Las universidades deben fortalecer su contribución al desarrollo del país

Por: Carlos Reyes

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Las universidades públicas tienen una deuda con el desarrollo del país. Si bien han contribuido a consolidar un sistema de investigación que responde a los actuales requerimientos, no han podido acercar aún lo suficiente el conocimiento a las regiones con las que interactúan.
Falta un enlace que conecte el potencial que desarrollan y generan las instituciones de educación superior. Que lo ponga a disposición de la zona geográfica en la que está inmersa para afrontar los problemas de la región.
Porque las universidades del país, coinciden rectores, científicos y especialistas, ofrecen alternativas para los desafíos que se perciben en la educación, la salud, el medio ambiente, la gobernabilidad, la economía, la demografía y demás ramas del conocimiento.
Y en esa línea, que la investigación y los descubrimientos que producen las instituciones sean tomados en cuenta de una manera más activa y práctica para el desarrollo de la ciencia en el país.
Invertir más en laboratorios, en nuevas tecnologías, en la profesionalización y especialización de sus plantillas de investigadores y en equipamiento pertinente e idóneo para asumir este reto pendiente.
Todo ello, explican, respaldado y secundado por un mayor apoyo financiero desde el sector público, pero también desde la iniciativa privada, un sector que no ha querido adoptar del todo las propuestas, alternativas y proyectos científicos que las universidades han puesto en la mesa de la sociedad.
El desarrollo científico pasa por las universidades públicas del país. Su contribución ha sido, a todas luces, fundamental, pero es momento de robustecer esa conexión que en ocasiones parece demasiado débil.
Hacia un enfoque regional
Para  Juan Manuel Lemus Soto, director de la Región Centro Occidente del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), las universidades públicas deben enfocarse en la investigación con pertinencia social.
Es decir, que se oriente a las demandas y a los problemas sociales que frenan el desarrollo de las comunidades y las regiones.
Una labor para que los investigadores deben centrar su atención en este tipo de problemáticas, independientemente de las limitaciones que puedan encontrar en su labor.
Como lo plantea Lemus Soto, el desarrollo social y económico en la sociedad es una tarea compleja, ya que los recursos generalmente son insuficientes, a la par de que la inversión en investigación y desarrollo es de mediano plazo.
“Por eso es que el riesgo siempre está presente y no siempre es claro para la toma de decisiones saber cuál es la necesidad prioritaria a atender, sin poder atender al cien por ciento una situación”, explica.
De ahí que el reto del país, y en el que se deben insertar con mayor fuerza las instituciones de educación superior es generar un cambio social a través de la investigación.
Una investigación, agrega, que sea pertinente y de calidad para aprovechar “el potencial de desarrollo en una región, mejorar el bienestar de la población y buscar un desarrollo ordenado y congruente con la sociedad”.
El director de la Región Centro Occidente del Conacyt sostiene que ese cambio social implica una acción colaborativa de todos los integrantes de sociedad.
“Como un equipo, que se conozca, relacione y comprometa para avanzar hacia una meta en común”, apunta.
El problema, apunta, es que se trata de una estrategia en la que ni la ciudadanía, ni las instituciones de educación superior, ni las autoridades gubernamentales han asumido como un trabajo integral.
“Por eso hablamos aún de una investigación cuyos resultados no son tomados en cuenta del todo por los planes gubernamentales”, dice.
Y en eso, agrega, todos los sectores se han quedado cortos porque no han construido una organización bien cimentada que pueda detonar todo el potencial que la ciencia en el país puede ofrecer.
“Sin una demanda social, la actividad científica no puede encarar proyectos de gran envergadura, por lo que el grueso de la investigación sigue estando estrechamente restringida a los límites disciplinarios”, expresa Lemus Soto.
Se trata, asume, de un esfuerzo tanto gubernamental como de las universidades e instituciones dedicadas a la investigación.
