La universidad en la calle

Por: Luis Porter

 

El sentido de la universidad como lugar físico es que en su recinto las ideas se constituyan como proyectos académicos; la actividad individual sea comunicada en conversaciones constantes entre colegas y en una armoniosa y respetuosa relación con el docente; que existan cuerpos académicos que vayan más allá de la formalidad de la adscripción y el membrete. Nada de esto ocurre. En lugar de la armonía prevalece un ambiente de pasiva conflagración. No hay proyecto, no hay metas y la amplia variedad de opiniones en cuanto a la organización y sus estrategias, han sido sustituidas por rituales burocráticos, convocatorias a elecciones donde nadie representa a nadie, comités que imponen reglamentos, y una carencia total de imaginación, de ideas y para qué mencionar al humor. La rutina cotidiana se arma con una serie de obstáculos que impiden imaginar cualquier cambio que requiera acción organizada. El mejor símbolo de la universidad actual es el aula con pizarrón y sus sillas alineadas, una presencia obsoleta. En pocas palabras, es difícil encontrar en las instituciones universitarias actuales las condiciones necesarias para impulsar cambios. Con esta descorazonada realidad en la mente y el corazón, en las últimas, aunque ya demasiadas semanas, ha existido una escalada de amenazas de bomba que ha puesto a la UAM Xochimilco, en vilo. La prensa calla, las autoridades callan, hay una estrategia de negación evasiva que lleva a que parte de la comunidad reaccione desconcertada y otra haga de sus miedos un murmullo alimentado por hipótesis fantásticas.
No nos detendremos en las posibles razones de tales ataques, porque no tenemos la información necesaria. No hay base para reclamos y denuncias. Dejamos que el Face Book vocifere como parte de la parafernalia inútil que tanto distrae a las redes sociales. Lo interesante de esta inusual y alarmante situación es la enorme oportunidad que ella representa para aquellos estudiantes y docentes que mantienen su compromiso con la educación. La inquietante situación de bomba, abre insólitamente la posibilidad de demostrar que las universidades tal como las hemos concebido y construido, han ido perdiendo su sentido. Para probarlo, decidimos dejar de asistir a la universidad, hasta que el asunto de las bombas quede totalmente esclarecido y superado. Es irresponsable exponernos y exponer a nuestros alumnos al estallido que la escalada y el tratamiento político anuncian. Aprovechando las continuas salidas a la calle, decidimos quedarnos en ella. Al hacerlo estamos convirtiendo la incomodidad de la evacuación, con el cumplimiento de un sueño tejido por expertos en educación y estudiosos de las universidades, con quienes ya hace tiempo lo entendimos como un paso imprescindible para su transformación: la universidad en la calle.
Cuando observamos a la universidad desde la calle, (en este caso a la Unidad Xochimilco), lo que vemos es un grupo de edificios en el que se alinean y sobreponen salones, largos pasillos en crujías semejantes a las de una fábrica, un hospital o una cárcel. Xochimilco, de un planteamiento pedagógico de vanguardia (el sistema modular), fue regresando paulatinamente al afán por traducir, imitar y repetir las ideas y a los autores de moda, para terminar reproduciendo una pedagogía arcaica basada en la cátedra y continuar construyendo salones pensados para eso. El clima de taller, de laboratorio, de punto de experimentación, ha sido excluido de la cabeza de las autoridades como de la de los arquitectos que siguen agregando espacios convencionales al original búnker gris. Aferrados a la tecnología del pizarrón y mesas que no son ni restiradores ni escritorios, los alumnos llegan al escenario que los invita a continuar con la cultura del silencio y el sometimiento, de la resistencia y las excusas. No hay lugar para un pensamiento otro que reconozca la condición local de los saberes, que conozca el consumo cultural no-presencial de estos estudiantes, cuyos años de entrenamiento para evadir al docente requiere de estrategias de avanzada, y no de orejas de burro.
Se desconoce a la juventud actual, particularmente su cultura, sus lenguajes, lo que traen, acervo que es negado y subestimado por sus maestros: “vienen mal preparados” es el eslogan falso que se repite constantemente. Mientras tanto, en la universidad no existen reuniones ni seminarios ni esfuerzo alguno por imaginar cómo será o podría ser, la educación (o la vida) en cualquiera de los futuros, (remoto, distante, cercano, mañana). Nadie logra extrapolar el presente al futuro, que por lo demás es la pretensión de toda ciencia disciplinaria. Hasta que las amenazas de bomba nos hacen ver que el futuro está presente. Y como es el presente lo que nos preocupa, con sus claras señales de una educación en crisis, y ante la zozobra mal disimulada que viven las autoridades, propusimos, (al menos mientras el conflicto se resuelve) vivir un presente nuevo. Hace tiempo que estamos convencidos que no tiene sentido pensar el futuro como una continuación de este presente. Si el presente que vivimos surge de las formas de pensar que dominan, subordinan y excluyen, y éstas no nos gustan, no tiene sentido aceptar un futuro que surja de las mismas formas, con la misma visión. El mundo que vivimos lo construimos nosotros con nuestro vivir.  Es así como propusimos no regresar a la universidad, mientras haya incertidumbre y sea peligroso, e inaugurar  en cambio, un modelo de encuentros presenciales y virtuales, que nos permitan proseguir con nuestras tareas, incluso mejorarlas e incrementarlas. Diversificamos los puntos de encuentro, a) en los espacios jardineros adyacentes a la unidad, b) en el espacio adecuado de una cafetería cercana a cambio del consumo de algún refresco o café, c) en el estudio u oficina de alguno de los docentes, d) en el uso, ya cotidiano y amplio de las redes cibernéticas.
Para cumplir con el Plan B a la evacuación, dedicamos una primer semana piloto dándole al grupo de 30 jóvenes con edad promedio de 20 años, la co-responsabilidad de construir y asumir en conjunto los nuevos espacios y sus tiempos. Una buena parte proviene de localidades situadas a un promedio de distancia de dos horas de viaje. Las circunstancias permitirán comprobar la inutilidad de tener al estudiante rururbano presente físicamente cada día de la semana. Aprovechamos la inquietud general, para enseñarles una posibilidad diferente de vivir en el presente, dedicados a la hechura de un futuro que tenga particularidades que ellos definan y no exclusivamente las que hace cuarenta años, otros copiaron de un modelo ya agotado. Usamos la semana piloto para constatar que podíamos continuar la siguiente semana, (el lunes en que este artículo sale a la luz) para hacerles ver que sería un error hacer de este presente amenazante y peligroso el de ellos, señalando el peligro de extrapolar formas obsoletas de enseñar, hacia el futuro. Aprovechamos la oportunidad de que busquen su identidad dentro de ellos mismos, inventando una forma diferente de universidad, siguiendo la premisa de que quien busca su identidad fuera de sí, está condenado a vivir en la ausencia de sí mismo. Y así fue como lo que hicimos en este regalado hoy fue contribuir a la integridad y autonomía en el vivir de estas generaciones que han puesto a nuestro cargo, y en cuyo futuro debemos incidir, desde el lugar donde seamos mas eficaces y eficientes.

