México: medio siglo y dos cuartos

Por: Lillian Briseño Senosiain

bandera

2016 es un año bisagra entre dos momentos climáticos de México y el mundo: 1991 y 2041. Veinticinco años para atrás y otro tanto para delante. En el primero, el planeta, tras la caída del Muro de Berlín, iniciaba su tránsito a la integración; para el segundo, la globalización y la interconectividad, resultado de diversos avances científicos y tecnológicos, habrán logrado que, virtualmente, toda la humanidad esté en comunicación. Recordemos aquí cómo vivíamos los mexicanos en aquel fin del siglo XX e imaginemos nuestra vida en la década de los cuarenta del XXI.

Me encuentro, pues, en el punto intermedio entre dos bodas de plata, las que este año de 2016 se cumplirán con respecto a 1991, y las que se celebrarán a partir del presente en el 2041.

1991

El futuro siempre se ha dibujado como fantástico… y para mí y muchos más que habíamos crecido con la ilusión del siglo XXI, este se imaginaba como la culminación del futurismo. Todo pasaría entonces para que ese mundo que vislumbrábamos al mejor estilo de Verne, pero combinado con Los Supersónicos, Viaje a las estrellas y El túnel del tiempo, se hiciera realidad en el siglo por venir.

Mientras ese futuro llegaba, en realidad mi vida diaria en 1991, en esa última década del XX, poco anunciaba del paraíso en el que los robots, la comida en píldoras y los viajes en el tiempo y al espacio se impondrían en el planeta. Toda la gente que conocía, y yo misma, salíamos a trabajar sin que nos encontráramos en el camino a los androides o compartiéramos con ellos nuestro espacio laboral. En esencia, los artículos más modernos eran una expresión actualizada de aquellos que ya figuraban en el mundo a principios de ese siglo: automóviles, aviones, motores, teléfonos, fonógrafos, cine, etcétera. Pero no importaba, seguramente los robots aparecerían pronto, la manipulación genética acabaría con las hambrunas y Marte se convertiría en el plan B en caso de que esta Tierra agotara sus recursos. Para eso estaba el siglo XXI. ¡Faltaba más!

Por lo pronto, la sopa de pasta figuraba en nuestra poco balanceada alimentación, y de hecho la ecuación basada en el chile, el maíz y el frijol —tan preciada en la cultura mesoamericana— seguía presente en la dieta diaria de los mexicanos, vía las salsas y los tacos, tortas y tostadas —por no decir sopes, garnachas y tlayudas—, a los que la modernidad y el futuro les venía guango, sin temor a lo que pudiera ocurrir “cuando el destino nos alcanzara”.

Una invasión de productos tecnológicos iba haciendo sus pininos en México, alterando el día a día de unos cuantos, aunque no sin su buena dosis de preocupación por las inminentes y peligrosas consecuencias que su uso acarrearía, encabezadas por el cáncer que irremediablemente nos sobrevendría a todos los que comiéramos productos cocinados en los modernos hornos de microondas, o a quienes nos expusiéramos a las terribles ondas que emitían los nuevos teléfonos celulares. Pero como su uso apenas se hacía presente en el país, los hornos de gas, en el mejor de los casos, se mantenían como lo más novedoso para cocinar; y para comunicarnos, lo realmente necesario y valioso era contar con una línea fija de telefonía que era la reina de los medios y la base de la comunicación a distancia de toda la población. Nadie se atrevería entonces a preguntar tras una llamada “¿En dónde estás?”, pues esa era una de las pocas certezas que la modernidad había traído a la humanidad.

Yo escuchaba las noticias y la música en el mismo radio en el que las habían oído mis padres, y aunque los lp habían sido sustituidos por unos discos más pequeños llamados cd, en principio seguían la misma lógica de los anteriores. En ellos escuchaba en 1991 el estreno del grupo de moda de música en español, Mecano, que con su 7 de septiembrenos recordaba que ese era “nuestro aniversario”, el de ellos y el mío, que por entonces terminaba mis años veinte, lo que me permitía tener un referente de lo que había sido el pasado reciente y una gran expectativa por lo que el siglo xxi nos depararía.

