Promoción y fomento de la lectura: Incluir desde el discurso

El término “analfabeta” se ha convertido en un insulto que profieren los lectores desde un falso pedestal. ¿Cómo se puede invitar así a leer a quien no lo acostumbra?

Incluir es poner algo dentro de otra cosa o dentro de sus límites, según la definición del diccionario de la lengua española. Inclusión es, por ello, la acción y el efecto de incluir. De ahí el adjetivo “inclusivo”: que incluye o tiene la virtud y la capacidad para incluir algo.
Pero si hablamos de inclusión es forzoso que hablemos también de su contraparte: la exclusión. El verbo excluir denota, en primera acepción, quitar a alguien o algo de un lugar. De ahí el adjetivo “exclusivo”: que excluye o tiene fuerza para excluir. Y, como sabemos, “exclusión” es la acción y el efecto de excluir. Y “excluyente” es el adjetivo que significa “que excluye”, “deja fuera” o “rechaza”.

En el idioma español, y creo que en todos los idiomas, el adjetivo “exclusivo” tiene una connotación mercantilmente virtuosa. Hablamos de conjuntos habitacionales “exclusivos”, de zonas residenciales “exclusivas”, de ediciones “exclusivas”, de escuelas “exclusivas” y, en fin, de cosas y formas “exclusivas” que a casi todo el mundo le parecen la mar de bien (dentro de sus aspiraciones), ya que si fueran “inclusivas” querría decir esto que no son para unos cuantos, para unos pocos privilegiados, sino para “cualquier cualquiera”. Nos encanta la “exclusividad”, es decir nos seduce el elitismo: si algo es “para todos” o “para muchos”, nos parece poco atractivo.

“Acciones de inclusión” fue el tema de la mesa de reflexión en la que participé, junto con algunos colegas escritores, en el 34 Congreso Internacional de IBBY (International Board on Books for Young People) el 13 de septiembre en la ciudad de México. Entre otros aspectos, en dicha mesa abordamos asuntos como la exclusión que produce la falta de acceso a los libros; la censura del mercado; las directrices de lo políticamente correcto que marcan ―en las obras para niños y jóvenes― el Estado por una parte y las empresas editoriales por otro; los temas tabú; las ritualidades de la cultura “culta” y el “pragmático” didactismo con el que ahora se busca anclar a la literatura y que no es otra cosa que una forma de exclusión del placer. También de la falsa idea que se tiene respecto de la equidad y las cuotas de género cuando se trata de literatura, siendo que la gran literatura siempre ha sido políticamente incorrecta, y aquella “creación literaria” que se ajusta a cartabones (para quedar bien con el mercado, un determinado público o el propio Estado), y que acepta cumplir con la inclusión de estereotipos carece de dignidad estética y de toda profundidad humana.

En este mismo sentido, un asunto sobre el que puse especial énfasis y que me preocupa sobremanera es el que tiene que ver con un determinado discurso, legitimado y oficializado, en las acciones de la promoción y el fomento de la lectura: un discurso que, en este ámbito, resulta más excluyente de lo que podría sospecharse.

Aparentemente no sería necesaria ninguna precisión semántica en relación con este tema, pues incluir y excluir son nociones que resultan muy claras para todos y, especialmente, para quienes promueven y fomentan la lectura. Parece obvio que todo el mundo puede distinguir “lo inclusivo” de “lo exclusivo” y “lo incluyente” de “lo excluyente”, pero me temo que no pocas veces ni siquiera nuestro discurso es incluyente, más allá de que todos podamos decir o creer que somos “incluyentes” sin que realmente lo seamos, en gran medida porque no examinamos ni cuestionamos nuestro propio discurso, sino tan sólo el de los otros.

Si algo deseo constatar en el ámbito de la promoción y el fomento de la lectura ―además de las acciones de inclusión que indudablemente son consustanciales a los programas de lectura― es un discurso incluyente e influyente: un discurso que incluya a las personas y que influya en ellas para que no se sientan alejadas del placer, del gozo de leer y el júbilo de saber. Lo malo es que muchos discursos oficiales y militantes sobre la lectura, lo mismo en las instituciones, las ferias del libro, los congresos, encuentros, programas y campañas de lectura y otras actividades que tienen el propósito ―no me cabe la menor duda― de sumar lectores, literalmente los alejan y, con ello, los excluyen. Diré por qué.