La inseguridad intra-muros, nos invitó a salirnos de la institución para transitar otros senderos en el ámbito urbano, en las calles y espacios públicos y abiertos de la ciudad, pero también en el espacio virtual acotado por nuestra presencia, que hoy, al salir, llega hasta las áreas rururbanas donde muchos residen, en pueblos y comunidades a los que la universidad puede y debe acercarse. Dimos, estamos dando, sitio a una nueva concepción espacial, que aprovecha la infraestructura urbana, creando espacios donde prevalece lo orgánico, vivo, en movimiento, creativo y estético. Salir del salón de clase, abandonar esos pasillos convertidos en tianguis de comidas, pone en movimiento no solo la mente sino el cuerpo del estudiante. Como se puede ver en las ilustraciones, sin pupitres el cuerpo hace su aparición y se muestra como es, como cuerpo joven que se expresa.
El diálogo en la universidad de la calle incluye caminatas, trayectorias, acuerdos para ordenarse, rompe la pasividad a la que invita el salón de clases que dice como sentarse, como conducirse, y que revive mecanismos de defensa ante el llamado a pasar al pizarrón o a levantar la mano. En el momento en que los jóvenes comienzan a utilizar su cuerpo de otra manera, las posibilidades de creación comienzan a ampliarse, el uso de la palabra ya no se congela en el silencio, la imaginación y la creatividad emergen, como si tuvieran un nuevo chip instalado en la piel. Del amedrentamiento y humillación que implica ser desalojados por constantes amenazas de bomba, reciben la bienvenida de la ciudad, de la que se apropian de una nueva manera. Las redes sociales, dejan de ser virtuales, y se hacen corpóreas, hay mayor asistencia, se dan acuerdos y suma de intereses comunes. El estudiante amplía su panorama como ciudadano, se da cuenta que el mundo no es solo la colonia donde reside, la universidad a la que está inscrito, se asoma a la cultura urbana, y confronta sus propias reglas sociales tomando conciencia de que estar con sus docentes, es estar entre iguales. Frente a la indignación de la bomba, surge una sensación de libertad que le da la práctica corporal de desplazarse en grupo con sus docentes, buscando un espacio de dialogo vivo. Se descartan, sin discutirlo, rituales como pasar lista, el tiempo no se constriñe a un horario escrito o firmado, ellos mismos ponen las reglas, se fijan fechas de reunión y se establece el clima de taller: el dejarse estar, el dejarse ir. Lo virtual y lo presencial, conforman un continuo que engancha a todos al tiempo completo. Los jóvenes comienzan a intercambiar miedos, sueños e ideas que finalmente se convierten en acciones, hechos y actividades. Ese es el ideal de una universidad imaginada, un lugar en el cual los jóvenes asisten porque se sienten a gusto, porque se encuentran con personas afines a ellos, que los inspiran y los motivan a seguir sus sueños, una universidad en la cual los jóvenes ni sus docentes, compiten entre ellos, sino que se reconocen como seres únicos e individuales, con características propias, las mismas que le ayudan a crecer como seres seguros de si mismos, capaces de volver realidad cualquier cosa que se propongan.
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El espacio urbano rompe sus límites con el uso de las nuevas tecnologías comunicacionales, que permiten ejercer lo que se conoce como especialización múltiple, rompiendo con la idea de recinto, de pasillo, de aula, de espacio compartimentalizado. El grupo y sus docentes deciden salir de su encierro escapando por las puertas y las ventanas, derribando esos muros que han otorgado a la universidad una identidad como espacio cerrado, aislado, especie de torre de marfil muy bien resguardada por los porteros del saber. Así, el conocimiento empieza a esparcirse como gas, trasminando la capilaridad social. Huimos de la bomba y nos encontramos con el conocimiento. Es un acontecimiento para el estudiante, compartir con sus docentes la posibilidad de trastocarlo todo, comenzando con la envejecida universidad de hoy, con sus anacrónicos modos de organización, con sus controles enojosos y autoritarios que provocan reacciones externas de alta violencia, para las que de nada valen sus inútiles prácticas de control. Toda esta situación nos conduce a plantear una pregunta básica: ¿qué universidad nos aguarda en un mundo dominado por la violencia, la desesperación – donde esperar a que las autoridades lo resuelvan se ha convertido en una circunstancia intolerable–, lo que provoca una ruptura del espacio-temporal, los sistemas difusos, el totalitarismo del instante, y nos lleva a la recreación simbiótica del cuerpo humano, que es a la vez cuerpo social y cuerpo virtual?
