La educación superior y el futuro del país

Por: Mario Luis Fuentes

 

La educación superior y el futuro del país – Mario Luis Fuentes

 

En México hay, de acuerdo con los datos de la Encuesta Intercensal 2015 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 14.97 millones de jóvenes de entre 18 y 24 años de edad. De esta suma, 2.28 millones tienen 18 años, es decir, la edad normativa de ingreso a la educación superior, y entre quienes, únicamente, el 51.4 % asiste a la escuela.

En el grupo de 19 años de edad la suma se estima en 2.028 millones de jóvenes, entre ellos, sólo el 40.4 % asiste a la escuela, es decir, 11 puntos porcentuales menos que el grupo de los 18 años de edad.

Finalmente, se encuentra el grupo de 20 a 24 años, el cual sumaba, en 2015, un total de 10.66 millones de jóvenes, de los cuales, únicamente, el 24.5 % estaba matriculado en la educación superior.

Si se toma a todo el conjunto de jóvenes de los 18 a los 24 años de edad, lo que se halla es que únicamente el 31.5 % de ellos se encuentra matriculado en la educación superior, es decir, un porcentaje similar al registrado cinco años atrás en el censo de 2010.

Además de la escasa cobertura que tenemos en este nivel educativo, se encuentra un doble problema de calidad educativa: por un lado, no puede dejar de reconocerse que en tanto que la educación básica (incluyendo al bachillerato) cuenta con una muy mala calidad en la enseñanza, las universidades se enfrentan al reto de formar profesionales que llegan, en la mayoría de los casos, con serias deficiencias formativas.

El otro aspecto de la calidad se centra en los estándares vigentes de la educación superior, en el ámbito público, pero también y sobre todo en el privado, en el que destacan no más de 20 universidades en la Ciudad de México y algunas de las grandes metrópolis del país, mientras que respecto del resto sabemos muy poco de los niveles de exigencia y rigor académico con que se enseña.

Frente a ello, uno de los aspectos centrales a destacar es que desde hace al menos dos décadas, se abandonó la idea de la universidad pública como un proyecto social de alcance nacional, es decir, comenzó a verse en las universidades financiadas con recursos públicos a “entidades deficitarias” que debían reducirse para disminuir los “costos fiscales” que su existencia genera al Estado.

Desde esta perspectiva, ¿podría responsabilizarse con seriedad, exclusivamente, a las universidades públicas de la crisis de la educación superior en un contexto de desigualdad profunda, de pobreza masiva, de estancamiento económico secularizado, de contextos de violencia y fractura de la cohesión social?

Cada año se viven historias de frustración, miedo y ruptura de proyectos de futuro, porque en nuestro país, de manera lamentable, las instituciones públicas de educación superior están al límite de sus capacidades: operan con recursos limitados, no tienen capacidad de ampliación de su planta docente, de su infraestructura física y, en consecuencia, de ampliación masiva de su matrícula.

Todos los años sabemos de cientos de miles de jóvenes que en todo el país se ven forzados a buscar alternativas en las instituciones privadas (cuando las familias pueden absorber ese costo), y en las más amplias franjas de este segmento de población el destino es un mundo laboral que, según los datos del INEGI, no le ofrece más allá de 2 mil 500 pesos mensuales a quienes egresan del bachillerato y logran emplearse en el primer año.

Un país sin una educación básica de calidad no puede aspirar a tener universidades de excelencia, y un país en esas condiciones no puede aspirar a un futuro de inclusión social y de realización masiva de los derechos humanos de su población. Por ello, la disyuntiva es simple: o transformamos radicalmente estas condiciones, o deberíamos comenzar a aceptar, desde ya, el costo de ser un país marginal en el contexto global en el que vivimos. Empero, la segunda ruta es éticamente intransitable.

Fuente:http://despertardeoaxaca.com/la-educacion-superior-y-el-futuro-del-pais-mario-luis-fuentes/

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