Veinticinco años de competitividad en México: lo bueno, lo malo y lo feo

Por: Luis Mauricio Torres Alcocer

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El ritmo de crecimiento de nuestro país es poco impresionante. Según algunas estimaciones, ha sido de 2.6% anual en promedio de 1993 a 2015. El observatorio económico México ¿Cómo Vamos? y el grupo de expertos que participan en él indican que la meta de crecimiento debería ser de 6% anual.

En 2012, Claudio Loser y otros especialistas establecieron en el libro Una nueva visión: México 2042. Futuro para todos que bajo un escenario de políticas económicas correctas se podría crecer 5%. Lo anterior nos indica que en los últimos 25 años la competitividad ha permanecido estancada y las políticas públicas impulsadas han sido insuficientes para detonar el crecimiento. La buena noticia es que algunos de los viejos obstáculos para la competitividad han sido retirados y otros están en proceso de desaparecer, si bien nos falta resolver temas de Estado de derecho.

Las enfermedades del México actual

Los estudios sobre las causas de nuestro mediocre desarrollo y la incapacidad para salir de la trampa del ingreso medio no faltan. En 2014, el McKinsey Global Institute1 publicó uno de los análisis de la competitividad de nuestro país que más ruido han hecho en los últimos años. El argumento principal del documento es que en realidad existen dos Méxicos. El primero es moderno, con altas tasas de crecimiento y procesos de manufactura tecnificados, y está globalmente conectado; en él viven las empresas grandes que aumentan su productividad en 5.8% al año. El segundo es un México de sectores económicos tradicionales, con falta de innovación, un serio problema de informalidad y escala. Este país es el de las empresas pequeñas e ineficientes, en el que la productividad cae un 6.5% anual.

En el IMCO hemos analizado el problema desde una óptica distinta: observamos la composición sectorial del país y analizamos su tasa de crecimiento.2 Nuestra conclusión es que en realidad hay tres Méxicos. Uno de ellos creció a tasas parecidas a las de China durante la década pasada, con sectores orientados a las exportaciones manufactureras de alto valor agregado y concentrados en regiones como el Bajío y el norte del país. En el segundo México encontramos un grupo de sectores que crece poco (a tasas similares a las del promedio mexicano: 2.6%). Estos sectores están orientados al mercado interno, que no crecerá si no se elevan la productividad laboral y los salarios. En el tercer México están los sectores que destruyen valor, principalmente el energético y la construcción.

A finales de 2015, la revista The Economist también abordó el modelo de desarrollo mexicano haciendo uso de la analogía de los dos Méxicos.3 Por un lado, señala que la implementación de reformas en las últimas décadas ha permitido el florecimiento de islas de modernidad, acelerando el crecimiento de una clase media y globalizada. Por el otro, las políticas no han logrado reducir la pobreza en amplios sectores de la población.

Si tenemos un exceso de diagnósticos sobre el estado de la competitividad actual, entonces la pregunta es si durante los últimos 25 años los frenos a la competitividad han cambiado y en qué sentido.

Lo bueno

Hemos dejado atrás problemas macroeconómicos crónicos que inyectaban inestabilidad financiera. El manejo de la deuda pública parece ser más prudente que el que detonó la crisis de 1982. Los datos de inflación superiores a 150% registrados entre 1987 y 1988 son historia. Hoy, ese indicador se encuentra usualmente dentro del rango objetivo del Banco de México, entre dos y cuatro por ciento. La liberalización de los mercados cambiarios y la gradual despetrolización de las finanzas públicas también han abonado a la estabilidad macroeconómica.

Por otra parte, uno de los avances más importantes de México fue la apertura comercial en la década de los noventa con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (tlcan). La transición de una economía con un modelo heredado de sustitución de importaciones a uno de integración comercial y financiera con la región abrió las puertas a la competitividad, la especialización y mejoras en la productividad de algunos sectores. Por ejemplo, las exportaciones de alta tecnología en 1990 representaban 8% del total de exportaciones, mientras que en 2000 la cifra fue de 22%, aunque en años posteriores la proporción ha disminuido.

Lo malo

Desde el primer Índice de Competitividad Internacional del IMCO, publicado en 2003, hasta 2013, las recomendaciones de política pública no cambiaron mucho: los problemas de competitividad continuaban siendo los mismos año tras año.