Los creadores de lemas y eslóganes sobre la lectura, y quienes les dan la confianza para crearlos y lanzarlos a la letra impresa o al éter, no examinan demasiado el contenido de sus dichos, y a la luz de la lógica no sólo resultan contradictorios sino marcadamente excluyentes y, con ello, contraproducentes. Yo he dicho, y ahora lo repito, que uno de estos días a los “creativos” de las campañas de lectura les resultará muy ingenioso, muy agudo y muy original el grito de guerra: “¿Estás leyendo, inútil?” No exagero: eso de “Si no leo, me a-burro”, es decir me convierto en un burro, en una bestia, y eso del “Jumento a la lectura” (otro atentado que se asume muy ingenioso) corren, semánticamente, en el mismo sentido: “¡Venga, burros, a leer!”, es decir a des-aburrarse, a que se les quite lo bestia, a desasnarse (verbo éste totalmente castellano cuyo significado todos conocemos): quitar lo palurdo.

Pero es que así son, por este estilo, muchos lemas que hemos terminado por aceptar, pero que jamás analizamos. Bien examinado, si “Leer es estar vivo” (otro lema muy conspicuo), no leer es estar muerto. Seguramente. Del mismo modo el sentido lógico de la frase “Leo, luego existo” (es el eslogan y el nombre de un programa oficial de lectura), tiene que llevarme a inferir que si no leo no existo. La pregunta es: ¿podemos montar el fomento y la promoción de la lectura sobre un discurso excluyente y, a pesar de ello, ganar lectores? Me temo que no. Y también creo que el tema de la lectura no debería dejarse en manos de los creativos publicitarios que buscan el efectismo pero sin preocuparse ni por la efectividad ni por la lógica.

Al igual que la escritura, la lectura de lo escrito es un metalenguaje. Quienes decimos promover y fomentar la lectura no podemos fingir que lo ignoramos. Cada palabra tiene un peso específico. Luego entonces, si planteamos la paráfrasis “Leo, luego existo” como nombre de un programa de lectura, estamos obligados a examinar qué es lo que estamos diciendo. La famosa locución latina cogito ergo sum que Descartes hizo famosa en su Discurso del método, se traduce, literalmente, como “pienso, luego existo” o “pienso y por lo tanto existo”. Es, como todos sabemos, el fundamento del racionalismo.
Por ello, si examinamos racionalmente la frase “leo, luego existo”, nos daremos cuenta que su sentido es del todo excluyente. La gente es y existe más allá de la lectura (especialmente de la lectura canónica), y más allá incluso del alfabetismo. Que alguien no lea (o no pueda leer, aunque lo desee) no quiere decir que no exista. La locución latina original tiene la virtud de la verdad que no posee la paráfrasis sobre la lectura, que por supuesto pretende ser ingeniosa, invitadora e incitadora, pero que no es afortunada desde el punto de vista de creación de sentido.

Todos los seres humanos pensamos en tanto que el pensamiento (al igual que el habla) pertenece a la naturaleza y no a la cultura. Nacemos con las capacidades para pensar y para hablar, mas no con las capacidades para leer y escribir (que pertenecen a un proceso cultural): de ahí que si no pasamos por la alfabetización (que requiere de un intermediario), nos mantenemos analfabetos. Pero esto no quiere decir que no existamos, ni quiere decir tampoco (y es lo mismo) que estemos muertos, como puede sacarse en conclusión, deductiva o inductiva, del otro famoso eslogan: “Leer es estar vivo”.
Incluso en el ámbito de la promoción y el fomento de la lectura hay personas que no tienen muy clara la diferencia entre capacidades innatas y conocimientos adquiridos. Es necesario precisar que el pensamiento y el habla están entre las primeras; y la lectura y la escritura, entre los segundos, sin olvidar que las formas de leer y escribir son diversas. Hay culturas que no tienen escritura, pero tienen tradición oral. Por ello, más allá de la importancia que posee la lectura de la letra impresa, hay que entender que no todo es lectura de letra impresa: se leen la música, el arte, el cine, el mundo, y todos nos leemos en este rico universo de lecturas. Pero leer la letra impresa no es como hablar ni como pensar (aunque pueda ser incluso un dominio más trascendente), porque para poder leer alguien nos enseña; en cambio, para poder pensar y poder hablar, nos enseñamos a nosotros mismos al interactuar socialmente.

