidatos.

La cooperación internacional en comercio está fragmentada en posibles acuerdos regionales —el “spaghetti bowl effect” de Bhagwati—, mas no globales. Hay amenazas de proteccionismo. Independientemente de que gane o no Trump, lo cierto es que ha desplazado el centro del debate en Estados Unidos. Ya no sólo se cuestiona la globalización, el libre comercio y los tratados comerciales en el mundo en desarrollo, sino también al interior de Estados Unidos y de los grandes países. Se reconoce que el problema ha sido que no ha habido políticas compensatorias para mitigar efectos negativos, particularmente sobre el empleo y la desigualdad, vía políticas regionales e industriales, fondos compensatorios, capacitación y reentrenamiento de la mano de obra, como sí lo hubo en la Unión Europea y no lo ha habido en México y, en general, en Norteamérica. Los nuevos acuerdos comerciales, tpp, ttip, están en entredicho, al igual que el tlcan.

Los organismos internacionales —gemelos de Bretton Woods— también son cuestionados. Estados Unidos tardó varios años en aprobar un aumento necesario de cuotas de países, base de su capital para financiar. La llamada troika —incluyendo al Fondo Monetario Internacional (FMI)— en Europa no fue parte de la solución, sino del agravamiento del problema con la “austerocracia” de medidas. El FMI llevaba ya varios años de fracasos con sus políticas de ajuste con casos como el de Argentina. Su accionar en Europa le dio nueva relevancia, pues se había convertido en policía financiera de programas de ajuste para países de menor importancia. El Banco Mundial también se había convertido en una “Cruz Roja” de asistencia social y de apoyos contra la pobreza, y en socio policíaco de programas de ajuste del FMI. Asimismo, había abandonado los apoyos a la infraestructura, lo que fue una de sus tareas más eficaces en sus primeras décadas.

Dada la limitada eficacia de los organismos, China y los demás miembros del brics promovieron la creación del New Development Bank, y más tarde del Asian Infrastructure Investment Bank, al cual ingresarán como miembros muchos países europeos y asiáticos. Nunca se discutió si México debería participar.

El G-20, bajo la presidencia china en 2016, se aboca a resolver un menú demasiado amplio de temas (una verdadera carta a Santa Claus) con pocas decisiones y resultados sobre los grandes asuntos. Ahora el tema de los países emergentes, principal fuente de crecimiento, se ha convertido en prioritario para la señora Christine Lagarde en su nuevo periodo como directora general del FMI. Ella ha redescubierto la importancia de la inversión pública en infraestructura como factor de recuperación económica. La nueva receta es un “enfoque tridimensional”: (1) las trilladas reformas estructurales; (2) una política fiscal amigable con el crecimiento, y (3) una política monetaria acomodaticia (que estimule). En México no practicamos las dos últimas. La política monetaria de tasa “0” está ya agotada, muy cuestionada, afecta negativamente al ahorro, a los bancos, y genera burbujas especulativas.

En la última reunión de ministros del G-20 en Washington, como antes en Shanghái, los gobiernos se enfrentaron a otra ola de reducciones en los pronósticos de crecimiento mundial. Se dijo, por ejemplo, que “no hay alarma, sólo alerta”, pero ahora se está al borde de otra recaída o, en el mejor de los casos, del espectro del estancamiento secular, bautizado así por Larry Summers.

En todo caso, un agravamiento de la situación puede requerir un nuevo gran esfuerzo de cooperación internacional, un nuevo Bretton Woods adecuado para las nuevas circunstancias.

 

  1. Integración o desintegración de América Latina

Ahora comentaremos el caso de América Latina. Urquidi sin duda ha sido uno de los grandes economistas expertos en el desarrollo de la región, de la talla de Raúl Prebisch, Aldo Ferrer o Celso Furtado, sus amigos. Pueden advertirse dos fases en su trayectoria: la primera de optimismo y esperanza en el proceso de integración económica del territorio latinoamericano. En ella Urquidi fue artífice del exitoso proceso de integración de Centroamérica que condujo primero a un Tratado Multilateral de Libre Comercio e Integración Económica Centroamericana (Tegucigalpa, 1958) y luego a un Mercado Común Centroamericano (Managua, 1960), que fue de lo más rescatable del proceso de integración en la región.

