Se me olvidó que te olvidé: productividad y salario mínimo en México

Llevamos poco más de cien días de que el Gobierno del Distrito Federal (GDF) detonó en el país el debate sobre el salario mínimo. Este renacido interés sobre el salario mínimo y sus impactos económicos y sociales no es privativo de México. De hecho, desde hace un tiempo la política de salarios mínimos ha cobrado vigencia en diversas economías desarrolladas, entre ellas Alemania, Estados Unidos, Inglaterra, la Comisión Europea; o emergentes como Uruguay y Brasil. El debate ha tomado intensidad con la creciente participación de columnistas y académicos nacionales e internacionales así como de funcionarios de alto nivel -incluyendo los titulares de Banco de México, SAT, las secretarías de Hacienda y del Trabajo- y representantes de los sectores obrero y patronal.

En México sigue la discusión sobre áreas importantes como son sus efectos en empleo, informalidad e inflación. Sin embargo, el debate parece coincidir en tres puntos. El primero es en desvincular al salario mínimo como referencia de múltiples transacciones externas al ámbito laboral como multas, operaciones financieras, pensiones y asignaciones partidarias.

El segundo es que el salario mínimo real ha tenido un agudo deterioro en términos reales desde los 80, al punto de que su monto actual de 67 pesos por día queda lejos de alcanzar la “remuneración suficiente para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos” como establece el artículo 123, ap.VI de la Constitución.

El tercer punto de coincidencia es que el desempeño de la productividad no puede olvidarse en cualquier iniciativa para mejorar el salario mínimo real de manera sostenible en el mediano y largo plazos. Cabe subrayar que el consenso en torno a la importancia de la productividad no se extiende al papel que ésta juega en cuanto a la ruta a seguir. Para unos se requiere reformar la política nacional de salarios mínimos; reforma en cuyo diseño la evolución de la productividad es tan sólo uno de los elementos a considerar. Para otros, modificar la política de salarios mínimos es innecesario, o incluso nocivo para la estabilidad macroeconómica, y afirman que lo que se requiere es elevar la productividad.

Para arrojar algo de luz al respecto, examinemos conjuntamente cuál ha sido el desempeño de la productividad y del salario mínimo en México en comparación con el resto de América Latina, y en su evolución histórica de los últimos 20 a 30 años. Como se dijo en múltiples foros y escritos recientes, el salario mínimo de México es de los más bajos en América Latina, como se le quiera medir. En 2011 su monto en dólares (US $112) fue similar al de Nicaragua y Bolivia (US $117), y equivalía a tan sólo la tercera parte del de Brasil, Chile, Uruguay o Ecuador. Era igual a 15 por ciento del PIB per cápita mexicano, la proporción más baja de casi toda América Latina y lejos del 30 por ciento correspondiente a Chile y Brasil y del casi 50 por ciento de Perú, Colombia y Costa Rica. Su monto era 19 por ciento del salario nacional medio, de los menores porcentajes en la región. Así, el Informe Mundial de Salarios de OIT nota que en México “el salario mínimo está por debajo de los niveles del mercado, aún para los trabajadores no calificados”. Además, de acuerdo con la Cepal, “México es el único país al final de la década (anterior) donde el valor del salario mínimo es inferior al del umbral de pobreza per cápita”.

Ante esta rezagada posición del salario mínimo mexicano respecto al del resto de América Latina, y el énfasis puesto en el debate en su dependencia de la productividad, sería de esperar que esta última haya tenido un pobre desempeño comparativo en la región. Empero, no es así. El contraste es sorprendente. Los Indicadores Clave del Mercado de Trabajo (OIT) revelan que desde hace más de 20 o 30 años la productividad laboral media de México -en dólares constantes- ha sido y sigue siendo de las más altas de América Latina. En 2011 fue la segunda más elevada, apenas 3.0 por ciento menor que la de Chile, superó ampliamente a Uruguay (en 30 por ciento), a Brasil (60 por ciento) y más que duplicó la de la vasta mayoría del resto de la región.

GRÁFICA 1

La diferencia del desempeño comparativo regional de México en cuanto a, en un extremo su salario mínimo y en el otro su productividad laboral, es evidente en el gráfico 1: su salario mínimo en dólares es similar al de Bolivia y Nicaragua –cuya productividad es de las más bajas en América Latina- pero la productividad media de México es cuatro veces mayor. En Chile, con productividad laboral tan elevada como México, el salario mínimo mensual de 366 dólares mensuales es el triple del mexicano. Todo ello abre incógnitas relevantes para el debate actual en México. ¿Por qué nuestro país tiene uno de los salarios mínimos más bajos en la región aunque su productividad laboral es de las más elevadas en ella? ¿Por qué a nivel regional se da una asociación entre el nivel de la productividad laboral y el del salario mínimo, y México aparece virtualmente como excepción?

Para responder estas preguntas, examinemos ahora la evolución conjunta de la productividad laboral y del salario mínimo real en nuestro país en los últimos 20 o 30 años. Tomemos dos fuentes relevantes. La primera es el pronunciamiento conjunto de los sectores obrero, patronal y del gobierno de la República de hace unos días. Su primera oración afirma: “En los últimos 30 años México ha tenido un crecimiento medio anual de 2.4 por ciento del PIB, así como una disminución anual de la productividad de 0.4 por ciento…”. Dicha caída –sin duda preocupante– de la productividad implica que en ese lapso su nivel se redujo en 11.3 por ciento. Ahora bien, en esos mismos 30 años ¡el salario mínimo real cayó 70 por ciento, una proporción seis veces mayor! Si nos concentramos en su desempeño ahora sólo desde 1990, la divergencia es aun más aguda.

