Índices de lectura: entre la ficción y la realidad

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Un estudio realizado en 2015 concluyó que los mexicanos leemos más de lo que se creía. ¿Habían cambiado los hábitos de lectura? No, tan solo la metodología.

Un estudio realizado en 2015 concluyó que los mexicanos leemos más de lo que se creía. ¿Habían cambiado los hábitos de lectura? No, tan solo la metodología.

 

Afanada como está la burocracia mexicana en entregar cuentas alegres y cifras optimistas
—justamente cuando las cuentas y las cifras pueden ser todo lo que se desee, menos alegres y optimistas—, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), hoy Secretaría de Cultura, dio a conocer, en noviembre de 2015 (en vísperas del Día Nacional del Libro) la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura (ENLE) que traía un notición: ¡los mexicanos leemos al año un promedio de 5.3 libros por persona y no el 2.9 que antes se tenía como cifra oficial desde 2006!

Escribimos entonces lo siguiente en estas mismas páginas: Si todo lo que tiende a subir es muy bueno (¡!), como informaron en el Conaculta, ¡estamos de plácemes! El dato curioso, sin embargo, es que el Conaculta aclaró que no se puede establecer un comparativo entre este resultado y el de 2006, ¡pues la metodología que se utilizó fue diferente!
De todos modos, observamos entonces, de acuerdo con los resultados de encuesta tan alegre, el lugar que ocupa ahora México, comparado con otros países del subcontinente, es el segundo: únicamente superado por Chile (5.4 libros per cápita al año), pero por encima de Argentina (4.6) y Brasil (4.0), a pesar de que, en otra acotación culposa, como para recular, según lo documentó la información periodística del 10 de noviembre de 2015, el Conaculta se curó en salud: “No podemos tener tampoco cifras fidedignas hasta que no se actualicen las encuestas de otros países; un ejercicio que cada país tendrá que empezar a hacer a partir de la metodología que pusimos a su disposición”.

De modo, dijimos entonces, que ¡ahora exportaremos metodologías para medir la lectura! Pero, sea como fuere, por lo visto, cambiar de metodología ayuda a ser más optimistas y, sobre todo, ayuda a los gobiernos a tener más logros. ¿Por qué el cambio de metodología de la encuesta si los resultados no admiten un comparativo con ejercicios precedentes de referencia, pero sí elevan los resultados favorables? Si no fuéramos suspicaces seríamos ingenuos. Estamos a medio sexenio, luego del retorno del PRI al gobierno federal, y de 2.9 libros leídos anualmente en promedio por persona, hemos alcanzado 5.3, ¡casi el doble, ya que somos tan optimistas! Si así vamos a la mitad del sexenio, cuando concluya la administración de Peña Nieto es bastante probable que superemos a España (10.3) o al menos a Portugal (8.5).

Hace apenas unos días, el 15 de abril de 2016, para documentar nuestro optimismo como hubiera dicho Carlos Monsiváis, el propio INEGI (Instituto Nacional de Estadística y Geografía) dio a conocer los resultados del denominado Módulo sobre Lectura (Molec) correspondiente a febrero de 2016, es decir un levantamiento de datos que se hizo apenas tres meses después de que se dieran a conocer los resultados de la ENLE 2015. ¿Y cuál es el dato duro que arrojó el Molec de febrero de 2016? Uno que contradice palmariamente y derrumba la verdad histórica de la ENLE 2015: los mexicanos leemos en promedio, según este último instrumento estadístico, 3.8 libros per cápita al año, y no 5.3.

Lo más gracioso del caso es que el INEGI llegó a esta conclusión luego de aplicar la metodología del propio Cerlalc, uno de los principales organismos que participaron en la ENLE 2015. El universo de la ENLE 2015 fue de 5,845 personas de más de 12 años de edad, en zonas rurales y urbanas de toda la república y en ella participaron diversos especialistas en coordinación con el Centro de Investigaciones Académicas y Sociales del Instituto Politécnico Nacional (IPN), el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), el Inegi y Funlectura.

