600 empresas buscan revertir el daño ambiental en América Latina

La necesidad de mitigar el cambio climático ha propiciado la creación de nuevas ideas y propuestas ecológicas que 600 microempresas han impulsado en Centroamérica y República Dominicana.

Por Carolina Menjivar

En Centroamérica y el Caribe, el reciclaje de desechos sóli­dos está generando empleo y revirtiendo paulatinamente el daño al medio ambiente. A la fecha, dentro y fuera de la región se comercializan cientos de toneladas de papel, plástico, llantas y otros productos a través de novedosas iniciativas.

Desde agosto de 2009, la Bolsa de Residuos Industria­les de Centroamérica y el Caribe (Borsicca) apoya el intercambio de residuos a través de un sistema electrónico de comercialización que permite el aprovechamiento o la reincorporación de desechos a las cadenas productivas.

Diez meses después de su crea­ción, Borsicca había comercializa­do 8.2 toneladas de desechos, principalmente papel, cartón y plástico. El emprendimiento fue promovido por la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo (Ccad).

A la fecha, 600 micro, pequeñas y grandes empresas han puesto en marcha proyectos y programas de desarrollo sustentable en la región que generan empleo verde, La Orga­nización Internacional del Trabajo (OIT) lo define como: aquel trabajo decente que contribuye con la re­ducción del consumo de energía y materias primas, limita las emisiones de gases de efecto invernadero, mini­miza los residuos y la contaminación. La oferta de empleo verde se identi­fica principalmente en cinco sectores económicos: energía, transporte, reciclaje, bosques y agricultura.

Según la Red Nacional de Apoyo Empresarial a la Protección Ambien­tal (ECORED), en el caso de República Dominicana se puede afirmar que las empresas están mostrando cada vez más interés en incorporar prác­ticas sostenibles en sus operaciones, productos y estrategias.

Por ejemplo, diversos sectores como banca, seguros, alimentos y manufactura ya forman parte de un plan piloto ejecutado en 2015, que consiste en medir todas sus prácticas empresariales median­te la herramienta IndicaRSE (una autoevaluación basada en la ISO 26000, los principios de Pacto Global y el Global Reporting Ini­tiative). Este año ECORED espera duplicar el número de empresas que se unan a la iniciativa.

Las expectativas de crear empleos verdes son alentadoras, según el Pro­grama de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, 20 millones de puestos se podrían crear para 2030. La OIT está colaborando con la red regional de instituciones de educa­ción técnica y formación profesional creada en 2004. La red tiene como objetivo establecer programas de coo­peración e intercambio para unificar y mejorar los programas técnicos de formación profesional de acuerdo con las últimas novedades del mer­cado laboral. Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá están representados en esta red.

La inversión anual de las empresas en desarrollo sus­tentable asciende a 4,000 millones de dólares (mdd), lo que representa 30% del PIB regional.

Con ayuda de sus amigos

No están solas, el 80% reciben asistencia técnica y financiera de organizaciones no gubernamentales regionales y extranjeras, entre estas: África 70, Agencia de los Estados Uni­dos para el Desarrollo Internacional (USAID), Banco Mundial, UNES, Departamento de desarrollo de la organización de Estados Americanos (OEA), Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), Red de soberanía alimentaria, OXFORD Internacional, Comité campesino del Altiplano, Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, Programa Desarrollo Rural y Cambio Climático de GIZ de la Cooperación Alemana, entre otros.

Tan sólo en los últimos cua­tro años, USAID ha invertido 13.9 mdd en la ejecución del proyecto marea, del programa regional para el manejo de recursos acuáticos y alternativas económi­cas, ejecutado en El Salvador, Honduras y Nicaragua.

“El éxito de estos esfuerzos responde al encadenamiento de las pequeñas con las grandes empre­sas”, según José Ernesto Góchez, economista de la Universidad Cen­troamericana José Simeón Cañas y maestro en Ciencias en Agro-ne­gocios de la Universidad del Sur de Illinois, quien considera que así, las posibilidades de expansión y de incursión en el mercado internacio­nal crecen exponencialmente.