GRÁFICA 2

Como m​uestra la gráfica 2, la productividad laboral media en México ha tenido un comportamiento pobre en 1990-2013. Después de caer en gran parte de los 90, comenzó su débil recuperación en 1998. De entonces a 2013 registró un alza acumulada de 15 por ciento, que la llevó a un nivel 4.5 por ciento arriba del de 1991. Decepcionante, sin duda, y reflejo del escaso dinamismo de la formación de capital fijo, privado y público, en el país. ¿Cómo evolucionó el salario mínimo real desde 1990? De manera más lamentable. En los 90 cayó, continuando la pauta a la baja iniciada en la década previa. A partir de 2000 se estabilizó y para 2013 registró un alza acumulada de 2.6 por ciento, lo que todavía lo coloca 30 por ciento por debajo del nivel de 1991.

Si bien ambas variables han tenido mal desempeño en las dos o tres décadas recientes, la evolución de la productividad laboral y del salario mínimo real en México no están estrechamente correlacionadas, y más bien son contrastantes. En efecto, en el ámbito regional México lleva años destacando por su elevada productividad laboral, entre las más altas. Su salario mínimo, empero, es de los más bajos de toda América Latina. En cuanto a la evolución histórica, sus pautas también son muy distintas, como se vio arriba. De hecho, en el subperiodo 1998-2013 en que la productividad subió 15 por ciento, de punta a punta el salario mínimo real permaneció estancado. Así en 2013 la productividad laboral era 4.5 por ciento superior y el salario mínimo real 30 por ciento menor a sus niveles respectivos en 1990. Si en estos años hubiera crecido al mismo ritmo que la productividad laboral, el salario mínimo real en México hoy en día sería 50 por ciento mayor, aproximadamente 100 pesos diarios.

En síntesis, en la experiencia reciente de México en los períodos en que ha caído la productividad laboral, el salario mínimo real se ha desplomado más agudamente. Y en los lapsos en que la productividad laboral ha subido, el beneficio se ha reflejado nula o escasamente en el salario mínimo en términos reales. Puesto de otra manera, las ganancias de la productividad laboral que han ocurrido –magras, pero reales- en el marco institucional vigente de operación de la política de salarios mínimos no se han derramado en éstos y se han concentrado en otros factores de la producción o diferentes estratos laborales.

¿Qué concluimos de sus pautas contrastantes? Sería erróneo concluir que en el caso mexicano el desempeño de la productividad laboral es irrelevante en la evolución del salario mínimo real. Pero a la vez, igualmente errado es pensar que el alza de la productividad laboral, por sí sola -y cuando ocurra- garantizará que el salario mínimo real se recupere de manera significativa y persistente. No lo ha hecho hasta ahora, y no se ve por qué lo haría en el futuro sin una reforma en la política de salarios mínimos. Dicha nueva política deberá de tomar muy en cuenta el Informe Mundial de Salarios 2012-2013 (p. 42) “En México…, la política de salario mínimo ha sido fuertemente determinada por los esfuerzos para lograr un equilibrio fiscal (ya que el salario mínimo determina numerosas prestaciones de seguridad social) y aumentar la competitividad exportadora. Como resultado, el salario mínimo está por debajo de los niveles de mercado, aun para los trabajadores no calificados”.

Puesto de otra forma, si bien es importante que la discusión sobre el salario mínimo no se olvide de la relevancia de fortalecer la productividad, es igual o más importante que en el diseño de la política económica no se olvide que la derrama de beneficios de mejoras en la productividad laboral a los trabajadores que reciben el salario mínimo, dista de ser automática o garantizada a menos que se tomen medidas especiales al respecto. En ese sentido, una acción para dar expresión concreta al objetivo de democratizar la productividad podría ser avanzar hacia una nueva política de salario mínimo que –además de desindizarlo como unidad de cuenta– lo eleve pronto de manera significativa y, sobre todo, lo inserte en una senda de recuperación real sostenida y responsable con los mandatos del artículo 123 de la Constitución.

Fuente:http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/se-me-olvido-que-te-olvide-productividad-y-salario-minimo-en-mexico.html#.U_zK9bYne2k.mailto

El desarrollo no llegó con la globalización

Según la teoría del Premio Nobel de Economía 2007, Eric Maskin, los empleados poco calificados pueden ser más productivos cuando trabajan junto con los más calificados. Foto:  Especial

Según la teoría del Premio Nobel de Economía 2007, Eric Maskin, los empleados poco calificados pueden ser más productivos cuando trabajan junto con los más calificados. Foto: Especial

Los defensores de la globalización a menudo dicen que, cualquiera que sea el sufrimiento que pudiera causar a los trabajadores del mundo rico, ha sido buena para los países pobres. La desigualdad mundial, medida según la distribución del ingreso entre países ricos y pobres, se ha reducido, según al Banco Mundial. Pero dentro de cada país, la historia es menos halagüeña: la globalización ha resultado en la ampliación de la desigualdad en muchos lugares pobres.

Esto pudiera verse en el comportamiento del índice Gini, una medida de la desigualdad. (Si el índice es uno, el ingreso total de un país va a una persona; si es cero, los beneficios se dividen de manera igualitaria.) El África subsahariana vio elevarse su índice Gini en 9 por ciento entre 1993 y 2008. El de China aumentó en 34 por ciento en el plazo de 20 años. En pocos lugares ha caído.

Los economistas están intrigados: Los datos contradicen las predicciones de David Ricardo, uno de los fundadores de su disciplina. Los países, decía Ricardo, exportan aquello que producen de manera relativamente eficiente.

