¿Educación o punición?

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Ante el triunfo de  males como la corrupción, las autoridades responden convirtiendo también la educación en un castigo.

Ante el triunfo de males como la corrupción, las autoridades responden convirtiendo también la educación en un castigo.

 

Contra lo que algunas personas educadas suelen pensar, la meta de la educación no es la educación, sino la cultura en su más amplia acepción (el conocimiento, el desarrollo del buen gusto y las buenas formas de conducta), tal como lo advierte el escritor chino Lin Yutang (1895-1976) en su libro ya clásico La importancia de vivir (1937).
Siendo así, el ideal del hombre culto no es otro que el hombre educado: el que tiene un conocimiento de las cosas, un gusto, una noción ética y una opinión propia. No necesariamente el más erudito ni el que posee más credenciales y diplomas, sino aquel que, a la buena información, añade el discernimiento y una independencia de juicio que lo lleva a “pensar las cosas hasta el fondo y oponer resistencia a ser engañado por cualquier forma de embeleco: social, político, literario, artístico o académico”, en palabras de Lin Yutang.

Para Noam Chomsky, la alta escolarización no necesariamente equivale a educación, mucho menos a cultura. Hay países que tienen una alta escolarización, pero son bastante deseducados, pues la mente de los ciudadanos medios puede estar llena de prejuicios de todo tipo: sociales, raciales, religiosos, políticos, etcétera, y si existe un país cuya población media está abarrotada de prejuicios y falsas creencias, ése es Estados Unidos donde, como sostiene Chomsky, en La (des)educación (2001), “el adoctrinamiento tendencioso que se lleva a cabo, incapacita a las personas instruidas para comprender siquiera las ideas más elementales”. Y es que, añade, “lejos de favorecer el pensamiento independiente y educar para la libertad, la escuela, a lo largo de la historia, no ha dejado de interpretar un papel institucional dentro de un sistema de control y coerción”.

Explica Chomsky que “una vez que se te ha educado, se te ha socializado ya de una manera que respalda las estructuras de poder que, a su vez, te recompensan generosamente”. Y concluye, a manera de ejemplo: “En Harvard no aprendes sólo matemáticas; aprendes, además, qué se espera de ti por ser un graduado de Harvard, qué conducta has de seguir y qué preguntas no tienes que hacer jamás”. Cuando hemos sido formados en la idea de que escolarización equivale siempre a educación, resulta casi imposible desprendernos de ese adoctrinamiento tendencioso al que se refiere Chomsky, y a esas nociones de poder, control y coerción que parecen equivaler al saber. No son pocas las personas de mucha formación académica que todavía siguen creyendo que la construcción de ciudadanía y el ejercicio de la democracia se resuelven mediante la política autoritaria compuesta por el binomio vigilar y castigar. Discipline and Punish, como lo expresara en su famosa obra homónima Michel Foucault (1926-1984), en 1975.

Y ya no nada más con la prisión o con la amenaza carcelaria, sino también con los modernos sistemas de control en el que participan, como guardianes, no sólo policías y militares, sino también psicólogos, jueces, trabajadores sociales y, en general, profesionales de la vigilancia, los mecanismos disciplinarios y la aplicación de escarmientos y castigos, en una especie de “prisión social continua”, como la denomina Foucault, en la que no únicamente unos seres humanos son vigilados y delatados por otros, sino, también, y sobre todo, en la que el ciudadano está a merced de lo que decida y dicte la autoridad en “la normalización generalizada”. Son los que hoy hablan de “tolerancia cero” (cínico eufemismo para no decir intolerancia) sin que les preocupe demasiado la prevención del delito que se consigue, sobre todo, con educación y mejores condiciones socioeconómicas.

De acuerdo con las evidencias, Estado, gobierno y sociedad están convencidos de que la punición es más efectiva que la educación, y aunque es por demás obvio que el delito merece castigo, lo grave es considerar que la mejor forma de educar es castigando, prohibiendo y obligando, de lo cual resultan un Estado, un gobierno y una sociedad cada vez más autoritarios y punitivos en asuntos menores (simples faltas administrativas), pero alarmantemente favorecedores de la impunidad en asuntos graves: corrupción económica y política, enriquecimiento ilícito, quebrantos al erario, tortura institucional, desaparición forzada, homicidios dolosos jamás castigados, etcétera.