Las computadoras personales hacían previsible ese universo y se convertían en una herramienta deseable y aspiracional, a la que, no obstante su utilidad, aún muy pocas personas tenían acceso. Los grandes aparatos con pantallas en blanco y negro, que requerían de varios segundos o minutos para iniciarse, representaban el clímax de la vida moderna, de la eficiencia, la velocidad, la productividad y la posibilidad de almacenamiento a través de un sofisticado mecanismo que grababa la información en unos discos blandos llamados floppies con una enorme capacidad de 2.8 mb.

Yo vivía en la Ciudad de México, que presumía en la última década del siglo XX de ser la más poblada del mundo con más de 20 millones de habitantes, lo que generaba una serie de sentimientos encontrados que se dividían entre el prestigio de ser una urbe tan importante y la calamidad que esto significaba de la mano de un crecimiento anárquico. El caos vial de la capital no se resolvía ni con todos los ejes viales construidos años atrás, y los citadinos padecíamos las consecuencias que toda megalópolis conlleva. No importaba, pues, por fin, en algo éramos los primeros los mexicanos: ¡le habíamos ganado al resto de los países!

La globalización y los tratados comerciales internacionales empezaban a ser temas comunes que se contemplaban como una posibilidad real, pero para los mexicanos de a pie, la vida seguía igual y la endulzábamos con las mismas Lunetas, Gansitos y Tin Larines de siempre, aunque unos pocos lo hacían ya con los Milky Ways y las Sweetarts que “del otro lado” nos llegaban. Sí, la globalización y la apertura comercial no tardarían en integrarnos a las tendencias mundiales.

Mientras ese momento llegaba, México se regodeaba en su propia realidad, donde parecía que, por fin, las mieles de la democracia, la solidaridad y la libertad —llamada por algunos neoliberalismo— nos empezaban, ahora sí, a hacer justicia a los sempiternos amolados mexicanos. El siglo que acababa había logrado grandes éxitos en el plano educativo al conseguir que casi el 90% de los mexicanos supiera leer y escribir en libros y cuadernos impresos (¿en dónde más?). Pocos recordaban en 1991, sin embargo, que había una gran masa de pueblos indígenas que esperaban que alguien apareciera en el escenario para tratar de reivindicar sus “usos y costumbres” centenarios.

Este país renacía y parecía tener el mundo a sus pies en ese emblemático año de 1991. Se recuperaba de las recientes crisis económicas y hasta los gringos querían ser nuestros socios comerciales, con lo que la globalización nos vendría a hacer “lo que el viento a Juárez”, porque seguro que saldríamos fortalecidos de nuestras novedosas alianzas. Y hablando de Juárez, por cierto, el papa Juan Pablo ii nos había visitado apenas en 1990, y volvería a hacerlo en 1993, vendría a un país reformado, con lo que México parecía efectivamente hasta bendecido en la nueva ruta. La suerte estaba echada y sonreía de cara al siglo xxi.

Por si esto fuera poco, podíamos presumir de tener dos figurones en el escenario deportivo internacional: el “Toro” Valenzuela destacaba en la Serie Mundial —y hasta guapo lo veíamos— mientras nos enorgullecíamos del “Pentapichichi” Hugo Sánchez, que demostraba a los españoles que ahora íbamos nosotros “a por” ellos para conquistarlos.

La verdad es que el porvenir se veía promisorio en ese primer año de la década de los noventa de cara al cambio de milenio, no solo para México sino para el mundo entero, y el fin de la Guerra Fría suscribía que el capitalismo era la mejor opción, o que al menos había ganado esta batalla, dando lugar a que muchos consideraran este episodio como el “fin de la historia”.

En ese escenario, no era difícil imaginar el porvenir, irremediablemente ligado al desarrollo científico y tecnológico, ahora dirigido a asuntos más constructivos y positivos y no solo al desarrollo de armas para la guerra. Su presencia hacía pensar en la inminencia de que, a partir de él, en el futuro cercano —ahora sí— los viajes turísticos intergalácticos serían una realidad, los autos volarían por el cielo, los robots facilitarían el trabajo y las personas serían capaces de teletransportarse sin mayor dificultad.

Y así, con estas grandes expectativas, llegó el cambio de siglo, aunque la verdad nuestra vida diaria seguía desenvolviéndose, más o menos, igual que lo había hecho hacía 25 o 50 años atrás. Y más allá del temor que el Y2K generó por la potencial “caída” de todos los sistemas informáticos —que al final solo quedó en eso, en temor—, podría decirse que nada cambió en la cotidianidad de las personas. Bueno, sí… a finales del siglo XX, en esa última década, se presentó un invento cuyas consecuencias nadie había imaginado o previsto en el pasado, y mucho menos el impacto que tendría en el planeta: internet. Con él, la revolución digital marcaría un cambio fantástico de cara al milenio que iniciaba.