El mundo humano está hecho de rupturas, emergencias y sorpresas, de futuros in-imaginados que desacreditan, como en esta ocasión, las verdades instituidas. Bajo esta convicción, en lugar de “pensar” a la universidad del futuro como sueño o como proyección de la universidad que hoy tenemos, nos disponemos, como hicimos cuando escribimos “El libro de la Universidad Imaginada”, a imaginarla sin ataduras, atreviéndonos a experimentar lo imposible recuperando nuestras aspiraciones humanas y sociales más profundas.  ¡Qué  apasionante y qué divertido! ya no se trata de una especulación teórica, ya no estamos escribiendo un libro, sino viviendo con nuestros estudiantes la universidad llevada a la calle, guiada por una orientación vital/política/proactiva que con ese hecho, de inmediato recupera la vida, amenazada por fuerzas oscuras, y el control sobre nosotros mismos, que no supieron preservar dentro de la universidad, el control sobre nuestro trabajo y nuestra existencia, para constituirnos verdaderamente como arquitectos activos de nuestro destino. Es una prueba piloto, si, pero jamás antes se habían presentado de forma tan idónea las circunstancias que nos han dado la oportunidad de vivir el módulo con una orientación autonómica emancipadora, anti/contra/post/institucional y, en ese sentido, subversiva. Vemos a nuestros compañeros indignarse, a muchos callar, otros tomarse algo tan serio con una trivialidad propia del que se evade negando, y entonces preguntamos: ¿quién se siente en estos días con la capacidad de forjar sentido y aproximarse a las fuentes de la creatividad?
Como investigadores educativos, salimos corriendo del aula tradicional represora y coercitiva, nos salimos de la rutina, de los rituales, de esos aspectos de la cultura que limitan las posibilidades de imaginar la realidad libremente, pues el método tradicional, ya lo dijimos, nos empuja a ver el futuro como una extrapolación mecánica de lo conocido. Por ello enfrentamos el desafío de romper con la familiaridad, con la anestesia de lo conocido, es decir, asumir el reto de desechar los moldes y las recetas de los manuales de explicaciones ad hoc de las ciencias sociales, lo que implica abandonar nuestras propias certezas y dogmas para acogernos a la fecundidad de la incertidumbre, el desorden y lo que nos desvía de lo trillado.

¿Qué nos empuja? frente al desorden institucional, la intención de crear desde la imaginación y en diálogo, una comunidad decidida a actuar y a vivir de otras maneras. Se trata de imaginar un estado futuro que se comienza a realizar desde el momento mismo en el que lo ponemos en operación, confeccionando una estrategia efectiva de auto-transformación de nuestros espacios de vida más inmediatos y más nuestros. Un grito, un desplante, una corta huida, para sembrar semillas de esa universidad futura ubicada entre el buen lugar y ningún lugar, experimentando nichos de posibilidad, las rupturas de la estructura, en cuyas grietas todavía es posible respirar. Dar clases en la calle, más que aspirar a una revolución que abarque al mundo de la educación superior, aspira a revolucionar nuestros propios micro-mundos y a contaminar a quienes nos rodean con el ejemplo modesto de haber intentado modificar el pequeño lugar, nuestro espacio local, mostrando que fue posible dar un ejemplo de buen vivir, y de buen pensar. Frente al desastre que domina a la sociedad, asumimos el módulo piloto callejero, como una meta-ficción que actúa, no como escape de la realidad, sino como búsqueda de formas posibles de realización alimentadas por las ideas, la creatividad y la belleza.

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