Las universidades deben fijar más su atención hacia la calidad de la educación: Jorge Bartolucci Incico

El investigador considera que es peligroso un sistema educativo donde el título se vuelve el principal objetivo por sí mismo y no por aprender.

El investigador considera que es peligroso un sistema educativo donde el título se vuelve el principal objetivo por sí mismo y no por aprender.

La educación superior tiene ante sí dos desafíos fundamentales. Por un lado, aumentar la cobertura con mayor equidad y, por otro, mejorar la calidad de la educación impartida.
Así lo plantea Jorge Bartolucci Incico, investigador del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (Iisue) de la UNAM.

El especialista  en cobertura y calidad de la educación superior, sostiene que la universidad contemporánea en México, como sucedió en la mayoría de los países de la región en la segunda mitad del siglo XX, experimentó un crecimiento sin precedentes, tanto en su tamaño físico como en el número de estudiantes, profesores y áreas de docencia e investigación.
Por ello, dice, en entrevista, como resultado de esa expansión, la Universidad Nacional ha creado oportunidades de desarrollo personal, movilidad social y crecimiento económico para varias generaciones en México.

Sin embargo, reconoce el doctor en sociología por la UNAM, parece ser que las oportunidades educativas abiertas a los mexicanos han sido más accesibles y mejor aprovechadas por los sectores de la clase media de la población urbana.
“Quienes nos dedicamos a estudiar la población que ingresaba a la UNAM en los años setenta, encontramos que los mayores beneficiarios de la ampliación de la oferta educativa eran jóvenes pertenecientes a las familias que estaban engrosando las capas medias de la sociedad mexicana”, argumenta.

Un fenómeno atribuible, dice, al crecimiento económico registrado en el país desde mediados del siglo pasado, el continuo flujo migratorio del campo a las ciudades y de los estados hacia la capital de la República y de la marcada centralización política, económica, social y cultural en la ciudad de México.
Cuarenta años después, enfatiza Bartolucci Incico, el perfil de la población de primer ingreso a la educación superior en general y a la UNAM en particular, no parece haber sufrido modificaciones significativas.

Empero, las variables sociales, económicas y políticas que alentaron la explosiva demanda de los años setentas sobre la educación posobligatoria sí han variado sustancialmente.
“Para comenzar, hoy día la universidad de masas es un hecho consumado y las instituciones operan sobre esa base; y aun cuando la gran mayoría de los favorecidos por la educación superior siguen perteneciendo a los sectores medios de población urbana, su predominio se desempeña en un contexto social distinto.

“La clase media, entonces emergente, ha consolidado su posición en la sociedad, el promedio de escolaridad de los padres de familia ha ido en aumento, así como la presencia femenina en la educación y el empleo”, comenta.
Asimismo, las tasas de natalidad han disminuido y por consiguiente el número de hijos por familia; la migración del campo a las ciudades y hacia la capital de la República ha cedido en favor de la migración hacia Estados Unidos; el sistema político se ha abierto a nuevas opciones electorales y la economía informal se ha convertido en una alternativa de proporciones formidables ante el exiguo crecimiento económico.

Bajo estas circunstancias sociales, apunta el investigador, cabe preguntarse ¿cuál será la relación que guarda la enorme demanda sobre la educación superior en general y la UNAM en particular, ante las condiciones de vida que enfrentan las nuevas generaciones de estudiantes?
Es ahí, apunta, donde entra la pertinencia de los programas académicos frente a un mercado laboral tan limitado.
Frente al sector productivo

En ese sentido, advierte, hace falta mucha investigación para entender la relación que hoy existe entre la obtención de un título profesional y la posibilidad de encontrar un trabajo que les ofrezca a los jóvenes condiciones adecuadas para desarrollarse como individuos independientes en la sociedad actual.

“Parece ser que la incertidumbre laboral ha aumentado en sectores con mejor preparación educativa y que el desempleo y subempleo asume proporciones altas entre los egresados de las carreras profesionales.
“Se presume que el aumento en la demanda de los estudios de posgrado es una de las vías más concurridas para competir mejor en un mercado laboral con alto grado de aleatoriedad y flexibilidad, debido al modelo de desarrollo económico imperante, que privilegia la producción de tipo maquila, materias primas y servicios”, apunta.

