El fundamentalismo de mercado provoca desigualdad

 

Por Rolando Cordera Campos

La pregunta hecha por los editores de Forbes de ¿por qué los mexicanos no nos llevamos bien con la riqueza? puede responderse de múltiples maneras. Para empezar, yo diría que no hay tal, que eso de que “los mexicanos” no nos llevamos bien con la riqueza es una especie intencionada, pero sin fundamento histórico o analítico, y que más bien ha servido para soslayar el meollo de la cuestión social contemporánea de México, que tiene que ver con una desigualdad económica y social, de ingresos y acceso a las garantías y a los derechos sociales, que se ha convertido ya en un bloqueo al crecimiento sostenido y a una evolución política democrática digna de tal nombre.

Al final de un recorrido más o menos riguroso a lo largo de la historia del país, lo que uno encuentra no es tanto una molestia con la riqueza, sino más bien un malestar con las maneras como tal riqueza se reparte entre quienes la producen, así como con los usos que se hacen de ella en la vida social y los procesos de producción económica.

Asimismo, la historia nos enseña que este “mal llevarse con la riqueza” nos refiere sobre todo a una historia política que, en lo fundamental, ha transitado por senderos no democráticos ni deliberativos, sino de presencia activa y agresiva de las masas pobres o empobrecidas, por un lado, y de una elites cuyas dificultades para ponerse de acuerdo han impedido la configuración de unos proyectos nacionales que modularan la distribución del esfuerzo social volcado a la producción.

La conciencia de la desigualdad, de la que no puede separarse la pobreza de masas que nos caracteriza, ha llevado a muchos mexicanos a plantearse otras formas de organización del Estado y de la economía. Sin embargo, hoy como ayer, la marca histórica de la concentración económica que va de la riqueza al ingreso y las oportunidades se ha soslayado y desconocido como el núcleo de las relaciones sociales donde, a la vez, se teje la evolución política que ahora se quiere democrática y plural, además de inscrita en la globalidad del mundo.

La desigualdad guarda una estrecha correspondencia con las tendencias del ingreso y su partición entre personas y familias, con la distribución del producto entre las ganancias y los salarios. Las distancias entre el salario y las utilidades se han mantenido muy grandes y hoy afectan las formas distributivas en la industria moderna vinculada a la exportación.

La mundialización de la política y de la economía, y de su crisis, han derivado en procesos de individualización extrema y despolitización social. Contra estas tendencias, afirma la filósofa española Victoria Camps, “hay que seguir proclamando el valor de la equidad. Sin equidad los individuos no son realmente libres, aunque formalmente vean reconocidas sus libertades, la vida que les es dado vivir carece de calidad y de dignidad. Es preciso proclamar sin reservas la universalidad de la igualdad y ejercer políticas de justicia distributiva a nivel internacional”.

No es tarea sencilla. Sin embargo, también es cierto que el agravamiento de la desigualdad económica que tiene lugar en la actualidad no es inevitable. Los gobiernos pueden empezar a reducir la desigualdad rechazando el fundamentalismo de mercado, regulando los intereses particulares de las elites poderosas, cambiando las leyes y los sistemas que han provocado la actual explosión de desigualdad y adoptando medidas para equilibrar la situación a través de la introducción de políticas que redistribuyan el dinero y el poder.

Para lograrlo, el punto de partida tendrá que ser la recuperación de la idea de desarrollo y el rescate y reivindicación del Estado social que en México tiene que empezar por ser un Estado fiscal.

La creación y distribución de la riqueza es siempre una historia profundamente política. Quizás, a lo que los mexicanos hemos renunciado es a hacer buena política.

Fuente:http://www.forbes.com.mx/fundamentalismo-mercado-provoca-desigualdad/

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