Tomemos a Estados Unidos y Bangladesh ahora. En Estados Unidos, la proporción de trabajadores altamente calificados en relación con trabajadores poco calificados es alta.

En Bangldesh, es baja. Así que Estados Unidos se enfoca en productos que requieren mano de obra altamente calificada, como los servicios financieros y el software. Bangladesh se enfoca en productos baratos como prendas de vestir.

La ventaja comparativa predice que, cuando un país pobre empieza a vender mundialmente, la demanda de trabajadores poco calificados aumentará desproporcionadamente.

Eso, a su vez, debería impulsar sus salarios en relación con los de los trabajadores locales más altamente calificados, y por ello reducir la desigualdad de ingresos dentro de ese país. La teoría explica cuidadosamente el impacto de la primera ola de globalización.

En el siglo XVIII, Europa tenía una alta proporción de trabajadores poco calificados en relación con Estados Unidos. Cuando despegó el comercio euro-estadounidense, la desigualdad europea declinó como corresponde. En Francia, en 1700, los ingresos reales promedio del 10 por ciento superior eran 31 veces más altos que los del 40 por ciento inferior. Para 1900 (cierto es que después de varias revoluciones y guerras), eran 11 veces más grandes.

Pero la creciente desigualdad en los países en desarrollo deja a los discípulos de Ricardo confundidos y sugiere que la teoría necesita ser actualizada.

El emparejamiento

Eric Maskin de la Universidad de Harvard ha intentado justo eso en la Reunión de Lindau sobre Ciencias Económicas, un encuentro de economistas en una ciudad bávara a orillas de un lago que incluye a muchos galardonados con el Premio Nobel. (Maskin ganó el suyo en 2007 por su trabajo en el diseño de los mecanismos de mercado, los cuales usan los economistas para mejorar los esquemas de regulación y los sistemas de votación.)

La teoría de Maskin se basa en lo que llama “emparejamiento” de trabajadores. Los trabajadores poco calificados pueden ser más productivos cuando se emparejan con los calificados; es decir, cuando trabajan juntos.

Asignar un gerente a un grupo de trabajadores puede hacer más por la producción total que simplemente sumar otro trabajador.

Él sitúa a los trabajadores en cuatro clases: trabajadores altamente calificados en países ricos (A); trabajadores poco calificados en países ricos (B); trabajadores altamente calificados en países pobres (C); y trabajadores poco calificados en países pobres (D).

Crucialmente, piensa que los trabajadores poco calificados en los países ricos (los B) probablemente serán más productivos que los trabajadores altamente calificados en los pobres (los C).

Antes de que empezara la actual ola de globalización en los años 80, los trabajadores calificados y poco calificados en los países en desarrollo –los C y los D– trabajaban juntos. Maskin pone como ejemplo a un hombre indio rural, que hablaba inglés, quien ayudó a los agricultores locales a comprender los métodos agrícolas modernos.

El crecimiento salarial de los trabajadores altamente calificados (los C) fue débil, porque los malos enlaces de transporte y comunicación les dificultaron laborar con los trabajadores calificados en países ricos. Pero los trabajadores poco calificados (los D) obtuvieron buenos resultados: sus interacciones con los C impulsó la producción total, lo cual les permitió demandar salarios más altos, haciendo bajar así la desigualdad.

Reacomodos

La ronda de globalización más reciente ha desordenado los emparejamientos: los trabajadores altamente calificados en los países pobres ahora pueden trabajar más fácilmente con los trabajadores poco calificados en los ricos, dejando abandonados a sus vecinos pobres.

Tomemos los “productos intermedios”, los productos semi-terminados que representan alrededor de dos tercios del comercio mundial.

Los procesos de producción subcontratados por compañías grandes a fábricas o centros de atención telefónica son poco calificados para los estándares del mundo rico.

Pero cuando los empleos son enviados al extranjero, son arrebatados por los trabajadores C, los relativamente calificados.

Según investigación de la Universidad de Cornell, el empleado típico de un centro de atención telefónica en India tiene un título de licenciatura.

La globalización en su disfraz más reciente significa que esos trabajadores entran en un contacto más habitual con las personas poco calificadas en el mundo rico.

El indio de habla inglesa citado por Maskin pudiera ir a trabajar en una fábrica de exportaciones donde cumpla con fechas límite estrictas establecidas por sus dueños estadounidenses.

Los C trabajan con los B y terminan siendo más productivos. Los D son dejados de lado.

El dilema salarial

El resultado del comercio en auge de productos intermedios es una demanda y productividad más alta para los trabajadores calificados de los países pobres. Le siguen salarios más altos: Las multinacionales en los países en desarrollo pagan salarios manufactureros por encima de la norma para el país.

Un estudio demostró que en México las empresas orientadas a las exportaciones pagan salarios 60 por ciento más altos que las no exportadoras.

Otro encontró que las plantas de propiedad extranjera en Indonesia pagaban a los empleados de oficina 70 por ciento más que las empresas de propiedad local.

La globalización, sin embargo, no impulsa los salarios para todos. Los menos calificados no pueden “emparejarse” con trabajadores calificados en los países ricos; peor aún, han perdido acceso a los trabajadores calificados en sus propias economías. El resultado es una creciente desigualdad del ingreso.

El enfoque de Maskin no es totalmente satisfactorio. No ofrece datos que respalden su teoría.

“Necesitamos microdatos sobre los emparejamientos entre las empresas en países en desarrollo para examinar si los trabajadores calificados se benefician a través del mecanismo que sugiere Maskin”, dice Pinelopi Goldberg, de la Universidad de Yale.