Todo, hacia la consecución de redes del conocimiento y vinculación en los diferentes rubros relacionados con desarrollo para aterrizarlos en programas de trabajo pertinentes y regionales, que permitan avanzar hacia una sociedad más equitativa.
Participación incondicional
Desde la óptica de las universidades públicas, el desarrollo científico y tecnológico ya no es un tema regional, debido a que la globalización lo  difunde y transmite de manera más ágil y rápida.
Este  contexto impone un importante desafío a las instituciones de educación superior, reconoce Mario Andrade Cervantes, rector de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA).
Por eso la necesidad de las casas de estudio de trabajar de forma constante para contar con programas de estudio pertinentes, adecuados y vanguardistas.
“Para hacer frente a este reto, las instituciones de educación superior debemos contar con recursos humanos capacitados en todas las áreas del conocimiento, por lo cual la movilidad académica y estudiantil se convierte en un tema medular de nuestro crecimiento”, comenta.
Por su parte, el rector de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), Gustavo Cruz Chávez, dice que, en efecto, la situación actual en la que se encuentran las instituciones de educación superior implica ciertos retos y compromisos con la educación científica.
Cruz Chávez asegura que no se debe soslayar el papel de las universidades públicas estatales en la educación científica y la construcción de la sociedad del conocimiento en el país.
Sobre todo, plantea, porque no se deben descuidar aspectos como la formación de recursos humanos y de científicos, la necesidad de una mayor producción y aplicación de ciencia y tecnología y de fortalecer el sistema de educación pública superior.
“Las universidades públicas estatales deben ser aliadas de las políticas educativas federales, así como ayudar a fortalecer la identidad y cohesión social, ofreciendo alternativas de cambio a fin de propiciar el desarrollo del ser humano y de la vida”, sostiene.
Es decir, detalla el rector de la UACBS, las instituciones de educación superior no deben abandonar su responsabilidad como ejes del fortalecimiento de los posgrados mediante el incremento del monto a las becas de maestría y doctorado.
Asimismo, analizar e implementar las estrategias que posibiliten la inserción de recursos humanos, tanto en las empresas como en las instituciones de investigación y docencia.
En ese sentido, dice, la educación superior ha venido impulsando estas líneas de manera muy particular, no sólo con la formación de cuadros altamente capacitados mediante su oferta de posgrados, sino también generando y aplicando el conocimiento científico para beneficio de la sociedad.
“Sin embargo, hace falta fortalecer su vinculación con distintos sectores para que sus alcances sean más amplios e integrales”, señala el rector de la UABCS.
Para Gerardo Montero Pérez, rector de la Universidad Autónoma de Campeche (UACam), lo importante es establecer una agenda de cooperación para el desarrollo de proyectos de investigación, desarrollo tecnológico e innovación.
Al mismo tiempo, apunta, se deben instaurar las condiciones necesarias para contribuir en la formación de capital humano a nivel posgrado en áreas estratégicas para el crecimiento de cada uno de los estados y cada una de las regiones.
Y en ese esquema, considera el rector de la UACam, los jóvenes estudiantes deben jugar un papel central para desarrollar todas estas alternativas que comienzan a gestarse.
“Que los jóvenes estudiantes universitarios encuentren en la ciencia una forma de aprender y elevar sus capacidades académicas”, dice.
“Que les permita innovar para poder generar nuevas ideas, conceptos, procesos, productos y estrategias para las instituciones en las que laboren ya sean académicas o gubernamentales y en el sector privado e incluso como empresarios tecnológicos creando su propio empleo”, agrega.
Y después, un escalón debajo de la pirámide, argumenta Montero Pérez, los investigadores, quienes deben cumplir con una doble función.
Por un lado, deben coadyuvar en la formación de capital humano que haga crecer las potencialidades de cada región y genere empleos bien remunerados, y, por otro, estrechar la vinculación con el sector empresarial para transitar de mejor modo a la economía basada en el conocimiento.