El impacto positivo en el medio ambiente y en el sector productivo es evidente cuando la academia trabaja de la mano con las cámaras empresa­riales, la innovación es clave y la for­mación del capital humano juega un papel fundamental en este proceso.

En 2015, surgió la Alianza Empresarial para la sustentabili­dad en Centroamérica, integrada por empresas que producen y comercializan productos de consumo masivo en la región. Su objetivo es convertirse en pioneros y referentes del desarrollo sostenible, cuentan con la asesoría del Centro Latinoamericano para la Compe­titividad y el Desarrollo Sostenible (CLACDS).

A esta iniciativa se suman los es­fuerzos de la OEA en Panamá, donde trabaja en conjunto con empresas públicas, privadas y el Sindicato de Industriales de Panamá (SIP). Juntos impulsan el Sello Panamá Verde, destinado a desarrollar procesos productivos en armonía y con respeto por el medio ambiente.

Recientemente, la OEA concedió a Panamá financiamiento para la im­plementación de un plan piloto, que dará asistencia técnica a empresas interesadas en cambiar su modelo de producción por uno más sustentable.

Sin embargo, Raúl Aguayo, pre­sidente de la empresa Conuco Solar, dedicada a la instalación de fuentes de energía alternativa, cree que Re­pública Dominicana apenas está em­pezando a adaptarse al término y que aún hay muchas empresas y –sobre todo- consumidores escépticos.

Señales verdes

En Centroamérica la actividad del sector de las energías renova­bles está experimentando un notable auge. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la energía hidroeléctrica sigue siendo el recurso renovable más importante, mientras que la energía eólica continúa muy por delante de la energía solar.

Por otra parte, cabe señalar que incluso la energía geotérmica des­empeña un papel significativo. Sin embargo, la inversión en energía solar también está aumentando rápidamente.

Desde hace un año, Guatema­la cuenta con el parque solar más grande de Centroamérica, con una capacidad instalada de 50 kilovatios de generación de energía eléctrica. El proyecto fue impulsado por las em­presas Gran Solar de España, Grupo Green de Guatemala y el Fondo de Inversiones de Suiza (EcoSolar), la inversión fue de 14 mdd.

Por su parte, El Salvador preten­de a partir de 2018, suministrar gas natural para la generación de ener­gía eléctrica, la empresa finlandesa Wärtsilä será la encargada de cons­truir e instalar la maquinaria de la primera planta térmica que utilice éste energético como combustible en la región, la inversión aproxima­da fue de 260 mdd.

Costa Rica es reconocida mundial­mente por sus intentos de reducir el uso de hidrocarburos en la genera­ción de energía. En 2014, alrededor del 80% de la electricidad del país se generó mediante energía hidroeléc­trica, lo que valió un reconocimiento internacional al país. Ese mismo año, el Congreso de Costa Rica aprobó un proyecto geotérmico por US$958 millones financiado por créditos de bancos de inversión japoneses y europeos.

Honduras y Nicaragua tam­bién han apostado por importantes proyectos de generación eléctrica vía fuentes renovables, lo que se está conviertiendo en una tenden­cia en toda la región.

Eddy Blandón, director de la Alianza en Nicaragua indicó que algunas compañías han descubierto que las acciones en pro del medio ambiente las hacen más rentables. “Se abren más espacio en el mer­cado porque cumplen con requeri­mientos de orden medioambiental y eso es parte de la conciencia social. Hay un mercado que se está abriendo para la gente que cuida el medio ambiente”, refirió.

En este esfuerzo, los consumido­res son clave, según Mario Godínez, ambientalista y miembro de la or­ganización Amigos de la Tierra de Guatemala, quien señala que los mi­llennials están esperando encontrar en el mercado productos de calidad, amigables con el medio ambiente pues son conscientes del deterio­ro ambiental y están dispuestos a poner su granito de arena para revertirlo, sin importar el costo.