Pero si tiene razón, plantea un desafío para los defensores de la globalización: determinar cómo cosechar las recompensas sin dejar atrás a los trabajadores menos calificados en los países pobres.

Fuente:http://www.dineroenimagen.com/2014-08-25/42348

Informalidad laboral en México se mantiene a la baja

Informalidad laboral en México se mantiene a la baja

La informalidad laboral en México pasó de 60.9 por ciento de la población ocupada en el primer trimestre de 2013 a 60.0 por ciento en igual lapso de 2014, el segundo año consecutivo con esta tendencia positiva, destacó la consultora aregional.com.

La directora general de la firma, Flavia Rodríguez Torres, explicó que este comportamiento significa que en el último año no sólo se crearon empleos, sino que también se avanzó en la formalidad de los mismos.

Al presentar el estudio “Informalidad laboral en México 2013-2014”, destacó que en 22 de los 32 entidades federativas del país se redujo la informalidad, y sólo en los ocho estados restantes se presentaron retrocesos.

Detalló que entre las entidades con menor informalidad laboral son Chihuahua, Baja California,Coahuila, Nuevo León y Querétaro, mientras que los estados con mayor incidencia de esta problemática son Guerrero, Hidalgo, Tlaxcala, Oaxaca y Chiapas.

Recordemos que apenas el mes pasado, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), informó que la economía informal contribuyó con 26 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) del país.

En este sentido, expuso que la contribución más alta se dio en los años 2003 y 2009, con 27.2 y 26.9 por ciento, en ese orden.

Para el último año de análisis, es decir, 2012, la medición arroja que 25 por ciento del PIB es informal y se genera por 59.8 por ciento de la población ocupada en condiciones de informalidad.

El objetivo de estos nuevos resultados es la medición del Valor Agregado Bruto de la economía informal para conocer tanto su comportamiento como su contribución al PIB del México, refiere el organismo.

Fuente:http://www.altonivel.com.mx/44887-informalidad-laboral-en-mexico-se-mantiene-a-la-baja.html

Perfil de estratos sociales en América Latina: pobres, vulnerables y clases medias

Perfil estratos sociales America Latina

Aunque la pobreza por ingresos se ha reducido a casi la mitad en la última década en América Latina y el Caribe, no todos han logrado entrar a la clase media: la población en riesgo de caer en pobreza por ingresos alcanza cerca de 200 millones.

El PNUD llama la atención sobre la proporción “demasiado alta” de latinoamericanos en riesgo de ver severamente afectado su bienestar en caso de enfrentar algún tipo de crisis –la población vulnerable–, que actualmente es el grupo de mayor tamaño en la región (38%), más de un tercio de la población regional, siendo los que ni se encuentran viviendo en la pobreza (25%) ni han logrado aún ingresar a la clase media (34%), según el nuevo análisis “Tamaño de los grupos sociales en América Latina y sus perfiles de seguridad social”.

La clase media (con ingresos entre $10 y $50 dólares al día) en América Latina y el Caribe creció en 82 millones de personas, pasando del 21% de la población en el año 2000 al 34% en 2012. Mientras tanto, la población vulnerable (con ingresos entre $4 y $10 dólares al día) también ha aumentado ligeramente: del 35% de la población latinoamericana en el 2000 al 38% en el 2012, según el análisis del PNUD basado en los datos del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (CEDLAS). El PNUD destaca la reducción de la proporción de personas viviendo en la pobreza (con ingresos menores a $4 dólares al día) como un gran logro de la región: del 42% en el 2000 al 25% en 2012.

La falta de protección social podría revertir el progreso en reducción de pobreza. Entre los 200 millones de vulnerables de la región, casi la mitad  de ellos, (98.5 millones) están ocupados; de estos, 54.4% son trabajadores informales, el 49.6% no tiene acceso a servicios médicos, 46.1% no tienen derecho a pensión para el retiro y 53.2% no tienen contrato laboral.

Los cálculos nuevos del PNUD revelan que Perú fue el país en donde la mayoría del descenso en la pobreza se trasladó hacia la clase media, ubicándose como el país con el mayor aumento en el tamaño relativo de este grupo (19.1 puntos porcentuales). Bolivia fue el país con la mayor reducción relativa de pobreza (32.2 puntos), pero también con el mayor aumento de población vulnerable (16.9 puntos). Chile y Argentina redujeron tanto la pobreza como la vulnerabilidad, cambio que se correspondió casi en su totalidad con el aumento de la clase media. El caso opuesto lo constituye República Dominicana, país donde la clase media disminuyó en casi cuatro puntos, resultado de un aumento tanto en la pobreza como en la vulnerabilidad. Finalmente, en El Salvador la pobreza disminuyó en 4.2 puntos porcentuales, pero también lo hizo el tamaño de la clase media (en 1.8 puntos), lo que generó un aumento combinado de 6.2 puntos en el tamaño de la población vulnerable —el cuarto mayor aumento en la región.

Para un total de nueve países para los que se dispone de información en la materia, entre el total de la población joven (15 a 24 años de edad) el 20.2% no estudia ni trabaja. La proporción más alta en este rubro se encuentra en Guatemala (25.1%), mientras que la más baja en Uruguay y Perú (15.3%). Visto por grupos sociales, entre los jóvenes de 15 a 24 años de edad en situación de vulnerabilidad, el mayor porcentaje de los que no estudian ni trabajan se encuentra en Chile (26.7%), mientras que entre los jóvenes en pobreza la mayor proporción de los que no estudian ni trabajan está en Uruguay (40.3%).