2041

En el siglo pasado, internet fue el arranque de una serie de cambios que alteraron nuestras formas de comunicar, investigar, trabajar, comercializar, consumir y divertir. Tanto así que para 2041 las cosas han dado una vuelta de tuerca con respecto a aquella vida, aún tradicional, que experimentábamos medio siglo atrás. Y si decíamos que entre los sesenta y los noventa del XX no había habido grandes cambios ni revoluciones tecnológicas, la que se desarrolló a partir de la era digital explotaría de manera vertiginosa y vigorosa, alterando en mucho mi vida diaria.

Es cierto que los viajes en el tiempo no se han realizado, y los del espacio siguen acotados a un puñado de privilegiados en esta quinta década del nuevo milenio. Pero la teletransportación, o al menos una variable suya, se ha podido lograr a partir del desarrollo de la tecnología que permite interactuar en tiempo real a pesar de las distancias. Esto ha reestructurado el concepto del trabajo y el tiempo ya que, con las nuevas herramientas, muchos tenemos la oportunidad de hacer prácticamente cualquier cosa a distancia. Lo cual está bien, pues en un país como México que ya cuenta con casi 150 millones de habitantes, y con la mayoría de las personas viviendo en espacios urbanos, muchas incluso en megaciudades, se agradece el poder laborar y socializar desde un entorno cómodo y cercano.

El intercambio de información y conocimiento a nivel global me permite conseguir cualquier artículo en México, donde, al igual que en muchos otros lugares, todas las compras son en línea y con una perfecta logística que permite la entrega en tiempo récord. Esta tendencia ha alterado por completo el mercado internacional, haciendo de los aranceles una cosa del pasado, pues los tratados de libre comercio, que eran cada vez más e integraban a más economías, terminaron por volverse ridículos e improcedentes en esta economía global. Es por ello, también, que ahora todos los países en Latinoamérica compartimos una misma moneda, el Latam, que ha fortalecido económicamente la zona y diluido poco a poco las fronteras geográficas, aunque las culturales se han fortalecido, quizá como una forma de supervivencia en la aldea global.

Para México, el panorama sigue siendo alentador. A pesar de algunos tropiezos en la última década del siglo XX y un proceso algo complicado en términos de la vida democrática, en el arranque del tercer milenio se ha fortalecido el país, que se posiciona como una de las grandes promesas del planeta y aspira a mejorar aún más hacia 2050, para ubicarse tal vez entre las siete naciones más poderosas.

Como ha ocurrido a lo largo de nuestra historia, seguimos atados al desarrollo del vecino del norte, que —a pesar de todos los pronósticos— se mantiene como una de las economías más robustas. Así pues, continuamos siendo muy buenos fabricantes y maquiladores de diversos productos, pero todavía no podemos posicionarnos como agentes de cambio desde el punto de vista de la investigación y el desarrollo científico. Nos sigue faltando inversión en estos rubros para poder progresar. La meta hoy ya no es la cantidad de la educación que se ofrece sino lograr una mayor calidad para competir realmente en el concierto internacional. En esta historia fue fundamental el esfuerzo por mejorar las condiciones de bienestar de los pueblos indígenas, que permite vislumbrar, por fin, la posibilidad de que ser indio en México no es sinónimo de pobreza y rezago, sino de riqueza y diversidad cultural.

Hoy pocos recuerdan la dependencia durante casi 100 años del petróleo, pues en este siglo los mexicanos nos “pusimos las pilas” para buscar formas alternas de obtención de recursos energéticos y explotar al máximo las ventajas de ser, literalmente, el “ombligo del mundo”. La vecindad con Estados Unidos, nuestros litorales hacia ambos océanos, el hecho de vincular el norte y el sur del continente americano y la liberación de la economía han permitido que por nuestro territorio cruce o se maquile una gran cantidad de productos en condiciones favorables, impactando por fin a las mayorías. Y aunque todavía tenemos nuestras áreas de oportunidad en la distribución de la riqueza, cada día somos más los mexicanos que pertenecemos a la clase media.