La educación ecológica juega un papel importante para que las actuales y futuras generaciones de centroamericanos y caribeños opten por prácticas que contribuyan a pro­teger el medio ambiente. La cultura del reciclaje, el uso razonable de los recursos hídricos y energéticos son algunos de los temas en los que se debe centrar esa tendencia.

Vereda por recorrer

Entre los principales retos que enfrentan las compañías es que existen inversiones que vienen de la mano con el cambio de estrate­gia de negocios, con el giro hacia la sustentabilidad. Suele pasar que son las gerencias medias quienes tienen muchas ideas para orientar a la empresa hacia prácticas más sostenibles, pero si este giro no vie­ne desde el nivel más alto, no hay garantía de que suceda.

“Los avances en eficiencia ener­gética en la región son importantes pero no suficientes”, así lo considera Manuel Funes Narváez, ambienta­lista nicaragüense: “reciclar botellas de plástico es una práctica ecológica, pero no basta con eso. Asegura que la clave es reducir el consumo, dejar de crear necesidades porque des­pués de un tiempo, estas fuentes de energía no podrán satisfacerlas”.

En conclusión, ¿es positivo apostarle a la economía verde? La respuesta es sí, según el más reciente informe del programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Tanto los empresarios como ECORED coinciden en que más allá de los obstáculos que enfrentan, la convicción de hacer lo correcto y todas las ventajas que se derivan (mayor competitividad, mejoras continuas en los procesos y mejor reputación, entre otros) compensan el esfuerzo. “Aún hace falta que la población en general (los consu­midores finales) desarrolle mayor sensibilidad hacia el tema, y por ende espere y exija más de las em­presas locales. Aquellas que deciden dar pasos hacia la sostenibilidad son pioneras y van a marcar la pauta para muchas otras empresas y para su cadena de valor”.

Fuente:http://www.forbes.com.mx/600-empresas-buscan-revertir-el-dano-ambiental-en-america-latina/

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Un estudio revela el impacto brutal de los consumidores sobre el medio ambiente

Imagen: jarmoluk. Fuente: Pixabay.

Imagen: jarmoluk. Fuente: Pixabay.

En 2007, el taller del planeta  – China – superó a Estados Unidos como mayor emisor de gases de efecto invernadero en la Tierra . Sin embargo, si tenemos en cuenta que casi todos los productos que China produce, desde iPhones a camisetas, se exportan al resto del mundo, nuestra perspectiva cambia.

De hecho, al parecer la huella ecológica basada en el consumo per cápita de China es pequeña. Los chinos producen una gran cantidad de productos que son exportados.  La mayor parte de  responsabilidad del impacto de ese consumo está en el consumidor, no en el productor.

Estas son algunas de las conclusiones de un estudio realizado por Diana Ivanova y colaboradores Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología (NTNU) en marco del proyecto GLAMURS, un esfuerzo financiado por la UE y destinado a promover estilos de vida más ecológicos y de consumo responsable con el medio ambiente en Europa.

En la investigación fue analizado el impacto medioambiental humano desde la perspectiva de los consumidores de  43 diferentes países (que representan el 89% del PIB mundial y entre el 80-90% de los flujos comerciales de Europa), y de cinco regiones del resto del mundo.

Los datos fueron tomados de una extensa base de datos (EXIOBASE) desarrollada por la NTNU, en colaboración con especialistas de los Países Bajos, Austria, Alemania, la República Checa y Dinamarca.

La culpa no es solo de los Gobiernos

El análisis, publicado recientemente en Journal of Industrial Ecology, revela asimismo que los consumidores son responsables de más del 60 por ciento de las emisiones de gases de efecto de invernadero, y hasta del 80 por ciento del uso de agua del mundo. Según Ivanova, por tanto, si cambiamos nuestros hábitos de consumo, esto tendría un efecto drástico en nuestra huella ambiental.