Explica el INEGI en su documento oficial: “El objetivo primordial del Módulo sobre Lectura (Molec), es generar información estadística sobre el comportamiento lector de la población mexicana de 18 años y más, considerando características de la práctica de la lectura, aspectos asociados con la misma y razones principales para la no lectura. De los principales resultados de este cuarto levantamiento del Molec, realizado los primeros 20 días de febrero de 2016 se tiene que, de la población de 18 años y más, 97.2  por ciento es alfabeta. De este grupo poblacional, el 80.8  por ciento leyó en el último año por lo menos algún libro, revista, periódico, historieta, página de Internet, foro o blog. El promedio de libros leídos por la población de 18 años y más en el último año fue de 3.8 ejemplares. En comparación, en Chile se leen 5.4 libros al año; en Argentina el promedio es de 4.6; en Colombia de 4.1, y en Brasil de 4 libros por año de acuerdo a El libro en cifras, boletín estadístico del libro en Iberoamérica, del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc) publicado en diciembre de 2013”.

Por si quedara alguna duda, en cuanto a la metodología utilizada, el Inegi insiste en su comunicado oficial: “El Molec se realiza con base en la Metodología Común para Medir el Comportamiento Lector, publicada por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), organismo intergubernamental auspiciado por la UNESCO. De ahí que las estadísticas e indicadores resultantes sean comparables con los de países iberoamericanos, lo cual permite establecer similitudes y divergencias”.
Más claro no puede ser. En cuanto al universo y representatividad de la encuesta, el Inegi informa que el estudio se realizó en viviendas seleccionadas como unidades de observación, con un esquema de muestreo probabilístico, estratificado y por conglomerados, y entre una población objeto de estudio de 18 años y más. El tamaño de la muestra fue de 2,336 viviendas y la fecha de levantamiento los primeros veinte días de febrero de 2016. La cobertura geográfica es representativa a nivel nacional urbano, “derivado del agregado urbano de 32 ciudades de 100 mil y más habitantes”.

Especifica el comunicado del INEGI en relación con el Molec 2016: “Considerando a la población de 18 años y más alfabeta [la redacción es infame; más bien se trata de la población alfabeta de 18 años y más], se tiene que de cada cien personas 47 leyeron algún periódico en la semana pasada de referencia; asimismo, de cada cien, 46 declararon leer al menos un libro en los últimos doce meses; con una frecuencia ligeramente menor se encuentra la lectura de revistas en los últimos tres meses (42 de cada cien); las páginas de Internet, foros o blogs se leen por 37 de cada cien de esta población y en una reducida proporción [5 de cada cien] se encuentran quienes leen historietas”.
Añade el INEGI en sus conclusiones del Molec que “la duración promedio de la sesión de lectura es mayor conforme el nivel de escolaridad es más alto, de tal manera que las personas con al menos un grado de educación superior, registraron un promedio de 49 minutos; por el contrario, las personas sin educación básica terminada, esto es, que no han concluido la educación secundaria, registran el menor tiempo promedio, con 28 minutos por sesión”. Y “al considerar la lectura de libros, se identifica por ejemplo, que de la población que no tiene la educación básica terminada, 29.5  por ciento lee algún libro y otro tipo de material; mientras que en aquellos que tienen algún grado aprobado en el nivel superior, esta característica se identifica para 72  por ciento de ellos”. La redacción del informe del Molec 2016 parece hecha por personas que no han concluido la educación secundaria, pero más allá de esto, lo que podemos concluir, sin lugar a dudas, es que el Molec tumbó, sin proponérselo, la verdad histórica del 5.3 libros per cápita anuales con la que nos endulzó el oído la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015.

Pero si a todo esto le sumamos, además, la nada desdeñable probabilidad de mentira de los encuestados, es obvio que ciertos indicadores irían a la baja mientras que otros se elevarían considerablemente. Que la gente declare que ha leído por lo menos un libro al año (46 de cien personas así lo declararon) puede decir mucho o nada. ¿Qué libro fue ese? ¿La Biblia, Cincuenta sombras de Grey, Cien años de soledad? En relación con la ENLE 2015, dijimos y hoy reiteramos que ni la Biblia ni Cien años de soledad son libros leídos que cuenten para una encuesta: no son libros leídos, son clichés. Por lo demás, que los estudiantes universitarios declaren que destinan más tiempo por sesión de lectura (49 minutos en promedio), ésta es verdad de Perogrullo: leen sus libros de texto para hacer sus tareas y presentar sus exámenes. Lo realmente interesante sería preguntarles a los universitarios cuántos y qué tipo de libros leen además de los que corresponden a su carrera, pues como bien ha advertido Gabriel Zaid el problema de la lectura no reside tanto en las masas analfabetas y pobres que no saben leer ni escribir, sino en los universitarios privilegiados que no quieren leer sino escribir. Y como el mismo Zaid concluye: si todos los profesionistas leyeran libros, tendríamos un auge nunca visto en la industria editorial.

