Calidad de Vida Urbana: ¿Entre princesas y cenicientas?

Por: ALEJANDRO LÓPEZ LAMIA

 

Calidad de Vida Urbana: ¿Entre princesas y cenicientas?

 

Aunque calidad de vida es un concepto moderno, posee raíces en el pensamiento antiguo occidental. Aristóteles, por ejemplo, utilizó el término Eudamonia para describir el “vivir bien”.

El concepto “calidad de vida” (quality of life o livability en inglés) tiene un papel central en las discusiones sobre desarrollo urbano, especialmente a la luz de los múltiples desafíos que enfrentan nuestras ciudades. Este término es pródigamente mencionado, a veces sin mesura, tanto en apasionadas conversaciones entre locales y expatriados, como en reflexivas disertaciones académicas. De hecho, se ha convertido en materia de numerosos análisis comparativos.

Es como si las urbes desfilasen en un concurso de belleza universal para seleccionar quiénes son las más atractivas y quiénes las menos agraciadas. En otras palabras, parece un intento de generalizar ciertos patrones alrededor del mundo: “Princesas y Cenicientas”. Pero, ¿Qué significa realmente calidad de vida urbana? ¿Qué hace que una ciudad sea más vivible o disfrutable que otra? Más aún, ¿Es factible mensurar con propiedad una concepción altamente subjetiva?

Una retrospectiva no viene nada mal…

Aunque calidad de vida es un concepto moderno, posee raíces en el pensamiento antiguo occidental. Aristóteles, por ejemplo, utilizó el término Eudamonia para describir el “vivir bien”, lo que vinculó a ciertas necesidades primordiales: la amistad, el placer y el florecimiento personal. En el siglo pasado, la psicóloga Carol Ryff expandió dichos conceptos a seis escalas del bienestar mental de los individuos: autonomía, crecimiento personal, aceptación propia, propósito de vida, dominio de nuestro entorno y relacionamiento positivo con los demás. Abraham Maslow, otro famoso psicólogo, propuso las cinco jerarquías de las necesidades humanas: fisiológicas, seguridad, afiliación, reconocimiento y autorrealización. Para todos ellos, “calidad de vida” estuvo asociada al reino de lo individual y cualitativo, sin que el entorno físico entrara de lleno en la reflexión.

Paralelamente, durante la consolidación de los Estados, los Gobiernos comenzaron a diseñar, recolectar y analizar indicadores cuantitativos a través de censos, a fin de mejorar sus políticas públicas y comparar el desarrollo económico de sus respectivos países. En general, el grado de desenvolvimiento económico se convirtió en sinónimo de “estándar de vida”. Así se elaboraron indicadores focalizados en el monitoreo de actividades económicas, lo que permitió calcular la prosperidad material de distintos países, aunque no necesariamente las disparidades internas y menos el bienestar general de las personas. Surgieron así índices más comprehensivos, como el Coeficiente de Gini para computar la distribución de los ingresos y su nivel de equidad; o el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de las Naciones Unidas, que incluye la medición de la esperanza de vida, el nivel de educación y el PIB per cápita.

¿Entre princesas y cenicientas?

A partir de los años 50, las urbes se convirtieron también en unidades de análisis, ya que las disparidades de bienestar de éstas no eran capturadas del todo por los indicadores socioeconómicos nacionales. No sólo el Coeficiente de Gini comenzó a desagregarse a nivel urbano. Surgieron nuevos índices, tanto de organismos internacionales (OECD – Better Life Index, UNDP – Human Development Index, etc.), como de entidades privadas, esta últimas con el afán de presentar un abanico mayor de información y así atraer a potenciales residentes e inversionistas. Algunos de los más conocidos son el Índice Mercer, el cual utiliza 39 criterios para comparar el costo de vida en distintas ciudades. La renombrada revista Monocle diseñó el Índice de las Ciudades Más Vivibles, que incluye variados indicadores como: nivel de criminalidad, polución, conectividad internacional, clima (cantidad de días soleados), acceso a la naturaleza, recreación, diseño urbano y condiciones para hacer negocios. También es muy conocido el Índice de las Mejores Ciudades de The Economist Intelligence Unit, orientado a identificar tendencias económicas, potencial de inversiones y estilos de vida para 140 urbes.

Una de las ventajas de estos índices es que nos permiten utilizar parámetros comunes en contextos socioeconómicos, culturales y geográficos disímiles; por ejemplo, la calidad de la infraestructura urbana, de los servicios básicos, mercado laboral, etc. Dichos parámetros tienen el potencial de convertirse en una rica base analítica para nuevos estudios y diseminación de buenas prácticas. Los críticos, por su parte, expresan que dichos índices están aún orientados a determinadas audiencias con intereses específicos; es decir, fueron concebidos para brindar información a personas de países desarrollados, con dominio del inglés y de origen empresarial. Por ello, aducen, que difícilmente podrán captar la riqueza de los aspectos cualitativos que convierten a cada ciudad en un ámbito único de desarrollo.

Nadie duda que los índices sobre ciudades podrían, además de informar, estimular mejoras sustanciales en distintos hábitats urbanos. Debe reconocerse, sin embargo, sus limitaciones, ya que “calidad de vida” significa múltiples cosas, para distintas audiencias y en diferentes lugares. Sin menospreciar la existencia de elementos analíticos objetivos, cada urbe es única y especial. En particular, cuando consideramos que la categorización “Princesa o Cenicienta” dependerá en gran medida de los criterios subjetivos de sus habitantes.

Fuente:http://blogs.iadb.org/urbeyorbe/2016/04/24/2003/

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s