El costo de la ignorancia

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El concurso de ingreso al servicio profesional docente que se llevó a cabo para cubrir las vacantes de maestros en todo el país ha servido para volver sobre el tema de la calidad de la educación en México y la reforma educativa del año pasado. Las notas periodísticas han puesto el acento en el alto porcentaje de aspirantes que no alcanzaron el nivel de suficiencia y en el bajo promedio que lograron los que sí superaron el nivel mínimo aceptable para ocupar un puesto de profesor en el sistema educativo nacional. De acuerdo con lo reportado en los medios de comunicación, y a falta de un análisis académico de los resultados de los concursos, se puede conjeturar que los profesores de nuevo ingreso que están ya frente a grupo en este ciclo escolar están precariamente preparados y carecen de las habilidades y conocimientos suficientes para impulsar la elevación de la calidad de la educación pretendida por las nuevas disposiciones legales.             De acuerdo con la experiencia internacional, una de las claves para el éxito de los sistemas educativos está precisamente en el proceso de reclutamiento de los maestros. En Finlandia, uno de los países con mejores resultados en la prueba PISA de la OCDE, los maestros no están sujetos a evaluaciones periódicas de su desempeño y no hace falta que lo estén, pues el listón de entrada es tan alto que quienes ingresan a la profesión docente cuentan con las cualidades necesarias para un buen desempeño a lo largo de todos sus años de servicio; como contrapartida a su buena preparación profesional, las maestras y los maestros de educación básica son bien retribuidos en salarios y prestaciones y su buen desempeño es premiado con un alto reconocimiento social al grado de que son considerados entre los mejores partidos para formar una pareja y construir una familia.            

Los problemas derivados de la baja calidad de la formación de los maestros reclutados se podría resolver, sin embargo, si una vez dentro del servicio profesional existiera un sistema de incentivos que los impulsara a aprender cada vez más, a ser creativos en el aula, a preocuparse realmente por lo que aprenden sus alumnos, pues de ello dependería su mejora salarial y su promoción en el puesto. La reforma educativa reciente, empero, no creo mecanismos de promoción para generar ese tipo de incentivos ni va acompañada de un sistema de formación continua que ponga al alcance de los maestros reclutados con formación apenas suficiente los conocimientos y habilidades de los que carecen. El acento de la reforma se puso en una evaluación con pretensiones de castigo: un sistema de incentivos negativos que a lo mucho logrará que los maestros mantengan el nivel con el que fueron reclutados.            

Tal como quedó diseñado, el servicio profesional docente no servirá de manera relevante para mejorar la calidad de la educación en México. Desde la perspectiva de los economistas, la formación de capital humano es indispensable para poder aprovechar las ventajas de la competencia en los complejos mercados globales. El cambio tecnológico beneficiará más a aquellos países que tengan los trabajadores suficientemente formados para utilizar la nueva tecnología y que sean capaces de generar nuevos conocimientos en instituciones de educación superior nutridas con estudiantes bien formados. Ese es el argumento que constantemente se repite cuando se habla de la necesidad de mejorar la calidad de la educación en México.            

Sin embargo, con la educación no sólo se trata de tener trabajadores productivos y competitivos; ni siquiera de producir grandes científicos. El principal efecto de la catástrofe educativa nacional se nota cotidianamente en la baja calidad de la convivencia. La población mexicana, maleducada, conduce sus vehículos atropelladamente por las calles de las ciudades, no sabe utilizar de manera ordenada el metro, se amontona en las paradas del precario sistema de transporte público, no sabe cruzar con seguridad la calles (en una ciudades hostiles con los peatones donde los maleducados encargados de diseñar la infraestructura urbana no han sido capaces de poner un sólo paso peatonal bien diseñado).            

La mala educación destruye ríos porque los habitantes de sus riberas tiran todos sus desechos en ellos, depreda el entorno natural, contamina, ensucia. Los caminos rurales, lo mismo que las ciudades, están llenos de basura generada por una población que no sabe qué hacer con sus desperdicios y no resuelta por unos servidores públicos igual de mal educados que tampoco saben cómo manejarlos. El desastre educativo se hace evidente cuando los pretendidos ciudadanos desprecian a los policías y los casi analfabetos policías abusan de su cuestionada autoridad. La mala educación se refleja en la discriminación y el vilipendio que sufren los indígenas por parte de la población mestiza y blanca y en la indefensión en la que los propios indígenas quedan por carecer de los elementos que les permitan enfrentar el maltrato.            

Son unos maleducados los políticos corruptos y ostentosos, los líderes sindicales que exhiben la vulgaridad de su riqueza mal habida, los ricos que se atrincheran en cotos cerrados para no ver la suciedad y la pobreza del país en el que viven y que consideran como de otra especie a las personas que trabajan para ellos por salarios de miseria. Es la falta de educación la que ha deteriorado los valores morales de quienes encuentran incentivos para dedicarse al crimen, para secuestrar o asesinar a cambio de un beneficio económico. Sin duda la debilidad del Estado y la impunidad también contribuyen a la escalada criminal, pero el deterioro de los valores de la convivencia tiene su origen en un sistema educativo quebrado, incapaz de construir un sistema de valores compartidos de solidaridad y respeto.            

El costo de la ignorancia, al que se refería el expresidente de la Universidad de Harvard Derek Bok cuando se le cuestionaba por lo caro de la educación, se hace evidente cada día en la que el desorden, la discriminación, la suciedad, la violencia y la corrupción se manifiestan en la vida cotidiana de los mexicanos. No sólo es una cuestión de ser más competitivos en el mundo. De lo que se trata es de aprender a convivir en una sociedad escindida, cruzada por el resentimiento y la violencia. Si no arreglamos nuestro sistema educativo, el deterioro se hará cada día mayor y cualquier esfuerzo por disminuir la desigualdad y la pobreza resultará frustráneo. Elevar la calidad de la educación en México es una cuestión de supervivencia nacional.

Fuente:http://www.sinembargo.mx/opinion/22-08-2014/26597