También se involucró, como lo hizo de manera importante el Banco de México, en el Acuerdo de Integración Económica de América Latina, bajo la dirección de don Rodrigo Gómez, plasmado en el Tratado de Montevideo de 1960 creado por la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (alalc). Además, participó en la estructuración de la Alianza para el Progreso de 1961, un modesto Plan Marshall configurado por el presidente Kennedy en el contexto de la competencia propiciado por la Guerra Fría y la Revolución cubana. Ese optimismo está expresado en su libro sobre la viabilidad económica de América Latina.

En 1982 se inició el periodo de pesimismo de Urquidi, el cual se gestó iniciada la crisis de la deuda y lo que después sería la década perdida de América Latina. Escribe: “Nunca existió una economía latinoamericana, veinte países, un ‘agregado’ de partes heterogéneas, con algunas similitudes, pero con características distintas según el régimen político imperante, las relaciones con el exterior, la composición demográfica y étnica, el espectro de recursos naturales, avances institucionales, estructura industrial y comercial y la historia nacional”. Esto es particularmente cierto el día de hoy.

Más bien enfrentamos la “desintegración” de América Latina. Ha surgido una proliferación de agrupaciones económicas o políticas: Aladi, Mercosur, alba, Pacto Andino, Caricom, que no son operantes por esa acervada heterogeneidad. Sólo ha habido un éxito relativo entre los cuatro países de la Alianza del Pacífico, Chile, Perú, Colombia y México, con estrategias económicas homogéneas y en crecimiento, comercio e inversión. Han tenido éxito reduciendo significativamente el grueso de los aranceles, eliminando visas y generando fuertes incrementos de turismo, compartiendo representaciones comerciales en algunos países e integrando sus Bolsas de Valores. Esto da la razón a Urquidi, quien favorecía acuerdos regionales entre países homogéneos.

Hay, pues, una seria fractura entre la vertiente del Pacífico de Sudamérica en crisis y la Atlántica, un poco más favorable. Nuevamente se presenta la crisis ampliamente analizada por Prebisch de la dependencia de las materias primas y la volatilidad de sus precios. Hay problemas serios en Venezuela: su economía está a punto de desplomarse en una crisis mayúscula y humanitaria, quedando en duda no su ocurrencia, sino el momento, con una inflación que puede alcanzar 720%, una elevada deuda, un nivel de pobreza que aumentó de 55 a 76% y una caída del pib de 9%. Por su parte, Brasil está en crisis política y tiene una caída del pib de 4%, la mayor desde la Gran Depresión, mientras que Argentina avanza pero está muy polarizada políticamente.

La crisis en Venezuela ciertamente tendrá efectos de contaminación en la región y contribuye a los riesgos globales. La crisis y la contaminación podrían propiciar un esfuerzo de cooperación necesaria.

 

VII. Visión de conjunto y conclusiones

Para concluir, este breve recorrido intelectual demuestra cómo Urquidi estuvo presente en la identificación y análisis de los grandes problemas nacionales, así como en la exploración de soluciones. Se ve claramente que detrás de estos temas había una visión de conjunto del economista, capaz de ver todas las interrelaciones del proceso de desarrollo económico desde una perspectiva de economía política y de conocimiento de la histórica.

Es muy estimulante para mí compartir algunas breves reflexiones a mi regreso al país, después de dos años en Canadá. Al hablar de México en la encrucijada de aquel entonces Urquidi dijo:

Todos los mexicanos somos responsables de esta crisis, principalmente porque no tenemos conciencia suficiente de nuestra problemática general y porque la participación ciudadana en los planteamientos a soluciones es muy limitada. Por ignorancia, por desidia o por codicia, la mayoría de los miembros de los distintos grupos sociales persiguen su interés particular con notoria indiferencia a la colectividad como un todo y hacia la interrelación de las partes. La raíz de estas actitudes ciudadanas se localiza en la falta de conciencia derivada de la falta de educación.

¡Sus palabras serían válidas hoy!