No obstante, tampoco se cuenta con suficiente información sobre las condiciones socio escolares que subyacen en el acceso a la universidad y en el curso distinto que toman las trayectorias escolares de las nuevas generaciones.
“Hace falta actualizar nuestro conocimiento sobre la distribución social del estudiantado en la matrícula universitaria y por carreras, así como saber más de su desempeño académico”, señala.
Por ello, plantea, es indispensable que las universidades dispongan de conocimiento relevante sobre los hechos referidos, ya que se contaría con un respaldo empírico y teórico firme.
Con esto, se estaría en mejores condiciones de fijar estrategias institucionales y pedagógicas pertinentes y eficaces, comenzando por la revisión de los instrumentos de preselección, siguiendo con la previsión de los aspectos cualitativos de la inscripción en áreas determinadas de conocimiento, la revisión de planes de estudio y el seguimiento de las trayectorias escolares.
Pero hacia donde debieran fijar más la atención las instituciones universitarias, comenta, es en la calidad de la educación impartida en sus aulas.

Eficiencia o eficacia
Con respecto al tema de la calidad, explica que, gracias a los estudios de trayectoria escolar, se sabe que cada generación escolar es un testimonio vivo de un proceso educativo que ratifica la excelencia de una minoría y deja el paso libre a un gran número de estudiantes que vuelven a quedar sujetos a las formas de eliminación que se constatan en los niveles inferiores.

“Cada nivel promueve una mínima cantidad de casos en condiciones de cumplir previsible y satisfactoriamente las exigencias académicas del nivel subsiguiente, mientras que el resto se ve librado a resultados muy azarosos”, señala.
Bartolucci Incico explica que entre las opciones disponibles en el nivel medio superior de enseñanza, los aspirantes tienden a privilegiar las universidades que están estrechamente vinculadas con salidas al nivel superior y/o cuentan con pase automático.

Esto, como si ello garantizara algo más que el simple acceso en algún plantel con las correspondientes probabilidades de abandonarlo en algún momento.
“Cuando logran ingresar en alguna de ellas, solo vislumbran al final del túnel la obtención de una licenciatura,  meta que exige por lo menos ocho años de estudios”, dice.
Para dimensionar las proporciones y alcances del problema descrito, argumenta, se debe partir del hecho que el sistema educativo está organizado de tal forma que si no se obtiene un título no se obtiene nada. “En términos de su funcionamiento general, un sistema educativo de esta naturaleza pareciera lograr el objetivo de formar algunas personas bien preparadas a expensas del enorme costo humano y financiero que representa el fracaso de la mayoría de los estudiantes”, advierte.

Y es que, el reporte sobre “Las políticas de educación superior en México”, elaborado por los investigadores de la OCDE, apuntó que el principal problema del sistema educativo superior de México es la brecha enorme que separa a la élite de alto nivel intelectual del nivel general de educación y preparación profesional, que es muy modesto.
“Las políticas universitarias debieran poner este problema en el centro de su atención y prestar un cuidado especial a lo que sucede en el nivel medio superior.

“Convengamos que en la mayoría de sus escuelas la experiencia escolar trascurre en un ambiente donde prevalece una sumatoria de contenidos insustanciales y dispersos enmarcados en infinidad de materias que para el estudiante promedio no tienen ni ton ni son”, comenta.
El estudiantado, enfatiza, es objeto de una sarta de exigencias poco articuladas, arbitrarias, sin ningún criterio validable del desempeño escolar más allá del juicio personal del maestro, y cuyo cumplimiento satisfactorio depende más del capital cultural de cada alumno posea que de lo que la escuela ha sido capaz de ofrecerle.
“En medio de semejante anomia académica, quienes carecen de marcos de referencia propios, son presa de la desorientación, y para muchos de ellos la deserción es el desenlace inevitable.
“Vista así, la deserción deja de ser algo ajeno al sistema educativo y pasa a ser concebida como producto del desenvolvimiento cotidiano del mismo”, señala.