Ante esta impunidad surgen poderes paralelos que imitan las formas del poder establecido en su arbitrariedad y en su violencia extrema, y que se hacen pasar por justicia. Ante el fracaso de la educación, el vigilar y castigar de la sociedad se expresa en el hartazgo que incluso avisa la sustitución del Estado de derecho por la ley propia de quienes se organizan para vengarse, siguiendo el precepto del ojo por ojo y diente por diente. Cada vez es más habitual leer en la ciudad de México grandes avisos vecinales, como el siguiente en una calle de Iztapalapa: “Pinche ratero. Si te agarramos robando, no te vamos a remitir a las autoridades. Te vamos a ¡¡partir tu madre!! Vecinos unidos contra la delincuencia”. Es obvio: la gente ya no confía (si es que alguna vez confió) en sus autoridades, a las cuales identifica como cómplices (por obra u omisión) de los delincuentes. Gente deseducada lincha a gente deseducada ante la inacción de autoridades deseducadas.

¿Creen realmente los gobiernos que la educación eficaz persuade y humaniza? Muchos, según parece, no lo creen así, puesto que están dispuestos a imponerla a bofetadas: con prohibiciones y formas coercitivas, y con escasas libertades. Nuestro modelo de justicia sigue siendo el Código del rey babilónico Hammurabi (1792-1750 a. de C.). Así, contra el sentido común de Montaigne (“¿qué modo de despertar el gusto por la lectura es guiar a las tiernas y temerosas criaturas con expresión espantosa y con la mano armada de látigos?”), aún persiste hoy una multitud de voces de personas educadas que creen, de veras, que el ejercicio de la lectura, para que prospere, debe obligarse, imponerse. Como si no supiéramos (y como si estas personas ignorasen) que, de hecho, se obliga a leer desde hace siglos, con los tristes resultados ya conocidos.

Ninguno de los grandes pedagogos, filósofos y psicólogos educativos prescribe la lectura como una obligación: ni Vigotsky ni Bettelheim ni Piaget ni Russell ni Freire, porque tampoco ninguno de ellos entiende la educación como un acto coercitivo. Se educa en la libertad, para la libertad. La auténtica educación entraña sin duda la disciplina como aprendizaje del individuo en los derechos y las libertades de los demás, y enseña las responsabilidades ciudadanas, pero no obliga jamás al “placer”, menos aún al “placer” oficial. Paulo Freire (1921-1997) es muy claro al respecto: “No debemos llamar al pueblo a la escuela para que reciba instrucciones, postulados, recetas, amenazas, amonestaciones o castigos, sino para participar colectivamente en la construcción de un saber”.
Lo que entiende Freire por educación es “una lectura crítica de la realidad”. Ni más ni menos. En cuanto a sí mismo, el educador brasileño nos regala esta maravillosa reflexión en el epílogo de La educación en la ciudad (1995): “A las personas les gustan y tienen el derecho de que les gusten cosas diferentes. A mí me gusta escribir y leer… Mi gusto de leer y de escribir se dirige a una cierta utopía… Es un gusto que tiene que ver con la creación de una sociedad menos perversa, menos discriminatoria, menos racista, menos machista”.

Valores y hábitos
En sus Ensayos sobre educación (1931), Bertrand Russell (1872-1970) advierte que “en la educación debe existir desde el primer día hasta el último un sentido de aventura intelectual”, y enfatiza con maravillosa ironía: “La paciencia y la habilidad debieran ser el resultado natural de una buena educación. En otro tiempo se creía que podían adquirirse en muchos casos mediante la coacción impuesta de los buenos hábitos por la autoridad externa. Indudablemente, este método tuvo algún éxito, sobre todo en la doma de caballos”. En cuanto a la disciplina, Russell es muy claro: “consiste no en obligaciones externas, sino en hábitos cerebrales que conducen espontáneamente a actividades deseables”.