 

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Fuente:http://www.revistahumanum.org/revista/perfil-de-estratos-sociales-america-latina/

El mundo reclama cambio de paradigma: Hacia el desarrollo empoderado

Desarrollo empoderado sostenible

Seguimos pensando que la sostenibilidad es un tema más del desarrollo de nuestros países.  Hoy, es el único tema.  Vemos diariamente que todo es sostenibilidad: el agua que bebemos, el aire que respiramos. Es por eso que la sostenibilidad no es una opción más para nuestras sociedades, es nuestro único destino. Sin embargo, la sostenibilidad no puede concebirse aisladamente de las dimensiones sociales.  Hoy no puede existir una sociedad sostenible sin que haya un empoderamiento ciudadano.  Esto requiere de un cambio en la Constitución de nuestros países y de una reforma radical en los procesos de participación democrática. La sostenibilidad no es una palabra, es un objetivo, es un valor, es un estado del ser, es una experiencia. Sin un nivel alto de nuestra consciencia colectiva, de empoderamiento interno y externo, será imposible llegar a la sociedad sostenible.

En los procesos de elaboración de las agendas de desarrollo es importante comenzar hablando de los más temas estratégicos asociados al debate de la sostenibilidad.  Tenemos que ir más allá de una enunciación de la relación entre la sostenibilidad y el desarrollo para abordar las complejidades implícitas en la búsqueda de una noción de progreso con consciencia del Medio Ambiente. La crisis ecológica actual hace necesario superar la  presentación simplista de las definiciones que existen sobre la sostenibilidad.

 1.    Antecedentes: El esfuerzo del desarrollo

El debate sobre la sostenibilidad surgió mucho antes de las carreras de economía ambiental, y antes también del debate sobre la ecología en el ámbito que conocemos hoy.  En su gestación inicial, este debate contenía un concepto de sostenibilidad que se preocupaba principalmente de lo que se llamaba “el esfuerzo del desarrollo (the development effort)”.   Es decir, en cómo mantener los beneficios netos de un proyecto sobre el tiempo y el espacio.  Dicha preocupación se basaba en una inquietud por parte de los donantes del impacto real de la ayuda extranjera en los países en vías de desarrollo, tanto a nivel nacional como a nivel local.  Uno de los aspectos de creciente preocupación en esa época era el hecho de que cuando la ayuda extranjera o la presencia física de la ayuda extranjera desaparecían, los proyectos también desaparecían. Esto solía explicarse con el argumento de que el capital humano y social tenía una calidad distinta, o bien, que los flujos de capital en general no eran suficientes como para garantizar el éxito del proyecto en el tiempo y el espacio.

Estas fueron algunas de las razones identificadas como causantes de tal estado de cosas:

  • Se empleaban tecnologías importadas, que eran adaptadas a la fuerza a los proyectos.
  • Se notaba un déficit de participación por parte de los actores sociales que eran afectados por el proyecto.
  • Se señalaba poca capacidad institucional local; las instituciones no eran capaces de mantener el esfuerzo del desarrollo.
  • Se consideraba que capital humano local era muy bajo o de calidad limitada.
  • Se pensaba en el impacto de causas estructurales (pobreza) y políticas (inestabilidad política de los gobiernos).

Esta coyuntura crítica trajo una serie de recetas y propuestas para cambiar la composición y el ritmo del desarrollo, particularmente, en los años sesenta y a comienzos de los setenta.  Fue en esa época que surgieron entonces conceptos tales como economía regional y local, lo pequeño es bonito (small is beautiful), desarrollo rural integrado, desarrollo comunitario (community forestry), y algunos ejemplos de propuestas de desarrollo sostenible.

Los que representaban a la ayuda extranjera participaron activamente en las discusiones sobre estos temas.  Esto trajo consigo un debate mundial sobre métodos y técnicas de  evaluación de proyectos de desarrollo.  Este es tema del cual aún no se enseña lo suficiente en las universidades, y el cual constituye una instancia fundamental para medir la calidad y alcance de un proyecto. De hecho, si uno pudiese ilustrar esto en forma simplificada con una pequeña ecuación matemática, cada componente de ella –cantidad, precio, funciones de oferta y demanda, tasas de descuento, etc. – daría pie a cientos de debates.

Solo dos ejemplos para ilustrar la importancia de los métodos de evaluación de proyecto dentro del ámbito de la sostenibilidad del desarrollo.  Uno, respecto a la naturaleza de la “cantidad” cuando se trata de recursos naturales, que no son bienes con los que estamos acostumbrados a relacionarnos en nuestra vida cotidiana (bienes de consumo).  Si tomamos, por ejemplo, los recursos naturales renovables, estos tienen generalmente una función biológica de rendimiento, que no se puede violar.  Esta naturaleza del bien en cuestión demanda de un análisis mucho más refinado que el que se podría aplicar a un bien de origen industrial.  Otro, es el uso de las tasas de descuento para el cálculo de los beneficios netos del proyecto.  En el análisis tradicional, el uso de las tasas de descuento castiga a los beneficios netos que surgen en el largo plazo.  Y como, los proyectos que están ligados a la sostenibilidad dan frutos generalmente en el largo plazo, se generaría un sesgo inmenso en contra el desarrollo sostenible.

Ambos ejemplos justificaron la creación de nuevos métodos y procedimientos para la evaluación de proyectos de desarrollo.  No quisiera  ser crítico pero, en mi experiencia, a pesar de los grandes avances en metodología de evaluación de proyectos, aún hoy en día, las evaluaciones de proyectos son muy precarias.  Generalmente, se espera que los conflictos que nacen de las decisiones del desarrollo sean dirimidos dentro del debate del impacto ambiental y el impacto social.  Pero esa instancia es tardía.