El alarde de la cultura
Más de una vez hemos formulado la siguiente pregunta en relación con las encuestas sobre consumos culturales: ¿Quién se ufanaría de ser borracho si tiene la oportunidad de alardear que es culto? Hay borrachos cultos, por supuesto, que no tendrían empacho en admitir que además de ser muy lectores son muy borrachos, pero en general las personas mienten en las encuestas, no únicamente porque no desean quedar mal, sino también porque tienen una gran desconfianza hacia las instituciones, y temen que todo lo que digan pueda ser usado en su contra. ¿Por qué en el Molec 2016 son tan bajas las cifras de quienes dicen realizar prácticas de lectura en internet (37 de cada cien): en foros y blogs? ¿Por qué es tan ínfimo (5 de cada cien alfabetizados) el promedio de los que admiten leer historietas? Muy simple: porque admitir esto no da caché sino desprestigio.

Pero además los resultados de estas encuestas van a contrapelo de estudios muy recientes que han demostrado que, cada vez más, los jóvenes y no tan jóvenes se vinculan preferentemente a la pantalla “y su uso está signado por el entretenimiento más que por el estudio” (Francisco Javier Albarello, Leer/navegar en Internet. Las formas de lectura en la pantalla). Se admite incluso que mientras la lectura de libros decrece (en cualquier tipo de soporte), las prácticas de lectura frente a la pantalla aumentan. Queda claro, entonces, que se lee más (en cantidad) pero se lee menos (en calidad), y que el entretenimiento (que ni siquiera involucra preferentemente al libro electrónico) absorbe el tiempo de los lectores.
Todo esto delata una de las grandes incongruencias del 5.3 libros per cápita al año al que llegó la ENLE 2015, pues a diferencia del Molec 2016 que tiene como población objeto de estudio a personas alfabetizadas de 18 años y más, en el ámbito urbano, la ENLE incluyó en su estudio a personas de más de 12 años de edad (de zonas urbanas y rurales), es decir las de 13, 14, 15, 16 y 17 años que, por si fuera poco, son quienes más vínculo natural tienen con las tecnologías de información, al menos en las zonas urbanas.

Dado que la realidad no mejora, la solución ha sido emplear nuevas metodologías no tanto para aspirar a conseguir alguna verdad que sea útil, sino para que las burocracias entreguen informes positivos que justifiquen sus puestos y sus sueldos con cifras que incluso den motivo de orgullo más que de preocupación. De este modo se pierde de vista lo más importante: para qué sirve un examen o un análisis.
Los estudios clínicos, por ejemplo, se mandan practicar no necesariamente para alardear que estamos sanos, sino para descartar que estemos enfermos. Como existen probabilidades, según la valoración inicial del médico tratante, de que estemos enfermos, si dichos resultados confirman la patología ello habrá sido, paradójicamente, muy positivo. ¿Por qué? Porque de este modo el médico podrá aplicar el tratamiento correctivo. Con las estadísticas de lectura lo que se está produciendo es una inversión de los fines y valores: lo que se busca es entregar buenas cifras para justificar al gobierno que las encarga. No para otra cosa las instituciones públicas contratan a los lecturólogos y a las encuestadoras. Todo avance porcentual (así sea mínimo) es oro molido, aunque las cosas puedan seguir igual o estar peores, y si es posible “cucharear” los resultados para que suenen más espectaculares, todos contentos y todos felices aunque la realidad sea negativa.

Sabemos, y se repite todo el tiempo ya como un estribillo fastidioso, que “cada finlandés lee una media de 47 libros al año” (Winston Manrique Sabogal, El País, Babelia, 4 de octubre de 2014). Sabemos también que Finlandia tiene el mejor modelo educativo del mundo. Lo que tendríamos que conocer es la metodología utilizada para llegar a la conclusión de los 47 libros per cápita al año. Y es que si de metodologías estamos hablando, lo lógico sería no inventar nuevas herramientas de medición, sino copiar exactamente las de Finlandia, para que el comparativo sea lógico y referencial. Aplicando la metodología finlandesas que lleva a ese país a alcanzar la increíble cifra de 47 libros en promedio por persona, es obvio que podríamos saber exactamente, en un comparativo que no admita dudas, cuántos libros per cápita leemos en México, y cuántos en Colombia, en Argentina, en Chile, en Brasil, en España, etcétera.