En el capítulo doce de La importancia de vivir (“El goce de la cultura”), Lin Yutang advierte que la cultura sólo puede desarrollarse realmente en un ambiente de disfrute y amor por el conocimiento, y señala enfático: “No hay temas obligatorios, no hay libros, ni los de Shakespeare, que uno deba leer”, y en el acápite “El arte de leer”, de ese mismo capítulo de su libro, asegura que la lectura sin goce sirve para muy poco, cuando mucho para hacer personas incultas que presumen sus lecturas. Por ello sentencia que “todo el que lea un libro con sentido de obligación es porque no comprende el arte de la lectura”. A decir de Lin Yutang, hay muchos lectores que nunca se enamoran y ello se nota porque son incapaces de sentir cariño profundo y duradero por lo que hacen. Leen para estar informados, no para disfrutar, y lo que acaban sabiendo es siempre muy poco e inservible para la vida. Añade el escritor: “No hay en el mundo libros que se deban leer, sino solamente libros que una persona en especial debe leer en cierto momento, en un lugar dado, dentro de circunstancias dadas y en un período dado de su vida”.
Quienes pugnan por la obligatoriedad de la lectura lo que hacen no es incentivar la vocación lectora, sino matarla. Y no nos referimos a la lectura instrumental, que se hace en las escuelas y que debe seguir haciéndose en las escuelas, sino a la lectura autónoma que deja profunda huella en nuestras vidas cuando leer un libro equivale al choque eléctrico que dice haber experimentado George Eliot cuando leyó por primera vez a Rousseau. Quienes pugnan por la obligatoriedad de los libros que han de “gozarse” es porque están admitiendo (sin decirlo) su indudable derrota por no saber ser perseverantes ni imaginativos para conseguir que especialmente los adolescentes lean por gusto y no por imposición.

Los ecos de las Cartas a Lucilio, de Séneca, deberían sonar siempre en los oídos de quienes nos ocupamos de la educación y, especialmente, de la lectura: “¡Lucilio, aprende a gozar! Llega a la cumbre el que sabe de qué puede gozar, el que no puso su felicidad bajo la potestad de otro”. El siguiente consejo a Lucilio tendríamos que adoptarlo para nosotros mismos y como derecho de los demás: “Esfuérzate en no hacer nunca nada a la fuerza; cualquier cosa que es forzosa para el que siente aversión, no lo es para el que quiere”. En cuanto a la lectura, Séneca advertía desde los inicios de la era cristiana que tan benéfico es leer como pensar: “La lectura me es necesaria, primeramente, para no contentarme únicamente conmigo; después para que una vez que he conocido lo hallado por otros, pueda yo juzgar de lo que se ha encontrado y meditar sobre lo que se ha de hallar”.

No hay duda en esto: todo el placer que se hace por obligación termina por matar el placer y hace la obligación aborrecible. En su Aviso a escolares y estudiantes (2001), Raoul Vaneigem es sentenciosamente acertado: “Una escuela que dificulta los deseos, estimula la agresividad”, “¿cómo puede haber conocimiento donde hay represión?”, “aprender sin deseo es desaprender a desear”, “lo que se enseña por el miedo, hace el saber temeroso”. Quienes pugnan por la obligatoriedad de la lectura confunden lectura con estudio, educación sentimental con currículo, leer con estadísticas. Con su sabiduría aforística, Lin Yutang concluye: “Los sabios que valen algo no saben qué quiere decir ‘estudiar con empeño’. Aman los libros y los leen porque no pueden evitarlo, nada más”.
¿No era acaso el sabio Alfonso Reyes (1889-1859) quien decía que “sin cierto olvido de la utilidad, los libros no podrían ser apreciados”? (La experiencia literaria, 1942). ¿Y no fue Lev Vigotsky (1896-1934), quien aseguró que “la verdadera educación consiste en despertar en el niño aquello que tiene ya en sí y ayudarle a fomentarlo”? Estimular, no obligar, pues, como también dijo, “el proceso de aprendizaje jamás puede actuar sólo para formar hábitos”. Y esto es válido para la lectura, el arte, la escuela y la vida en general.

¿Menos educación,más leyes?
Obligar y prohibir, premiar y reprobar, vigilar y castigar: a estos verbos se han reducido, lamentablemente, nuestra pedagogía y nuestra didáctica en todo lo social y en todo lo educativo. Pongamos un ejemplo extremo: la imposición de la pena de muerte (que algunos pugnan por revivir en los países donde ya no la hay) no ha hecho que disminuya la comisión de los delitos más graves y monstruosos. No cabe duda que los delitos merecen castigo, pero la idea de penas corporales mayores en cautiverio (la cadena perpetua) y la muerte misma son cosas equivocadas, pues ni la muerte ni el mayor tiempo en cautiverio inhiben (en los libres y aun en los cautivos) los delitos, y sí, por el contrario, causan gravísimos problemas humanos: empeoramiento criminal, hacinamiento y sobrepoblación carcelaria, mayor gasto público destinado a las prisiones, etcétera. La violencia, el crimen organizado, la corrupción, la iniquidad, la vileza, la maldad y hasta la simple incivilidad mucho tienen que ver con el desdén de los gobiernos por una política social (están muy ocupados en mantener privilegios), el fracaso de la educación (que se queda sólo en escolarización) y el triunfo de la punición (que equiparan con justicia).