Aún no somos una potencia mundial en muchos temas, pero nos hemos puesto en paz con nuestra historia y hemos aprendido a explotar, por fin, las bondades naturales y la fortaleza cultural del país. Atraemos así a una gran cantidad de turistas a nuestro territorio y exportamos la mejor versión de lo mexicano. ¡Qué bien que competimos en esa área!

La gastronomía nacional ha recuperado su esencia india, española y mestiza, con un impacto enorme en la cocina internacional, donde el aguacate, la flor de calabaza y los nopales, de la mano del chile, el maíz y el frijol, han revolucionado el arte culinario. Lo mismo sucede con las artesanías y bordados típicos de las diferentes regiones que, con motivos mexicanísimos, son utilizados por los grandes diseñadores para dar un colorido increíble a sus creaciones.

En otras latitudes, la investigación sigue yendo de lo macro a lo micro, como antaño, pero con un desarrollo espectacular a partir de la nanotecnología y las energías renovables. Gracias a ellas se han realizado grandes avances científicos, debido a la manipulación de las partículas atómicas. Así, empiezan a aparecer en el escenario verdaderos prodigios —impensables hace un cuarto de siglo— en prácticamente todas las áreas del conocimiento, desde la salud hasta los viajes espaciales, pasando por la producción de alimentos y la purificación del agua. Y aunque aún nos peleamos por derrotar a bacterias y virus que han causado verdaderas epidemias en el mundo por mutaciones que nadie imaginaba, los avances en tratamientos de diversas enfermedades son muy optimistas. Así, la esperanza de vida es hoy de más de 100 años, con lo que, ni hablar, la población mundial quizá ya no crezca tanto como en la centuria anterior, pero sí que se hace más vieja en todas las latitudes. Yo feliz porque ahora, en mi tercer cuarto de siglo, sé que la “vida empieza a los 70”. Lo cierto es que en 2041 es posible pensar que muchos de los que hoy viven serán testigos de la llegada del siglo XXII, lo que suena fantástico.

Desafortunadamente, aunque los avances científicos son inmensos, su aplicación y masificación siguen siendo lentas. Por otro lado, la misma profundidad que logramos hoy en las investigaciones hacen que surjan millones de variables y posibilidades desconocidas hasta ahora, que es necesario explorar o desarrollar, lo cual no está mal porque, estoy convencida, la curiosidad sana y malsana está en los genes y enriquece nuestro conocimiento sobre el planeta y el universo que habitamos.

Por lo pronto, lo que sí podemos utilizar prácticamente todos los habitantes de este planeta son los aparatos celulares, que en los noventa del siglo xx inauguraron la era digital y en esta década cumplen sus primeros 50 años. Además de ser un buen ejemplo de democratización tecnológica universal, se han transformado en verdaderas computadoras con capacidad inacabable, una velocidad increíble y aplicaciones para lo que sea. Todo lo puedo hacer desde este aparato, o desde alguna de sus muchas variaciones.

Esta sí que es una revolución en la vida cotidiana de la población, pues la realidad virtual nos lleva a juntas laborales, bibliotecas, laboratorios, museos, escuelas y países. Bueno… ¡hasta el dinero es virtual! Por eso, lo más valioso en la vida de cualquier ser humano es una pantalla —dura, blanda, grande, líquida, plegable, curva o expandible—, porque el mundo se encuentra contenido en ella.

Hay cosas en este 2041 que imaginábamos hace 25 o 50 años y no sucedieron, y otras que ni se nos ocurrieron y se han hecho presentes de forma dramática. Pero hoy, como antes, el futuro sigue siendo esperanzador o apocalíptico, según las creencias de cada quien.

Aun así, mi vida cotidiana y la de la mayoría sigue siendo muy parecida a lo que fue en el pasado, apegada a prácticas muy antiguas en mi diario quehacer; con una cultura más universal e incluyente quizá, pero también mucho más reconciliada con mi historia y orígenes.

Y en este mundo más íntimo y cotidiano, disfruto de nuevo de esa deliciosa sopa que comía cuando era niña, escucho las oldies but goodies que nos sabemos los jóvenes y los mayores, y traigo a colación la plática que nos hace recordar quiénes somos y qué somos. Así, más cerca o más lejos, mi familia se sigue reuniendo como lo hacíamos en el pasado y como seguramente lo seguiremos, o seguirá, haciendo en el futuro… “por los siglos de los siglos”. 

Fuente:http://estepais.com/articulo.php?id=489&t=mexico-medio-siglo-y-dos-cuartos

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