Apoyar la formación
Sin embargo, para que el desarrollo científico se potencialice con la labor de las instituciones de educación superior, la formación científica tiene que ser uno de los factores centrales en este esquema.
El mundo, y el país, necesitan más ingenieros y científicos, pero desgraciadamente son pocos los estudiantes que optan por estudiar carreras en estas áreas, debido a que muchos jóvenes le temen a las matemáticas, apunta el científico Miguel José Yacamán.
Se deben cambiar, asegura, los esquemas en la enseñanza de las mismas áreas porque han demostrado ser un espacio inadecuado.
Tan solo en los países asiáticos como Corea y China, quienes son los que más invierten en tecnología, “la cantidad de ingenieros y científicos que se gradúa en esos países es mucho mayor que en el resto del mundo; en esas naciones orientales el 80 por ciento de los jóvenes opta por estudiar carreras relacionadas con las áreas de la ciencia y las ingenierías, situación totalmente contraria a la que se observa en nuestro país”, comenta.
Un avance científico que no se detiene en ninguna de las áreas y que en ocasiones no ha sido aprovechado del todo por las instituciones de educación superior que han dejado pasar muchas oportunidades de crecer.
“Estamos en el camino de llegar a una era de la inteligencia artificial, gracias a los avances en la tecnología, donde los robots tendrán una influencia importante y muchos de los trabajos serán desempeñados por máquinas, por lo que es necesario adquirir mayores capacidades y conocimientos tecnológicos para aspirar a tener un trabajo que no sea de bajo perfil, sin educación no hay progreso”, puntualiza.
Y en ese contexto, dice Yacamán, quien es actualmente profesor en la Universidad de Texas en San Antonio, los mexicanos tienen  una gran inteligencia y habilidad manual, pero desgraciadamente no creen en sí mismos, no tienen iniciativa.
“Estamos acostumbrados a que nos digan qué hacer, por lo que las nuevas generaciones de jóvenes deben tomar esa iniciativa, ser independientes y lanzarse a crear tecnología para tomar el lugar que les corresponde, añade.
Falta invertir en conocimiento
Para Norma Angélica Ayala Martínez, especialista del Instituto Mexicano de Propiedad Intelectual (IMPI), México es un país que no le invierte a la economía del conocimiento.
Sigue siendo un país que vende productos, sin embargo, lo que hace no se protege, y por lo tanto no se puede vender.
En ese sentido, las universidades producen conocimiento que genera tecnologías, pero en México éste no se protege.
“México es un país altruista porque regalamos nuestro conocimiento y tecnología; esto se refleja en el desarrollo de nuestro país”, sostiene.
A decir de Ayala Martínez, para inventar es necesario detectar un problema y trabajar creativamente para solucionarlo con una propuesta tecnológica inventiva.
“Muchas veces, en los centros de investigación de las universidades, este procedimiento no se lleva a cabo porque las líneas de investigación no surgen de una necesidad concreta”, apunta.
Y es que, plantea la especialista, para que un invento encuentre un área de oportunidad, se necesita observar qué necesita México y el mundo en salud, electrónica, etcétera.
“Si una universidad quiere vender un invento que desarrolló, es necesario disponer de una patente; esto es, del registro del modelo de utilidad, pues de lo contrario dicha tecnología es de dominio público y nadie tendría por qué comprarla; por esta razón es necesario proteger y después vender”, señala.
Sin embargo, es una práctica que aún no se encuentra demasiado arraigada en las instituciones de educación superior.
“Las universidades, dijo, antes de iniciar un proyecto de investigación, deben buscar información tecnológica, misma que proporcionará las directrices para establecer una patente.
“Una universidad que no protege sus aportaciones, deja de crecer y de abonar nacionalmente al país”, abunda.
Lo ideal, finaliza Ayala Martínez, es que las universidades tuvieran una patente para que ésta les brinde recursos económicos destinados a continuar desarrollando proyectos sin depender de CONACYT o de otras instancias.

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