En lugar de hacer esto, ¡inventamos metodologías que ponemos a disposición de los demás países de América Latina y el Caribe para que éstos a su vez actualicen sus mediciones nacionales! Ahora bien, ¿qué tan buena es esta metodología de exportación que ni siquiera el Inegi la aplicó en su Molec 2016, sino que optó por seguir utilizando la vieja metodología del Cerlalc? ¿Alguien puede entender algo? Si tan buena, además de tan prodigiosa, es la nueva metodología del ENLE 2015, ¿por qué el Inegi no la utilizó en el Molec 2016 donde también participó junto con el IPN, el Cerlalc, el entonces Conaculta y Funlectura? Si es producto de exportación, ¿por qué no seguirla utilizando en casa en vez de usar la Metodología Común para Medir el Comportamiento Lector? No resulta lógico.

Lectura sin educación
Lo que sí resulta lógico, y claro, es que a los gobiernos latinoamericanos en general, y no sólo al de México, les interesan más las cifras que la lectura, y especialmente las cifras más que optimistas, espectaculares, rimbombantes, acomplejados como están por el gran ruido mediático que les causa el mítico 47 libros per cápita de Finlandia que, por lo demás, no puede ser sino una leyenda urbana mundial, ya que la pregunta sensata tendría que ser: ¿qué otra cosa hacen los finlandeses, además de leer libros?
Pero aun aceptando que la media de lectura finlandesa sea real, y no ficticia, lo que no aceptan entonces los gobiernos de América Latina es que los altos índices de lectura sólo pueden ir aparejados a la excelencia educativa que, por supuesto, estamos muy lejos de alcanzar en México y en cualquier país latinoamericano. (Recientemente, el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, INEE, informó que el promedio de escolaridad en México equivale a la secundaria terminada.) Se pueden leer 47 libros por persona sólo si se tiene la eficiencia del sistema educativo finlandés. ¿Cómo conseguir índices de lectura no ya digamos cercanos a los 47 libros pér cápita de Finlandia, sino siquiera próximos a los 18 de Noruega o los 15 de Alemania (según cifras siempre discutibles) si el rezago educativo en México y en los demás países de América Latina y el Caribe es más que evidente? Pueden cambiarse las metodologías de medición cuantas veces quieran; lo que no se puede cambiar, con una encuesta, es la realidad.

Apenas el domingo 17 de abril de 2016, el director general del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), Mauricio López Velázquez, “reconoció que al menos uno de cada 100 jóvenes en nuestro país no sabe leer ni escribir y que, en total, 5.4 millones de jóvenes no ha logrado concluir la formación básica” (Laura Poy Solano, La Jornada). Esto en cuanto a los jóvenes, exclusivamente, pero hay algo peor: “de los casi 30 millones de mexicanos mayores de 15 años que se encuentran en rezago educativo, 25 millones corresponden a quienes no lograron concluir su primaria y secundaria”. Si esta fuese la realidad finlandesa o noruega o alemana, resulta obvio que los finlandeses no leerían 47 libros per cápita al año ni los noruegos 18 ni los alemanes 15. ¿Es tan difícil comprender esto? El escritor y editor Jaime Labastida, director general de Siglo XXI Editores y de la Academia Mexicana de la Lengua, estima, con muy buenas razones y con deducciones lógicas que se desprenden de la actividad del mercado editorial, que el índice de lectura en México no llega siquiera al 1 por ciento: 0.6 libros per cápita al año, para ser más exactos.
Hoy se sabe (porque todo acaba sabiéndose) que las cifras alegres de la ENLE 2015 se tuvieron listas mucho antes del 9 de noviembre de 2015 en que se dieron a conocer públicamente. Pero se reservaron no sólo para soltarlas en vísperas de una fecha coyuntural (el Día Nacional del Libro), sino también porque resultaban escandalosamente buenas. Eran tan buenas que antes de revelarlas las revisaron detenidamente para “calibrarlas” y “cuadrarlas”. Esto es lo malo de dar tan buenas noticias en medio de una realidad tan mala. En circunstancias adversas, las buenas noticias asustan… porque tienen un enorme parecido con las mentiras.

Fuente:http://campusmilenio.mx/index.php?option=com_k2&view=item&id=4292%3Aindices-de-lectura-entre-la-ficcion-y-la-realidad&Itemid=143

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