El mundo oscila mucho más allá de lo que se llama frecuentemente “la volatilidad de mercados financieros”; vivimos en un mundo turbulento que augura una época peligrosa, de inflexión mundial, de rechazo de las élites, de los gobiernos, de los políticos, de los banqueros, flagrantes desigualdades plagadas de corrupción: “la época de la avaricia”. Por otra parte, es una época de incertidumbres ante profundas transformaciones demográficas y tecnológicas, brotes de violencia y conflictos bélicos, una época del miedo. ¡Miedo y enojo, peligrosa combinación! También está el riesgo de una recaída en la economía mundial o en amplias zonas; muertes súbitas o un estancamiento secular, de muerte lenta.

México no puede sustraerse de estos fenómenos, pero todavía está en zona de claros y oscuros; lo malo se magnifica o menosprecia, y lo bueno no se aprecia suficientemente o demasiado. Urquidi siempre analizó con objetividad y balance los problemas, sin prejuicios ideológicos, y preconizó soluciones pragmáticas.

En sus últimos escritos, ya a principios de este siglo, al tocar el tema macroeconómico se refirió a la situación de estancamiento que sufre México, con un crecimiento inferior al 2% que viene desde los años ochenta, en contraste con el crecimiento de 6% que hubo de 1940 a 1970. Así estamos ahora, todavía con nuestro mediocre 2%. Los países avanzados pueden mantenerse en esta situación de “estancamiento secular” por su alto nivel de ingreso y mecanismos más eficaces de protección social. Sin embargo, el desempleo y la desigualdad ahora explican la turbulencia social y política.

Para México, ese estancamiento, con sus bajos niveles de ingreso, pobreza y desigualdad, y con mecanismos de seguridad social limitados, debe provocar más serios problemas. Los grandes motores del crecimiento están inactivos, particularmente la inversión pública en infraestructura, que está en sus más bajos niveles históricos, además del crédito a la actividad productiva, la baja productividad, los bajos salarios y la desindustrialización.

Puede decirse que “en tierra de ciegos” (Europa, Brasil, etcétera) “el tuerto es rey”, pero el juicio sobre la política económica, medida por resultados e instrumentos, deja mucho que desear, aun aceptando un entorno mundial difícil. Urquidi seguramente la criticaría, y sí se puede lograr más.

México es ahora una sociedad pasmada o apática. No se debate, o se debate lo trivial. En todo caso estamos ausentes de los debates centrales que se están dando sobre todo en Europa y otros países, y, aun con su primitivismo, en Estados Unidos. Allá se debate la estrategia económica: en pro del crecimiento o austericista, la banca especulativa y abusiva, su escasa contribución al crecimiento, incluso reducir el tamaño del sector financiero, los grandes bancos: la desigualdad como obstáculo al desarrollo, la actualización del modelo de bienestar social, las perversiones de la democracia, la disfuncionalidad del federalismo, la necesidad de una política deliberada industrial y tecnológica, la planeación urbana vinculada con el medio ambiente, la impunidad frente a la corrupción que debe conllevar sanciones, etcétera.

Me parece muy importante que se promuevan estos debates, que se rompa la apatía, la cultura de la componenda, de lo trivial.

El oxígeno intelectual siempre es valioso. Urquidi estaría orgulloso de su herencia intelectual, pero intranquilo por lo poco que se ha avanzado en muchos de sus temas.

 

A ocho años de la Gran Recesión, el mundo enfrenta una nueva situación de extremo peligro ante una posible recaída sin haber nunca salido de las “salas de terapia del hospital”

FRANCISCO SUÁREZ DÁVILA ha fungido como embajador de México ante la OCDE en París, subsecretario de Hacienda y Crédito Público, diputado federal y embajador de México en Canadá, esntre otros cargos. Como docente ha impartido cátedra en la Universidad Iberoamericana, El Colegio de México y la UNAM.

 

[1] Una versión de este texto se presentó como conferencia en el Colmex y en el Centro Tepoztlán.

Fuente:http://estepais.com/articulo.php?id=686&t=algunos-de-los-grandes-problemas-nacionales-desde-la-perspectiva-de-victor-l-urquidi

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