Las políticas a largo plazo
Al hablar sobre la existencia de una verdadera política educativa que atienda al sector de la enseñanza superior, Bartolucci Incico plantea que lo más común es que la medida del aprendizaje esté dada por la habilidad del alumno de dar la respuesta que espera el maestro.
“De manera que existe una alineación exagerada entre lo que el alumno se siente obligado a responder y la instrucción que ha recibido por parte del maestro.

“El espacio que media entre la pregunta y la respuesta resulta ser demasiado estrecho, ya que no requiere de mayores consideraciones que buscarla en internet, en una enciclopedia, en un libro o en los apuntes de clase”, señala.
En ese contexto, el único referente de la conducta escolar invariablemente recae en la figura del maestro, y los jóvenes se habitúan a realizar operaciones mentales que sólo adquieren sentido en relación con la autoridad personal que éste encarna, no en función de la autoridad impersonal de la razón y de la lógica científica.

Aquí es donde se presenta una de las principales debilidades del sistema educativo.
“Se requiere implementar estrategias de largo plazo que creen las condiciones necesarias para dejar atrás la enseñanza basada en infinitos contenidos acumulados.
“En su lugar, debieran promoverse formas de enseñanza apoyadas en un número reducido de temas y ejercicios, procurando ampliar el dominio de los alumnos sobre sus recursos intelectuales”, considera.

De este modo, apunta, aprenderían a valorar qué datos y nociones son relevantes para determinados problemas; a manejar la ambigüedad y la incertidumbre propias del conocimiento científico y a reconocer hipertextos con varios niveles de los que solo se alcanza a ver una pequeña parte.
Lamentablemente, añade, esa descripción detallada y precisa no existe en nuestro sistema, como tampoco los instrumentos para reconocerla ni evaluarla, mucho menos el diseño de estrategias que nos permitan alinear todo el sistema en esa dirección.

“Las instancias e instrumentos de evaluación operan sin el cuidado de aquilatar el aprendizaje en sus diferentes escalas de desarrollo cognitivo; a lo sumo fijan tipos muy indeterminados de rendimiento académico: estudiantes muy buenos, buenos, regulares o malos.
“La única información que le proporcionan al alumno es si aprueba o reprueba una actividad, una materia, un programa o un ciclo. No procuran comunicar el grado de avance de las habilidades y de los conocimientos alcanzados en una dirección clara, sino la mera constatación del cumplimiento o no del deber encomendado, enfatiza.

En este contexto, las formas de evaluación escolar usadas habitualmente, pierden eficacia y sentido.
Y es que palomear si el alumno entregó o no su tarea, premiar con puntos extras su asistencia, su participación en clase, sus tareas y exposiciones y las actividades extramuros en las que participe, valen para estimular el interés y el cumplimiento de nuestros alumnos, pero no conducen por sí solas a elevar las facultades cognitivas que deberíamos lograr que ellos adquieran”.

Para brindar una educación con mayor equidad y calidad, sostiene el especialista, urge que las universidades lideren un proceso de revisión académica tendiente a organizar los recursos de las instituciones escolares.
De tal forma, la actividad docente dejaría de ser un hecho aislado entre el maestro y sus alumnos, y pase a ser obra de un cuerpo académico mejor integrado y con visión estratégica.

“Deben hacer lo posible para neutralizar la realización de actividades atomizadas y abstractas, administradas sin acuerdos mínimos entre profesores y sin ningún diálogo sistemático entre ellos respecto al avance de los alumnos.
“Al igual que en los niveles anteriores, la experiencia escolar universitaria trascurre en un ambiente de inercia institucional, desprovista de una atención académica orgánica a los estudiantes”, comenta.
Lo que prevalece, en cambio, es el encuentro fortuito de maestros y estudiantes, con diferentes concepciones, prácticas, capacidades, desempeños y valoraciones aisladas y dispersas.
“Carecemos de estándares objetivos para valorar el aprendizaje de los alumnos y sus aptitudes intelectuales, así como de criterios comunes para orientar y auxiliar a los estudiantes en función de sus limitaciones, inclinaciones y posibilidades”, finaliza.

Fuente:http://campusmilenio.mx/index.php/template/informacion/noticias/item/3675-las-universidades-deben-fijar-mas-su-atencion-hacia-la-calidad-de-la-educacion-jorge-bartolucci-incico

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