 

2.    El concepto de Sostenibilidad

Es interesante notar que en la actualidad aun es necesario explicar muchísimas veces qué es realmente el desarrollo sostenible.  Ni la definición más básica –ej., que la sostenibilidad debe ser económica, ambiental y social—ha resuelto el problema.  Esa fue la definición que dio lugar al Triángulo de la Sostenibilidad.

Triangulo de la sostenibilidad

No obstante, esta representación no fue tomada en un sentido equitativo, sino que se siguió privilegiando al primer ángulo, el de la sostenibilidad económica, como ámbito primordial que dirige el debate a la teoría económica tradicional.  Este sesgo ha sido exacerbado por la adopción de la economía neoliberal y reforzado por las instituciones de mercado.

La importancia que se le dio al mercado, constituyó la fuente de dos falacias fundamentales que permean casi todo lo que se hace hoy en pos del desarrollo de nuestros países.  Cabe decir que el mercado no posee los mecanismos automáticos de corrección.  La primera falacia instala la idea de CRECER PRIMERO Y LIMPIAR DESPUÉS.  El crecimiento aparece como una condición necesaria para el alcance de la sostenibilidad ambiental.  El problema es que nunca se vuelve a limpiar después.

La segunda falacia es la que enuncia CRECER PRIMERO Y HACER JUSTICIA SOCIAL DESPUÉS. Es decir, se le da prioridad, nuevamente, a la eficiencia económica antes que la distribución de la riqueza.  En otras palabras, aun se justifica la idea de que para alcanzar mayores niveles de desarrollo en nuestros países, es necesario aceptar  altísimos niveles de desigualdad y de concentración de la riqueza.

Estas falacias paradigmáticas se han convertido en los principios rectores de la gestión institucional y las políticas económicas. Las preocupaciones por la sostenibilidad ecológica y social vienen después de alcanzar tasas mayores de crecimiento económico.  La prioridad del desarrollo económico incide profundamente en la forma en que se administran los recursos naturales y servicios ambientales, dificultando el camino hacia la sostenibilidad.

Hay tendencias que aceleran dicho proceso, como es el caso del cortoplacismo, con políticas de crecimiento para aumentar el lucro en el corto plazo en desmedro de un horizonte diferente a largo plazo. Otra tendencia aceleradora es la imposición de una noción de bienestar materialista e individualista, que nos aleja de las preocupaciones y el debate sobre la calidad de vida.  Nuestro bienestar no es solamente material, y esto está identificado en muchas constituciones políticas de nuestros países. Más aún, sabemos que no se trata solamente de un bienestar individual sino también colectivo. 

Hoy, se evidencia una suerte de obsesión por el Producto Interno Bruto (PIB), como parámetro unívoco del desarrollo. Bajo este orden de ideas, se asume  que hay que sacrificar el medioambiente y a las personas para ganar puntos de crecimiento en el PIB.  Esto se constata no solamente en relación con la extracción de recursos naturales sino además el abuso de los servicios medioambientales y ecológicos. En cuanto a los actores sociales, se sacrifica la calidad de vida de los trabajadores o los pescadores artesanales para ganar puntos en el PIB. Esta situación pone en evidencia una total exclusión de los procesos ecológicos que envuelven una irreversibilidad –en particular, los recursos biológicos y sus servicios.

Como podemos ver, esta óptica que privilegia el desarrollo económico, conlleva un gran sesgo en relación con el concepto de lo que constituye valor en nuestra sociedad.  Los valores que priman hoy son los valores de mercado: los precios.  Sin embargo hay otros valores a considerar, como son los valores étnicos, ecológicos, culturales, espirituales…  Nuestra sociedad no puede estar dirigida solamente por valores económicos y financieros.

Es importante dar un golpe de timón para crear nuevos horizontes y caminos que nos lleven a una sociedad sostenible.  Y es aquí donde las políticas, la promoción del cambio tecnológico, y el aumento de nuestra consciencia humana toman una importancia primordial.  Esto llama a un cambio en la naturaleza y alcance del triángulo de la sostenibilidad.

 

3.        Otra propuesta para el triángulo la sostenibilidad

Ya en los años ochenta propuse un cambio en el triángulo de la sostenibilidad, ya que no correspondía a la integridad del concepto que deberíamos adoptar.  Y fue en ese entonces cuando hice una crítica profunda desde un punto de vista institucional, así como desde un punto de vista espiritual.

Influenciado por La Ciencia Védica de la India, reformulé estos triángulos, y presenté una alternativa a dicho triángulo durante El Décimo Congreso Mundial Forestal, Paris, 1991. Para este modelo,  incluyo los siguientes componentes: capital humano (rishi), capital natura (chandas) y capital institucional (devata).  Después de muchos años de haber anunciado este nuevo triángulo de la sostenibilidad, siento que aún es importantísimo considerarlo seriamente.

Nuevo triangulo de la sostenibilidad

Fue en  esa época que apareció también la definición de Gro Brundtland, ex Primer Ministro de Noruega, anunciada en su libro Nuestro Futuro Colectivo (Our Common Future), 1987. Ella definió al desarrollo sostenible “como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”.  Dos elementos muy importantes se desprenden de tal definición: (a) el sentido inter temporal de la definición (el sentido intergeneracional de la definición) y (b) el concepto de necesidades (qué constituye una necesidad). 