Hoy parece una ingenuidad decir que se necesita más educación y menos punición, porque desde hace tiempo mucha de la educación perdió su sentido pedagógico y didáctico, para la prevención, y se convirtió en otra prisión social, con todos sus mecanismos compensatorios y de castigo. Así lo demuestra la creencia generalizada de que lo que se necesita son más leyes, más cárceles y penas más severas, en vez de mejor educación y ausencia de impunidad. Hasta los simples reglamentos de tránsito automovilístico lo demuestran. En lugar de educación vial, punición vial, con un añadido demagógico a la par que autoritario: la angelización de la bicicleta (sin espacios adecuados para utilizarla) y la satanización del automóvil con el acoso y hostigamiento al automovilista mediante la tecnología fotográfica, lo cual es también una inconsecuencia, pues el mismo gobierno que construye segundos pisos de cobro que prioriza el uso del automóvil (y que da en concesión a empresas a las que no les importa el mejoramiento de la vialidad, sino el dinero), se comporta autoritariamente contra los automovilistas mediante reglamentos punitivos cuyas altísimas sanciones y multas también están subrogadas a la empresa privada a la que no le importa el ordenamiento vial sino el dinero. Las concesiones las da el gobierno a los dueños del dinero, no al ciudadano, a quien sólo le toca el intolerante eufemismo “tolerancia cero”.

La “tolerancia” hoy parece ser únicamente tema de museo, aunque el ciudadano no tenga otro camino, sino tolerar a sus intolerantes autoridades, esas mismas que argumentan que prohibiciones, obligaciones y sanciones “están dentro de los estándares y parámetros internacionales”, ¡como si los niveles de las libertades, los servicios públicos y las propias autoridades, en México, estuvieran también dentro de dichos estándares y parámetros!
Esto y más tenemos en un tiempo en que los políticos creen más en la punición que en la educación. ¿Qué educación tenemos? ¿La que nos merecemos? Sería como decir que todos merecemos las autoridades y los políticos que tenemos, aunque no hayamos votado por ellos. Cuando el refinamiento y la riqueza de vocabulario, desde la educación básica hasta los posgrados, es tan amplia y tan diversa en sus expresiones como “sí güey, no güey, la neta güey, qué pedo pinche güey, ¡a huevo güey!, ¡no mames güey, es que no mames cabrón!, orita platicamos con ese güey”, etcétera, no podemos sino admitir el fracaso de la educación en México, y ahí donde fracasa el binomio educación-cultura, invariablemente triunfa el código penal. Admitir este triunfo es reconocer (aunque no se desee) ese terrible fracaso. La evidencia es clara: los países donde peor está la educación es donde también son más severas y extremas las penas corporales y la sanciones y multas que castigan el delito, y sin que ello sea contradicción, sino claro reflejo, donde mayor grado de impunidad existe en las transgresiones graves de leyes, códigos y reglamentos impulsados, redactados y aprobados por los mismos que los imponen y los violan.

Vigilar y castigar, prohibir e imponer, obligar y sancionar, discriminar y criminalizar son verbos que conjugan mayormente Estados, gobiernos y sociedades incapaces de educar y culturar, todo lo cual se observa en México, ya muy frecuentemente, en las acciones más cotidianas. Autoridades, que suelen cometer fechorías, confiscan los derechos de los ciudadanos y, al mismo tiempo, le temen al ejercicio de sus libertades. Por eso prohíben, coaccionan, hostigan, imponen, obligan. Por ello, pretenden resolver todo con leyes y reglamentos irracionales, y responden con desdén y arrogancia cuando alguien pone en duda la falsa lógica de sus argumentos. Eso sí, las propias autoridades suelen violar constantemente sus propios reglamentos que sólo se aplican al ciudadano común.
Obligar y sancionar, vigilar y castigar son verbos que las autoridades conjugan todo el tiempo. Viven empavorecidas por el uso de las libertades ciudadanas. Cuando se habla de cultura (y lectura) tiene que hablarse también de educación. En México, este último sustantivo femenino invariablemente rima con coerción, prohibición, represión y sanción. Si, como afirma Lin Yutang, la meta de la educación es la cultura, en nuestro país esa meta está realmente lejana, pues incluso lo “cultural” rima más fácilmente con código penal.

Fuente:http://campusmilenio.mx/index.php/template/opinion/fabulaciones/item/3938-educacion-o-punicion

 

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