Si lo que queremos en el ámbito de la letra impresa es incluir y no excluir, debemos hacer esta perfecta distinción. Incluso si quisieran ser metafóricos o hiperbólicos (cosa que pongo en duda, desde un punto de vista lógico) los sentidos de “Leer es estar vivo”, “Leo, luego existo” y demás discursos retóricos dentro del fomento y la promoción de la lectura, esto no les quita que sean excluyentes. ¿Qué es lo que se infiere de ellos? Que los analfabetos están muertos (porque no leen) y que, como personas, no existen (precisamente porque no leen).

Debemos evitar estos dislates y debemos situarnos en el lugar de los otros: una de las cosas más difíciles de hacer, porque generalmente nuestro sitio es el de los privilegiados: el de los que sabemos leer y escribir y tenemos experiencias de lectura canónica todos los días. En esa posición nos cuesta trabajo entender que nadie se siente feliz de integrarse a un ámbito si, por principio de cuentas, se le discrimina, se le estigmatiza y se le presenta como un ser humano “incompleto” (o muerto o inexistente) porque carece del dominio de la lectura que tanto deseamos que adquiera. Hay, y siempre habrá, mejores maneras de invitar a leer que desde la “superioridad” del alfabetizado que, además, agrava las cosas cuando echa por delante una “superioridad” no sólo técnica sino moral y no únicamente del alfabeto sino de la cultura libresca, exclusiva, elitista y ceremonial.

El discurso de la “supremacía” del lector “aristocrático” ha hecho estragos en los programas de fomento y promoción de la lectura, por muy bienintencionado que sea. De lo que se trata es de seducir y no de alejar, de incluir y no de rechazar. Ya después de su iniciación, los lectores podrán seguir, cada quien, su propio camino, porque un lector es, sobre todo, alguien que no se deja domesticar ni por modas ni por corrientes ni por estilos literarios, mucho menos por estereotipos favorables a la ideología o al mercado.

En Internet circula un eslogan con la imagen del luchador El Santo. Tiene mucho éxito porque la gente lo reenvía con mucha felicidad, pues le parece divertido, gracioso, desmadroso. Dice el eslogan con la imagen del famoso Enmascarado de Plata: “Lee un libro o ¡te madreo!” Y, en efecto, El Santo tiene en sus manos una varita “madreadora” de esas que utilizaban los antiguos profesores para castigar a sus alumnos. Podría esto no ser relevante pero, junto al ingenio fácil de este cartel, invariablemente hay una retahíla de insultos y ofensas a los no lectores, a los poco lectores, a los lectores precarios y a los analfabetos. Curiosamente, casi todos los que reenvían esta gracejada agregan alguna frase injuriosa contra los poco lectores a quienes les lanzan el epíteto ¡Analfabeta! (se trate de hombre o de mujer). “¡Pinches analfabetas!” es el insulto preferido, con lo cual delatan el analfabetismo del que acusan a los demás, pues “analfabeta” es adjetivo del género femenino y es incorrecto utilizarlo indistintamente para hombre y para mujer.

Que “analfabeta” se haya convertido en una injuria tiene que llevarnos a reflexionar sobre la forma en que queremos incluir y no excluir a los potenciales lectores. La inclusión tiene que darse desde el discurso mismo, pues es, desde el discurso mismo, donde se da también la exclusión.

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus más recientes libros son: Antología general de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2012),
Final de diluvio (Hiperión/Universidad Autónoma de Nuevo León, 2013), Ética y poética de la lectura: el derecho de leer, la libertad de saber (Letra Uno Ediciones, 2013), ¿Es la lectura un derecho? (Ediciones del Ermitaño, 2013), Pelos en la lengua (Ediciones del Ermitaño, 2013), Cuentos inolvidables para amar la lectura (Ediciones B, 2014) y Leer bajo su propio riesgo: Mitos y realidades del hábito de leer (Ediciones B, 2014).

Fuente:http://campusmilenio.com.mx/index.php/template/opinion/fabulaciones/item/2052-incluir-desde-el-discurso

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