En la misma época, me tocó dirigir una investigación (la cual incluía 2.200 proyectos terminados) que logró otra definición de sostenibilidad.  Fue una definición empírica, como resultado de experiencias de desarrollo.  La definición dice que para alcanzar una sociedad sostenible se debe alcanzar un balance, un equilibrio, entre todas las formas de capital que participan en el desarrollo económico y social de una nación, o del mundo entero. 

Esta definición implica cuestionamientos puntuales en la teoría del capital respecto al crecimiento: cuán rápido acumulamos capital; el desarrollo económico: quién se beneficia con el proceso de acumulación; y el desarrollo sostenible: alcanzar un equilibrio entre todas las formas de capital que están siendo acumuladas.

Quiero recalcar que el desarrollo no termina con la sostenibilidad.  Es por eso que se debe proponer un gran cambio de perspectiva, una nueva transformación. A la cual llamo el desarrollo empoderado.  Después de muchos años de trabajo en este tema, hice un planteamiento en la campaña presidencial del año pasado (2013), siendo candidato en Chile: propuse un cambio desde el sistema neoliberal existente hacia un modelo de desarrollo sostenible con una ciudadanía empoderada.

El empoderamiento ciudadano es una condición necesaria para el alcance de la sostenibilidad.  Este es el próximo paso para el debate sobre la sostenibilidad.  Debemos cambiar el modelo asimétrico existente y abordar los desequilibrios que dominan la política económica y los programas de desarrollo. Asimetría que se manifiesta en todos los ámbitos: asimetría institucional; asimetría de la información; asimetría en la distribución de beneficios; asimetría en las responsabilidades de  las corporaciones, el estado, la sociedad civil, la comunidad internacional; asimetría que se presenta también en la planificación, en los objetivos del desarrollo y en los valores del desarrollo; asimetría en la participación ciudadana; y asimetría en los derechos y obligaciones.

 

4.    Conclusión

En el camino hacia la sostenibilidad del desarrollo, tenemos dos conflictos importantes que demandan un cambio en el modelo económico y social existente: uno es la miopía de los mercados y su falta de mecanismos de auto corrección. Otro, es la necesidad de abordar las asimetrías que este modelo no corrige.   Hoy, la globalización es un acelerador de estos  procesos asimétricos y de las falacias con que actúa el sistema.  Como resultado, tenemos una mala distribución de la riqueza, concentración económica en pocas manos y una destrucción medioambiental nunca antes vista.

La justificación para proponer un nuevo modelo, un camino alternativo al neoliberalismo, tiene que ver con la importancia de los verdaderos objetivos del desarrollo, los valores con los cuales satisfacemos estos objetivos, y las orientaciones que tomamos para satisfacerlosComo decía alguien, no vale la pena seguir tapándole los hoyos a la manguera.  ¡Hay que cambiar de manguera!

Quizás uno de los debates más importantes que se debe dar para entrar en una transición hacia otro sistema económico, es el papel del sector privado.  La respuesta no es un socialismo tradicional, a la antigua.  El sector privado tiene que entender que su futuro depende de la contribución que haga al bienestar colectivo. Mientras menos interés y compromiso tenga el sector privado sobre el futuro del bienestar colectivo, menos mercado veremos.

Si se continúa forzando la preeminencia de este mercado, tendremos como resultado más inequidad y menos sostenibilidad.  Mientras menos hegemonía del sector privado, habrá más fuerzas para intervenir el mercado.  Para ello se requiere de mayor presencia del Estado, más fiscalización, más leyes y reglamentos, en fin, una nueva forma de socialismo.  Un socialismo que subyuga el mercado y tiene como objetivo principal una sociedad sostenible.

No es un socialismo en que prime lo económico en su sentido estricto, como lo ha sido en el pasado.  No es un socialismo con un Estado elefantiásico.  Es un socialismo de la participación y la cooperación.  Un socialismo que no es antropocéntrico, sino que se centra en los derechos de todas las formas de vida que existen en el planeta.  No un socialismo del Estado, sino el socialismo ciudadano de empoderamiento y participación permanente.  Un socialismo en que la espiritualidad y la política sean el vehículo para expandir la consciencia individual y colectiva.  Un socialismo y no un colectivismo, en que hay total paridad y sinergia entre los poderes del Estado y los de la ciudadanía.

No un socialismo monolítico, sino diverso e incluyente.  Un socialismo que no solamente otorga derechos a los seres humanos, sino también a nuestros animales y a todos los elementos de la tierra.  Un socialismo global, sin déficits democráticos, en que la globalización nos sirve a nosotros y no que nosotros seamos esclavos de la globalización.  Un nuevo modelo que demanda cambios profundos  en la institucionalidad nacional como internacional.

 

* Economista, líder de opinión y espiritual, Ex-candidato a Presidente de Chile. Estudió economía en la Universidad de Chile, con maestrías y doctorados de la Universidad de Rhode Island y de Wisconsin. También se graduó en la Universidad de Harvard como MBA para Ejecutivos. Ocupó varios cargos en el Banco Mundial, donde  fue considerado el primer economista ambiental. Es el fundador y actual presidente del Instituto Zambuling Para La Transformación Humana (IZTH).

Fuente:http://www.revistahumanum.org/revista/alfredo-sfeir-desarrollo-empoderado/1/

Community Colleges: ¿puede funcionar este modelo en América Latina?

Tener un título terciario o alguna otra credencial avanzada no es sólo un requisito para obtener un buen empleo, sino también para quienes pretenden asentarse en la clase media

 

En la época actual, para ganarse un lugar en el mercado laboral, la educación superior dejó de ser una alternativa para convertirse en una obligación. Un estudio de la Universidad de Georgetown establece que cuatro décadas atrás sólo el 28% de los profesionales requerían un título de grado, pero para el 2018 el 63% de la fuerza laboral lo necesitará.