A partir de la crisis de 1995 y prácticamente hasta la actualidad (con excepción de una breve recesión en 2001 y, por supuesto, la crisis financiera de 2009) la economía mexicana ha sufrido una falta crónica de dinamismo. La conversación sobre los problemas de la economía mexicana cambió de rumbo y se centró en el papel de la microeconomía y los mercados. Este enfoque originó una visión que enfatizaba la necesidad de reformas estructurales. Estas propuestas iban dirigidas a mejorar el marco regulatorio para convertir a México en un destino atractivo para hacer negocios, detonar el capital humano con políticas educativas, reformar el sistema judicial y los derechos de propiedad, y flexibilizar el mercado laboral y el sector financiero. También se propuso institucionalizar la regulación a favor de una mayor competencia y el aprovechamiento de los recursos energéticos. Adicionalmente, los temas relacionados con la brecha digital y la calidad educativa también fueron abordados en ediciones posteriores del índice. Las propuestas de política buscaban detonar la productividad mediante una mejor asignación de los recursos y eliminando gradualmente las distorsiones de los mercados de factores.

Durante la primera década del siglo XXI, el proceso reformista fue lento y su implementación no estuvo libre de fricciones políticas; sin embargo, 2013 fue un año en el que algunas reformas estructurales fueron promovidas de manera hiperactiva. Dos años más tarde, el impacto de las reformas es poco claro, pero apunta en la dirección correcta. La reforma energética ya comenzó el proceso de la Ronda Uno para adjudicar contratos de producción compartida y licencias a empresas privadas por primera vez. Dos operadores internacionales de telecomunicaciones entraron al mercado mexicano en 2013. A partir de la promulgación de la reforma laboral, el crecimiento de los empleos formales ha sido más alto que el del PIB, a diferencia de años anteriores. La implementación de la reforma educativa ha significado por primera vez la evaluación de profesores. Por otro lado, probablemente aún es muy pronto para medir el impacto de otras reformas, como la financiera o de competencia.

Si bien las reformas de 2013 eran necesarias, no son una panacea y no son milagrosas: las tasas de crecimiento económico de 2014 y 2015 no son muy distintas al promedio de los últimos 20 años. Se debe reconocer que una correcta implementación de esas reformas es fundamental para que tengan efecto en el crecimiento. Su tiempo de maduración en algunos casos es largo; en otros, lo sucedido en 2013 es solo el comienzo de una larga lista de cambios regulatorios urgentes, pero sin duda apunta en la dirección correcta.

Lo feo

Suponiendo que las reformas de 2013 tengan efectos positivos en la competitividad y el crecimiento en los años que vienen, hay un tema que no hemos logrado resolver. Actualmente, los mayores obstáculos para la competitividad son la falta de un Estado de derecho, una rampante corrupción acompañada de impunidad y una crisis de violencia e inseguridad. En el último Índice de Competitividad Internacional del IMCO, México obtuvo su peor calificación en el subíndice de Estado de derecho, ocupando el lugar 40 de 43 países evaluados, solo por arriba de Colombia, Nigeria y Guatemala.

Sin duda, la agenda para reducir el costo de la delincuencia para los negocios y los niveles de violencia en el país, y para restaurar la confianza en las instituciones, es la de políticas públicas para la competitividad, que debe ser primordial en los años siguientes.

La economía mexicana ya logró superar los problemas macroeconómicos de finales del siglo XX e impulsar reformas estructurales para elevar la productividad, pero nos falta rediseñar el entorno institucional para detonar el desarrollo. No existen políticas de estabilidad macroeconómica o reformas estructurales que puedan detonar el crecimiento sin un Estado de derecho sólido.4 

1 http://www.mckinsey.com/global-themes/americas/a-tale-of-two-mexicos

2 http://imco.org.mx/articulo_es/tres-paises-dos/

3 http://www.economist.com/news/leaders/21665027-its-combination-modernity-and-poverty-mexico-provides-lessons-all-emerging

4 Para más información sobre los estudios del IMCO, entra a nuestra página o síguenos en nuestras redes sociales facebook.com/IMCOmx | @IMCOmx.

Fuente:http://estepais.com/articulo.php?id=502&t=veinticinco-anos-de-competitividad-en-mexico-lo-bueno-lo-malo-y-lo-feo

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