Otro dato que ha arrojado la investigación es que los consumidores son directamente responsables del 20 por ciento de todos los impactos de carbono, resultantes del uso de automóviles y de calefacciones en los hogares.

Pero esto no es lo más sorprendente: resulta que cuatro quintas partes de los impactos medioambientales que se pueden atribuir a los consumidores no son los impactos directos -como el combustible que quemamos cuando conducimos nuestros coches- sino los efectos secundarios de la producción de los bienes y productos que compramos.

El mejor ejemplo de esto es el uso del agua que, a nivel global, se va sobre todo en la producción de las cosas que compramos .  Por ejemplo, la producción de carne de vacuno requiere mucha agua, pues se necesitan hasta 15.415 litros de agua para producir un kilo de carne de res.

Los productos lácteos también requieren grandes cantidades de agua para su producción. Se ha comparado el agua necesaria para producir un litro de leche de soja con lo que se necesita para la producción de un litro de leche, y se ha comprobado que, para el primero, se precisan 297 litros de agua, y para el segundo, un promedio global de 1.050 litros de agua.

Los alimentos procesados (como las pizza congeladas)  también precisan para su elaboración de un consumo de agua y otros recursos desproporcionadamente alto, pues para su elaboración precisan energía, materiales y agua, para hacer crecer las materias primas, para el envío al procesador, para su producción final, y para su envase.

El chocolate es uno de los productos que más nos gustan, pero también uno de los que más agua precisa para su producción: 17 litros para producir un solo kilo de chocolate.

Los países más ricos tienen el mayor impacto

Los investigadores también analizaron el impacto medioambiental per cápita, país por país, de todos los estudiados. Hallaron que las diferencias entre los distintos países son extremadamente altas. “Los países con mayor consumo tienen un impacto ambiental 5,5 veces superior al promedio mundial”, asegura Ivanova.

Los Estados Unidos presentan el peor rendimiento general en cuanto a emisiones de gases de efecto invernadero por habitante, con una huella de carbono per cápita de 18,6 toneladas de CO2 equivalente (unidad utilizada para medir en masa las emisiones de CO2 individuales).

En este sentido, EEUU va seguido de cerca por Luxemburgo, con 18,5 toneladas de CO2 equivalente, y Australia, con 17,7 toneladas de CO2 equivalente. A modo de comparación, la huella de carbono per cápita de China es de sólo 1,8 toneladas de CO2 equivalente; y en Noruega, de 10,3 toneladas de CO2 equivalente por habitante, lo que supone tres veces el promedio mundial, que está en 3,4 toneladas de CO2 equivalente por habitante.

Los resultados de los distintos países también reflejan los efectos del uso y producción de la electricidad. Así, la prevalencia de la energía nuclear o hidroeléctrica en países como Suecia, Francia, Japón y Noruega supone que estos países generen menos emisiones de carbono que otros países con ingresos similares, pero con un uso mayor de combustibles fósiles para la producción de energía.

Consumir menos productos y más servicios

La ventaja de identificar los efectos de las decisiones de los consumidores sobre el medio ambiente es que identifica cómo pueden los consumidores reducir sus impactos.

Por una parte, se puede afrontar el problema desde el hogar, controlando el consumo de la calefacción, la gasolina o el agua. Pero hay otras dos formas sencillas de reducir el impacto ambiental de manera inmediata, asegura Ivanova: dejar de comer carne, y comprar menos.

Por otra parte, en la actualidad, los consumidores de la Unión Europea gastan un 13% del presupuesto total de sus hogares en productos manufacturados. Si el consumidor promedio destinara ese dinero a pagar por servicios en lugar de por productos, se reduciría alrededor del 12% de la huella de carbono que actualmente tienen los hogares de la UE, concluyen los investigadores.