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Por ende, tener un título terciario o alguna otra credencial avanzada no es sólo un requisito para obtener un buen empleo, sino también para quienes pretenden asentarse en la clase media, afirman los expertos. De obstaculizarse el acceso a la educación superior, se podría estancar la movilidad social.

Este último punto deja claro que es necesario expandir el alcance de la educación superior, pero ¿qué ocurre cuando ésta es cada vez más cara? Así lo demuestra el modelo de educación estadounidense donde los costos se han incrementado en un 500% desde 1985. Ante tal realidad se hace inminente que los modelos universitarios cambien, agregan los especialistas.

Ante los cambios sufridos por el mercado, nada garantiza que una universidad tradicional de cuatro años será la única opción para conseguir un buen trabajo. Es por esta razón, que las nuevas alternativas de aprendizaje se vuelven cada vez más populares y es así como nacen los Community Colleges.

Esta modalidad, popular especialmente en Estados Unidos, trajo consigo una serie de ventajas, como por ejemplo: facilidad de acceso a la educación superior por costos más bajos, formación direccionada en base a las necesidades del mercado laboral, enseñanza de habilidades que demanda el sector privado, entre otras.

Pero no todos son beneficios, al igual que en las universidades tradicionales, la deserción escolar es uno de los problemas que más afectan a los Community Colleges. Pese a esta dificultad, son varios los países latinoamericanos que comienzan a prestar especial atención a este modelo.

No obstante, Juan Carlos Navarro, especialista de la División de Competitividad e Innovación del Banco de Desarrollo Inter-Americano, explica que estas naciones todavía deben superar muchos retos en materia de coordinación, así como también de acreditación de las universidades existentes.

Navarro añade que hasta el momento los Community Colleges no figuran entre las prioridades de los gobiernos de la región, aunque se mostró esperanzado de que esta realidad comience a variar durante los próximos años, no sólo para garantizar el acceso de los estudiantes a la educación, sino también por el desarrollo económico de los países.


Fuente: La República

Redes sociales, nueva vía para dar financiamiento

Es una relación financiera donde nunca se han visto, pero se conocen bien. El que presta sabe quiénes son los amigos de sus clientes, qué les gusta hacer, a dónde van y con quién conviven porque los sigue a través de su Facebook.

Este nuevo nicho de mercado lo empezaron a explorar sociedades financieras de objeto múltiple (sofomes), quienes para prestar analizan el perfil de Facebook de sus potenciales clientes y les dan un puntaje: mientras más amigos tenga, mejor calificado está. Las dos empresas que iniciaron este negocio son Lenddo y Credilikeme.

Sin embargo, los costos por acceder a este tipo de financiamientos son altos y las tasas de interés pueden ir desde 3.5% mensual hasta 10 por ciento. El nivel de morosidad también es elevado y se ubica entre 10 y 15 por ciento.

Pero esta nueva forma de financiamiento empezó a llamar la atención de los bancos comerciales, quienes buscan entrar a este segmento del mercado. Grupo Empresarial Kaluz, del que depende el gigante Mexichem y el banco Ve por Más, ya tiene un pie adentro e invirtió 1 millón de dólares como capital semilla en Credilikeme, mientras que Lenddo tiene una asociación en Colombia con Scotiabank para emitir una tarjeta de crédito.

En México, que es el quinto país con más usuarios de Facebook, Lenddo no descarta asociaciones con bancos comerciales, en tanto que Credilikeme buscará ser corresponsal de una sociedad financiera popular (sofipo).

Armando Kuroda, director general de Credilikeme, sofom que ofrece préstamos a través de las redes sociales, adelanta que en un futuro no descarta la posibilidad de solicitar una licencia para transformarse en banco.

Precisa que si bien la oferta de créditos por redes sociales es reciente, hay buenas perspectivas para el negocio. En la actualidad, esta Sofom tiene cerca de 2,000 créditos activos.

Los financiamientos son a corto plazo y pueden ir de dos a siete meses, en tanto que el monto va de 2,000 hasta 12,000 pesos. La tasa de interés depende del nivel de confianza que se tenga en el cliente y el monto promedio del préstamo es de 6,000 pesos. “Es como un vídeo juego, ya que en el primer nivel la tasa es más alta y conforme se demuestra que la persona es cumplida, los intereses son menores”.

Dan Gerstacov, director de Latinoamérica de Lenddo, comenta que esta sofom tiene más de 115,000 personas en la comunidad a quienes ayuda a construir un historial y cerca de 2,000 créditos en activo. Las redes sociales se han convertido en una referencia.

OTROS PARTICIPANTES: MERCADO EN CIERNES

De acuerdo con datos de la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef), en el país hay cerca de seis empresas que ofrecen préstamos de microfinanzas a través de Internet. Además de Credilikeme y Lenddo, están Kueski, Kubo Financiero, Kredi24.mx y Mimoni.

La dependencia advierte que si bien estas sofomes plantean la disminución de los trámites tradicionales de solicitud y aprobación de crédito, también significan una tasa de interés y un costo mayor a los que reportan otros intermediarios financieros en el sector tradicional, por lo que si el usuario “no elige bien” podría pagar un Costo Anual Total superior a 1,000 por ciento.

FacebookFuente:http://eleconomista.com.mx/sistema-financiero/2014/08/25/redes-sociales-nueva-via-dar-financiamiento